El gran bostezo electoral: debate en CABA, puro acting y cero proyecto.
Entre cruces sin contenido, chicanas escolares y promesas prefabricadas, el debate de candidatos a legisladores porteños pasó de largo por los verdaderos temas que amargan al vecino común. Nadie habló de las expensas impagables, los contratos truchos, el ruido insoportable de bares y motos, la basura desparramada, los baches asesinos, ni la burocracia kafkiana del Gobierno de la Ciudad. Todo fue espuma sin café, una puesta en escena para el prime time político que esquivó las urgencias reales del día a día.
¿Y los problemas de verdad, dónde están?
En una ciudad donde vivir se vuelve cada vez más una carrera de obstáculos, ninguno de los 17 candidatos se dignó a hablar de lo que realmente importa: cómo vivir mejor en Buenos Aires.
Ni una palabra sobre las expensas que se van por las nubes, infladas por contratos entre privados —administraciones, empresas de limpieza o vigilancia— sin control, sin transparencia y con arreglos que nadie fiscaliza.
Nadie mencionó el ruido insoportable de bares y boliches, que revientan tímpanos a metros de casas familiares sin que el Gobierno de la Ciudad se digne a hacer cumplir las ordenanzas. Tampoco se habló de las motos sin caño de escape, que desfilan como tambores de guerra a las tres de la mañana mientras la policía se limita a mirar.
Silencio total sobre las paradas de colectivo sin identificación, donde los vecinos esperan el bondi sin saber si están en la esquina correcta o si la línea siquiera pasa por ahí. De baches, semáforos mal calibrados y bicisendas absurdas con ciclistas que bajan como balas sin freno, nada.
¿Y el espanto del chat de atención ciudadana, que reemplazó al empleado humano por un bot que repite frases como si fueran mantras? Tampoco. ¿O los bares que cocinan sin control de salubridad y sacan bolsas de basura a cualquier hora, frente a una inspección ausente? Menos.
Nadie se animó a bajar al barro de lo cotidiano. Nadie pisó la vereda rajada. Nadie miró al vecino.
La gran estafa del prime time político
Desde el Canal de la Ciudad y con 17 aspirantes a legisladores porteños en escena, el único debate público rumbo al 18 de mayo se pareció más a un sketch de Cha Cha Cha que a una discusión seria sobre el futuro institucional de Buenos Aires. Lo dijo Santoro al final, sin filtro: «El ganador fue Caruso Lombardi». Una frase que resume la triste postal de un debate donde lo que menos hubo fue política, y lo que más brilló fue la sobreactuación.
Los flashes de los celulares, los saludos de pasillo y los encuentros entre viejos conocidos fueron lo más honesto del evento. ¿El resto? Una competencia por ver quién insultaba más creativamente al otro sin mancharse la corbata.
Adorni vs. todos: el show de la motosierra mediática
Manuel Adorni, portavoz presidencial devenido en candidato, entró al set con la motosierra dialéctica de Milei bajo el brazo. Se peleó con la izquierda, con el kirchnerismo y hasta con la memoria. Acusó a Santoro de «no tener vergüenza por ser kirchnerista», lo llamó panqueque, y deslizó que el comunismo “no tiene idoneidad para cargos públicos”. También prometió cerrar el mismo canal desde donde hablaba, en un gesto que ni Orwell hubiese imaginado.
Santoro: el último peronista con convicción (o eso quiso parecer)
Leandro Santoro, con tono grave y retórica de asamblea, intentó en vano abrir una grieta en la grieta. Señaló la falta de gestión real, denunció “una ciudad que hace negocios en vez de política” y acusó a Macri y Milei de querer quedarse con todo. Propuso una comisión para revisar los contratos del PRO con la basura. Aunque intentó mostrarse como el adulto en la sala, lo suyo fue más monólogo indignado que propuesta transformadora.
Lospennato: PRO puro y duro, sin alma ni disidencia
Silvia Lospennato apostó a la «Ficha Limpia» como caballito de batalla. Con tono de parlamentaria veterana, recitó su currículum y evitó embarrarse. Pero la chicana de Abal Medina le dejó una astilla: «¿En qué te convertiste, Silvia?». Y claro, esa pregunta quedó flotando en el estudio como el olor a maquillaje político.
Larreta: la nostalgia como argumento
Horacio Rodríguez Larreta apareció para recordar sus 16 años de gestión con un dejo de melancolía. Su discurso fue una carta de amor a su propia administración, y un reproche velado a Jorge Macri por haberle ganado la interna. Su frase «La Ciudad da lástima» fue celebrada… por los libertarios.
Caruso Lombardi: el único que entendió el show
El ex DT de fútbol convertido en outsider político fue, paradójicamente, el más lúcido. Con su estilo frontal, lanzó una frase que hizo reír a todos: «Esto se maneja con resultados. Si no, pregúntenle a Gago». En un mar de palabras sin alma, Caruso supo ponerle cuerpo y calle a su discurso. Fue el único que no parecía estar actuando.
La izquierda: del atril al archivo
La ausencia por enfermedad de Vanina Biasi fue maliciosamente interpretada como un “bombo de humo” por Yamil «Pampita 2″Santoro. Luca Bonfante, que la reemplazó, jugó al humor con un «hoy es tu día, Adorni, el día del ñoqui». Federico Winokur, más vehemente, le gritó al vocero que era un “facho”. Hubo más fuego cruzado que propuestas concretas.
Santiago Caputo: entre paparazzis y escándalos
El asesor estrella de Milei protagonizó uno de los momentos más bizarros de la jornada: se ofuscó con un fotógrafo, le sacó una foto a su credencial como si fuera un oficial de la KGB y luego le dio la espalda a Ramiro Marra, su excompañero de ruta libertaria, con un irónico: «Maleducado no soy». Todo grabado, todo transmitido, todo indigno.
Biondini vs. el idiota de Yamil Santoro .: del nazismo al insulto familiar
César Biondini acusó a Yamil Santoro de ser un testaferro de Jorge Macri, y Santoro le respondió tildándolo de «hijo de un nazi», en referencia a Alejandro Biondini. El intercambio fue tan bajo que ni los moderadores sabían si cortar o seguir.
Conclusión: un guión memorizado, una audiencia desilusionada
El debate fue más útil para recolectar clips virales que votos reflexivos. La multiplicidad de candidaturas, producto de la suspensión de las PASO, terminó licuando el poder discursivo de cada uno. Fue un simulacro de democracia deliberativa en formato televisión. Nadie ganó, y quizás esa sea la mejor síntesis de lo que vivimos.
