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El 70% de los argentinos desconfía del INDEC y el bolsillo ya no espera

Inflación en disputa

La percepción social sobre la economía cotidiana se deteriora con fuerza en abril: salarios que no alcanzan, consumo en retroceso y una grieta cada vez más profunda entre los números oficiales y la vida real.

En la Argentina de hoy, la discusión ya no pasa solo por cuánto suben los precios, sino por cuánto se cree en lo que se dice que suben. Y en ese terreno, el termómetro social parece haber marcado un quiebre.

Un relevamiento nacional de la consultora Zentrix reveló que el 70,3% de los argentinos considera que los datos de inflación publicados por el INDEC no reflejan lo que efectivamente gastan en su vida cotidiana. Se trata del nivel más alto desde que se mide este indicador y un salto significativo respecto del 56,4% registrado en enero.

El estudio, basado en 1.559 casos relevados en abril a nivel nacional, pone sobre la mesa una sensación que ya circula en la calle, en los comercios de barrio y en las charlas cotidianas: la economía oficial y la economía real parecen ir por carriles distintos.

El salario corre, pero los precios corren más

El dato más contundente del informe no deja mucho margen para el optimismo. El 86,6% de los encuestados afirma que su ingreso no logra ganarle a la inflación, marcando el peor registro de toda la serie. Apenas un 10,9% sostiene que sus ingresos logran superar el aumento de precios.

En términos prácticos, esto se traduce en una realidad cada vez más ajustada: el 60,4% de los argentinos asegura que su salario solo alcanza hasta el día 20 del mes. Un 4% directamente no llega ni a la primera semana, mientras que apenas el 12,8% logra generar algún tipo de ahorro.

La foto es clara: el margen desaparece, la previsión se vuelve un lujo y el mes se transforma en una carrera de resistencia.

Del ocio al plato: el ajuste se vuelve estructural

Durante años, el primer recorte ante la crisis solía ser el esparcimiento. Hoy ese patrón empieza a cambiar. Según el informe, el 81,6% de los encuestados tuvo que ajustar gastos en los últimos seis meses, pero lo más significativo es dónde se produjo ese recorte.

El 28,8% redujo gastos en alimentos, salud o servicios básicos. Es decir, ya no se trata solo de dejar de salir o postergar compras, sino de resignar consumo esencial. A esto se suma un 24,9% que recortó compras habituales del hogar y un 27,7% que eliminó gastos no esenciales.

El dato, más allá del número, tiene peso simbólico: cuando el ajuste entra en la mesa familiar, el impacto deja de ser coyuntural y pasa a ser estructural.

La percepción también golpea en lo político

Este deterioro económico cotidiano no se queda únicamente en el plano del consumo. También empieza a impactar en la lectura política del escenario.

Incluso entre quienes acompañaron al oficialismo en las últimas elecciones, una mayoría reconoce que el salario no logra seguirle el ritmo a los precios. En los sectores opositores, en tanto, la percepción negativa es prácticamente total.

La confianza, en este contexto, aparece como una variable clave. Porque cuando los números oficiales dejan de ser creíbles para una parte importante de la sociedad, la discusión económica se transforma en algo más profundo: una crisis de credibilidad.

Entre la estadística y la vida real

La Argentina siempre fue un país atravesado por discusiones económicas intensas. Pero lo que muestra este informe es algo distinto: una desconexión creciente entre lo que dicen los indicadores y lo que sienten las personas.

Y ahí aparece la pregunta incómoda, la que flota en cada charla de café, en cada fila del supermercado, en cada persiana que baja antes de tiempo:
¿los números están mal… o la realidad está peor de lo que muestran?

Palermo, con su mezcla de consumo, gastronomía y vida urbana activa, no queda afuera de esta dinámica. Comerciantes, vecinos y trabajadores empiezan a sentir ese desgaste que no siempre aparece en las planillas, pero que se hace evidente en cada decisión cotidiana.

La economía, al final, no se mide solo en porcentajes. Se mide en cuánto dura el sueldo, en qué se deja de comprar y en cuánto pesa cada día que pasa dentro del mes.

Y hoy, según estos datos, ese peso se siente cada vez más.