El erotismo como herramienta para la superación personal.

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En su flamante y polémico ensayo “El capital erótico”, la socióloga británica Catherine Hakim analiza la manera en que el entramado de elementos estéticos, físicos y sexuales desplegados por un individuo impacta sobre el resto de la sociedad, en el marco de una cultura que le asigna un rol central a la sexualidad.

A contramano de las descalificaciones habituales que recibe la belleza como herramienta para la superación personal, “El capital erótico” (Debate) reivindica la posibilidad de utilizar en beneficio propio este atractivo: lucir bien y tener gestos que despierten la empatía son estrategias que para la investigadora aportan un plus a la calificación intelectual y profesional.

Hakim retoma las categorías trabajadas por su colega francés Pierre Bordieu como activos de la personalidad -el capital económico, el cultural y el social- y le adiciona esta nueva variable -el capital erótico- que a diferencia de las anteriores posee un carácter subversivo en tanto puede resultar esquiva aún para las elites.

“Ningún padre rico puede garantizar que sus hijos nazcan guapos y atractivos, aunque sí invertir mucho dinero para `mejorarlos`”, sostiene esta mujer egresada de la London School of Economics que desde la publicación de su obra se ha enfrentado a los embates de distintas agrupaciones feministas, disgustadas con la idea de que el sexo constituya una variable de acumulación económica equivalente al capital intelectual o financiero.

Sustentado en un análisis riguroso y una cuantiosa bibliografía que ocupa gran parte de la obra, el ensayo alienta a hombres y mujeres -en especial estas últimas- a sacar provecho del poder erótico, un “capital” que ha sido invisibilizado porque se concentra principalmente en manos femeninas.

Según Hakim los hombres –y hasta algunas mujeres influidas por el patriarcado- han tomado medidas para evitar que las mujeres aprovechen su potencial de seducción (una de las “principales ventajas” femeninas, según su mirada) bajo la insinuación de que la dimensión erótica carece de valor.

“Las mujeres deben aprender a exigir un trato más justo, tanto en la vida privada como en la pública, pero el punto de partida es que tomen conciencia y den validez al capital erótico de las mujeres, y estén dispuestas a sacar provecho del hecho social del déficit sexual masculino, del mismo modo que los hombres sacan provecho de todas sus ventajas”, esboza Hakim.

Bajo la consigna de que el atractivo físico puede abrir puertas en el mercado laboral en un mundo tan sexualizado como el actual, la autora identifica seis elementos que integran el capital erótico -belleza, atractivo sexual, habilidades sociales, viveza, presentación en sociedad y sexualidad-, al que califica como “una obra de arte que es posible aprender”.

“Una de las claves del capital erótico es que puede ser completamente independiente del origen social, y erigirse en un vehículo de movilidad social ascendente muy rápido”, sostiene Hakim, nacida en Oriente Medio en 1948 y educada en Gran Bretaña desde los 16 años.

Para explicar las razones de la exclusión del capital erótico en los estudios sociales previos, la autora remarca el sesgo patriarcal que sufren algunas disciplinas, atravesadas por una suerte de ideología moral que impide que las mujeres aprovechen su capital erótico para lograr beneficios económicos y sociales.

En “El capital erótico”, la autora también trabaja sobre lo que denomina “déficit sexual masculino”, un concepto que describe cómo los hombres demandan mucho más sexo del que reciben a todas las edades mientras que las mujeres manifiestan niveles más bajos de deseo sexual, así como de actividad, lo que provoca que ellos se sientan “casi toda la vida sexualmente frustrados”.

Para explicar esta “disparidad sexual”, la ensayista evoca una escena del film “Annie Hall” (1977), de Woody Allen, en la que los dos miembros de la relación muestran sus diferentes puntos de vista acerca de la frecuencia sexual de la pareja cuando asisten al psicólogo y responden a la pregunta sobre la frecuencia de sus encuentros sexuales.

Mientras el personaje de Allen contesta apesadumbrado que “casi nunca; tal vez tres veces por semana”, el de Hall responde -casi con enojo- que “constantemente; unas tres veces a la semana”.

Para Hakim, el deseo no sería tanto una construcción de la sociedad como algo innato en los varones que provoca frustraciones desde la adolescencia y ejerce una influencia oculta en las actitudes masculinas frente a las mujeres, no sólo en las relaciones privadas sino en la esfera pública.

La conclusión de la investigadora es que las mujeres tienen en todo el mundo más capital erótico -entre otras cosas porque le dedican mayor esfuerzo-, un atributo que adquiere valor especial en situaciones en las que se entretejen la vida pública y la privada.

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