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El helvético que robó para la Corona: República perdida III

Por Luis Pablo Richelme

Hay un helvético que aparece en los diálogos del escándalo de corrupción de la Agencia Nacional de Discapacitados (ANDIS), uno de los casos más aberrantes en la historia reciente del país. Pero hay otro helvético más poderoso. Nada tiene que ver con ese expediente: su historia arranca en los albores de la democracia y se convirtió en símbolo de la corrupción menemista de los años 90.

Renacido, hoy juega en las grandes ligas de los negocios mineros y energéticos del gobierno de Javier Milei. Su trayectoria lo vio pasar de oscuro operador político a magnate influyente. A pesar de las denuncias y sospechas que lo rodean, siempre logró caer parado y hoy se mueve con comodidad en la cima del poder económico.

Integra el podio de quienes más daño le hicieron —y le siguen haciendo— al país. Este otro helvético brilló como uno de los más notorios arribistas del sistema: intocable, impoluto, siempre cerca del poder real. Él mismo admitió haber robado “para la Corona”.

Tras la crisis de 2001 y el “que se vayan todos”, se refugió en un autoexilio académico en Estados Unidos. Desde entonces cultivó el bajo perfil, pero en los últimos años volvió con fuerza. Hoy se mueve como pez en el agua y vuela como águila en el mundo de los negocios. Su fortuna, estimada entre 800 y 1.500 millones de dólares, lo ubica entre los hombres más ricos de América Latina. Vive gran parte del año en Ginebra, Suiza, la ciudad donde eligió morir Jorge Luis Borges.

No es el único, pero sí uno de los que más lejos llegó.

La carrera de José Luis Manzano merece ser expuesta como ejemplo de una Argentina que nunca logró romper con sus propios vicios. Es metáfora y síntoma de un país quebrado. Su historia explica, en parte, por qué la Argentina no logró consolidar un proyecto colectivo ni eliminar los privilegios de una casta que se recicla generación tras generación.

En los últimos días, su nombre volvió a aparecer en los medios, aunque casi sin ruido. La atención pública estaba puesta en la misión Artemisa II, los conflictos internacionales y los escándalos políticos locales. Sin embargo, en silencio, se cerró uno de los movimientos económicos más importantes del año.

Phoenix Global Resources, vinculada al gigante Mercuria Energy, avanzó en un acuerdo con el holding de Manzano para expandir operaciones en Vaca Muerta por unos 6.000 millones de dólares.

El ex diputado peronista, hoy empresario, consolida así una posición dominante en el negocio hidrocarburífero. Se suma a otros pesos pesados del sector: Paolo Rocca (Techint), que impulsa inversiones por 2.400 millones de dólares, y Marcelo Mindlin (Pampa Energía), con planes por 4.500 millones.

Todo esto bajo el paraguas del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), el esquema impulsado por el gobierno para atraer capitales a sectores estratégicos. El programa ofrece beneficios fiscales, garantías jurídicas y condiciones preferenciales para proyectos energéticos y mineros.

En paralelo, avanza la construcción de infraestructura clave, como nuevos oleoductos que permitirán aumentar la capacidad de exportación de crudo desde la Patagonia en el corto plazo.

Mientras otras petroleras internacionales —como ExxonMobil, TotalEnergies y Equinor— decidieron retirarse o reducir su exposición en Argentina, el grupo Mercuria-Manzano profundizó su apuesta. La clave: lobby, timing político y capacidad de adaptación.

Manzano, además, controla Edenor, proyecta avanzar sobre Transener y aparece como candidato para quedarse con activos que Shell dejó en el país. Su regreso a la Argentina tras su paso por la Universidad de Georgetown marcó el inicio de una nueva etapa de crecimiento sostenido.

Pero, ¿quién es realmente?

Nacido en Tupungato, Mendoza, en 1956, estudió medicina, aunque su destino estuvo en la política. En 1983, con el regreso de la democracia, asumió como diputado nacional por el Partido Justicialista y rápidamente se destacó como operador clave en negociaciones con el gobierno de Raúl Alfonsín.

Su consolidación llegó con Carlos Menem. Fue ministro del Interior y uno de los hombres fuertes del poder en los años de privatizaciones. Allí se forjó su fama.

El libro “Robo para la Corona”, del periodista Horacio Verbitsky, documenta uno de los episodios más emblemáticos de esa época. Durante una negociación por la privatización del Polo Petroquímico de Bahía Blanca, Manzano habría dicho:

“Yo robo para la Corona”.

La frase, repetida en distintos ámbitos políticos, nunca tuvo consecuencias judiciales. Pero quedó grabada en la memoria colectiva como símbolo de una época.

Desde entonces, su figura quedó asociada a ese modelo. De operador político a empresario multimillonario, su historia condensa décadas de poder, negocios y reciclaje permanente.

Hay una imagen que resume ese recorrido: un joven Manzano, flaco y trajeado, aparece detrás de Alfonsín durante el histórico discurso del retorno democrático en 1983. Esa escena, incluida en “La República Perdida II”, simboliza el inicio de una esperanza.

La pregunta es inevitable: ¿qué pasó con esa esperanza?

La respuesta aparece en la historia reciente: corrupción estructural, negocios cruzados y una dirigencia que, lejos de romper con el pasado, lo perfeccionó.

Quizás por eso, esta historia no es solo pasado.

Es presente.

Y, si nadie la discute en serio, también puede ser futuro.