Cotón de Tulear

El Cotón de Tulear, orgullo afrancesado en el 7A

En Palermo siempre hay historias de perros, de vecinos y de esas pequeñas rarezas que hacen al alma del barrio. Entre tanto caniche, bulldog y mestizo callejero, en el edificio de la calle Honduras al 2400 —uno de esos de ladrillo visto que se levantaron en los 90— vive en el séptimo piso una criatura que parece salida de un cuadro rococó: un Cotón de Tulear, la joya blanca y algodonosa que alguna vez fue la raza favorita de la nobleza francesa en el siglo XVII.

La vecina del 7A y su aire afrancesado

Quien tiene la dicha (o la paciencia) de convivir con semejante peluche viviente es la vecina del 7A. Una mujer que, como dicen en la verdulería de la esquina, “tiene más París que Palermo”. Anda siempre perfumada a jazmín, fuma delgados cigarrillos negros y trabaja de noche —nadie sabe muy bien en qué, aunque en la portería circulan tres versiones distintas: bailarina de tango en un club exclusivo, traductora de francés con horario invertido o telefonista de una aerolínea europea.

Lo cierto es que cada mañana, cuando regresa del misterio de su jornada nocturna, baja al hall con un tapado liviano y el Cotón en brazos. El perro, con sus pelos blancos que parecen algodón y su expresión vivaz, saluda como si fuera el verdadero dueño del edificio.

Un perro con historia

El Cotón de Tulear no es un perro cualquiera. Nació en Madagascar, en la ciudad portuaria de Tuléar (hoy Toliara), y desde allí cruzó el mar hasta las cortes francesas, donde se convirtió en compañía de damas afrancesadas y caballeros ociosos. No fue sino hasta 1970 que la Federación Cinológica Internacional lo reconoció como raza oficial.

El nombre viene de ese pelaje que parece una bola de algodón —“coton” en francés—, suave, suelto y algodonoso. No huele a perro, casi no muda pelo y es considerado hipoalergénico, un detalle que los vecinos agradecen en el ascensor cuando el animalito se frota contra los pantalones oscuros.

Carácter de bufón y de filósofo

El Cotón del 7A tiene la gracia de un bufón de corte: se tira panza arriba en el hall, juega con los chicos, y de pronto, como si adivinara los pensamientos de su dueña, se pone serio y camina con solemnidad hasta el ascensor. La portera asegura que entiende francés: cuando la mujer le dice “viens ici”, el perro obedece sin chistar.

Es un perro adaptable, feliz, compañero hasta la médula. Y, como todos sus congéneres, necesita de la compañía humana. No tolera la soledad de jornadas eternas, y quizás por eso su dueña, que llega de madrugada, pasa las mañanas conversando con él en la terraza mientras toma un café negro.

El estándar de la nobleza

Según el estándar de la FCI, el Cotón debe medir unos 26 a 28 cm los machos y 23 a 25 cm las hembras, con un peso de entre 4 y 6 kilos. Su cabeza triangular, sus ojos oscuros y redondeados, y sus orejas colgantes cubiertas de pelo completan el cuadro. No hay duda de que el perro del 7A cumple con cada centímetro del manual: parece un ejemplar salido de Thuin, Bélgica, donde se guardan los registros oficiales.

Palermo y el Cotón

En un barrio donde conviven dobermans que vigilan casas de embajadas, caniches en brazos de jubiladas y mestizos adoptados de refugios, la presencia del Cotón del 7A se volvió tema de conversación. En el bar de la esquina, los parroquianos lo comparan con un fantasma de algodón que camina a metros del piso. En la panadería, las chicas le guardan un pedacito de medialuna. Y en la plaza Armenia, cuando aparece, siempre hay alguien que pregunta:

—¿Ese es el famoso perro del 7A?

La dueña sonríe, dice “oui” y sigue su camino, con un dejo de misterio parisino.

El único “pero”

Quien quiera un Cotón debe saberlo: es un perro de compañía, casi un compañero de vida. No soporta estar solo tantas horas como exige la rutina moderna. Necesita afecto, contacto, cercanía. Y eso, quizá, es lo que explica la fidelidad de este ejemplar con su dueña noctámbula. Ambos se necesitan: ella regresa del silencio de la madrugada y él la espera con la paciencia infinita que caracteriza a la raza.

Un espejo de barrio

El Cotón de Tulear del 7A no es solo un perro: es un personaje barrial, un recordatorio de que Palermo es un mosaico de historias pequeñas y universales. Entre el ladrillo de los edificios y el ruido de Honduras, aparece este pedazo de nobleza malgache y francesa, adaptado al ritmo porteño. Un perro que, con su pelaje blanco, ilumina el palier y que con su carácter alegre recuerda a todos que la vida de barrio también está hecha de detalles suaves, como una bola de algodón.


¿Y vos? ¿Te animarías a tener un Cotón de Tulear en tu departamento de Palermo, con su aire afrancesado y su carácter juguetón? ¿O preferís seguir fiel a las razas más tradicionales del barrio?

Si querés sumar tu historia o la de tu mascota al archivo vivo de Palermo, escribinos a lectores@palermonline.com.ar.