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El comité del té: la mesa de Mirtha como el altar del poder conservador

Las sombras del poder

Antes de hablar del “orden”, conviene mirar las sombras. Patricia Bullrich ha sido mencionada en múltiples denuncias mediáticas sobre manejos irregulares, espionaje interno y supuestos nexos con figuras vinculadas al narcotráfico dentro de las fuerzas que ella misma comandó. Ninguna de esas causas fue plenamente aclarada; todas quedaron en la penumbra, sostenidas por el olvido y por un aparato mediático que amortigua las preguntas difíciles.
Cada vez que reaparece en televisión con su gesto de rectitud y su voz firme, el pasado se disuelve en luces cálidas y cámaras generosas.


Introducción — El espejismo del orden

Hay una parte de la clase media argentina —esa que se siente “acomodada”, que viaja a Miami y desprecia el conurbano— que ve en Bullrich un reflejo tranquilizador. Les gusta su tono severo, su gesto de autoridad, su promesa de “orden”. Pero lo que en verdad aman no es a ella: es su propio miedo vestido de moral.
Miedo a perder estatus, miedo al caos, miedo al otro. Esa clase media aplaude porque en Bullrich encuentra la excusa para no revisar su propio papel en el derrumbe. La llaman “firmeza”; en realidad es negación.


La mesa del té como comité político

La noche del sábado, en el programa de Mirtha Legrand, la televisión volvió a convertirse en comité electoral. Entre copas de cristal y preguntas cuidadas, Bullrich y Diego Santilli defendieron la fe de los conversos mientras la conductora repartía elogios. El país, mientras tanto, contaba billetes, pagaba alquileres y soportaba la inflación.

Mirtha no hace política partidaria, dicen. Pero su mesa es el altar del poder conservador: un espacio donde se consagran candidatos, se limpian reputaciones y se ensaya la moral televisada de la Argentina elegante. Allí, cada palabra es marketing y cada silencio, un pacto.


El caso Espert y la grieta interna

El otro invitado de la noche, Diego Santilli, tuvo que enfrentar el eco del escándalo de Luis Espert, exliberal estrella, salpicado por denuncias que lo vinculan al empresario aeronáutico Federico “Fred” Machado, detenido y requerido por la justicia estadounidense por presunto narcotráfico y lavado de dinero.

El propio Santilli pidió “explicaciones sin fueros ni privilegios”. Su frase sonó correcta, pero también vacía. Nadie explicó cómo un candidato presidencial terminaba volando en aviones asociados a un empresario bajo investigación. Las transferencias por 200 mil dólares que aparecen en los registros judiciales quedaron flotando entre excusas y tecnicismos.

Mientras tanto, la mesa siguió hablando de “valores” y “credibilidad”.


Bullrich, del peronismo a Milei: la panqueque del poder

La biografía política de Bullrich es un mapa de mutaciones. Nació en la Juventud Peronista en los años setenta, se incorporó al PJ en los noventa, saltó a la Alianza de De la Rúa en 2000 —donde fue ministra de Trabajo y promotora de recortes—, fundó su propio partido liberal y terminó abrazada al PRO de Macri. En 2025 dio otro giro: se afilió a La Libertad Avanza de Javier Milei.

Esa sucesión de banderas revela más pragmatismo que convicción. En la jerga callejera, se diría “panqueque”. En zoología política, “camaleón”. La coherencia no cotiza; lo que vale es la supervivencia. Y Bullrich es especialista en mantenerse a flote: donde hay poder, hay Patricia.


Santilli, el heredero prolijo del sistema

Santilli se presenta como moderado, moderno, dialoguista. Pero su discurso es el mismo de siempre: orden, seguridad, “devolver confianza”. Promete transparencia mientras se acomoda en cada escenario. Es el rostro que el establishment porteño elige cuando necesita parecer renovado sin cambiar nada.

El problema es que el votante ya no compra el envase. Los jóvenes no lo miran, los jubilados no le creen, y los desencantados que apostaron por la “nueva derecha” hoy se sienten estafados.


Mirtha, la institución que ya no convence

La “diva eterna” sigue ocupando el prime time con la solemnidad de una época que se apagó. Su mesa es parte del decorado cultural de la elite: una pasarela donde políticos, empresarios y celebridades se legitiman ante una audiencia que envejece junto con ellos.

Pero los jóvenes no miran esa tele. Las redes reemplazaron el ritual del sábado a la noche. Lo que alguna vez fue símbolo de glamour hoy parece un museo del privilegio. Mirtha representa la Argentina que se mira al espejo y todavía se cree modelo de virtud mientras la realidad se desmorona a pocos kilómetros del estudio.


Propaganda, marcas y silencios compartidos

El programa, como tantos otros espacios televisivos, sobrevive gracias a la pauta de grandes marcas que prefieren un clima pulcro y previsible. Esa simbiosis entre política y publicidad genera un círculo cerrado: los mismos nombres, los mismos slogans, los mismos intereses.

La derecha mediática vende “orden” con la misma lógica con la que se vende un perfume: aspiracional, caro y vacío. Los medios tradicionales ofician de barniz moral para quienes deberían estar rindiendo cuentas. La pauta, pública o privada, financia la amnesia.


El votante descreído

Mientras los políticos se pasean por sets de televisión, el votante que alguna vez creyó en ellos se distancia. Los jóvenes ven a Bullrich, a Santilli o a Espert como símbolos de una generación que fracasó y se autoperdona frente a cámara. Los jubilados, en cambio, sienten el peso del ajuste en sus bolsillos y miran con escepticismo los discursos de austeridad pronunciados desde Puerto Madero.

La derecha argentina enfrenta hoy su mayor crisis de identidad: intenta seducir a un electorado que ya la probó, la padeció y la conoce demasiado.


El miedo como mercancía

Bullrich lo sabe: su única carta es el miedo. “El que las hace, las paga”, repite como mantra. El problema es que el miedo, cuando se usa como política, termina devorando a quien lo siembra. En nombre del orden se justifican abusos, se silencian causas y se exaltan castigos selectivos.

Hannah Arendt advertía que la banalidad del mal no nace del odio, sino de la obediencia ciega. Y eso, precisamente, es lo que encarna el nuevo discurso del orden sin justicia: la obediencia de un país agotado que confunde autoridad con solución.


Los jóvenes y los jubilados ya no están ahí

Ni los pibes ni los mayores se sienten parte de este teatro. Los jóvenes buscan respuestas fuera del sistema político tradicional: en el trabajo independiente, en la calle, en las redes. Los jubilados sobreviven a un modelo que los usa como excusa y los descarta como gasto.

La televisión que los políticos usan para mostrarse ya no tiene público: predican en un templo vacío.


Epílogo — El país del té frío

La mesa de Mirtha no es inocente. Es el santuario donde la vieja derecha se reinventa cada vez que pierde votos. Allí se bendicen candidaturas, se ensayan disculpas y se protege la imagen de quienes confunden poder con impunidad.

Pero el país ya no los escucha. La pantalla puede brillar, pero la credibilidad está muerta. El votante de 2025, más cínico, más informado y más pobre, ya no cree en la liturgia del prime time.

Palermo Online como juez, el periodista como fiscal, el público como jurado.
¿Hasta cuándo seguiremos tomando el té con los mismos de siempre?

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