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El laberinto cambiario sigue vivo: La Argentina del dólar múltiple

La dolarización que no fue.

La Argentina volvió a mostrar una escena conocida: dólar BNA, informal, tarjeta, importador, MEP, mayorista, cripto, euro oficial y euro informal. Una pizarra que parece más de una casa de apuestas que de una economía ordenada. El problema no es que existan muchas cotizaciones técnicas; el problema es que esas cotizaciones expresan restricciones, impuestos, desconfianza, cepo parcial, demanda reprimida y falta de reservas.

Javier Milei había prometido dolarizar. También había prometido terminar con la inflación y ordenar el mercado cambiario. Sin embargo, tras más de dos años de gestión, la economía argentina sigue hablando en varios dólares al mismo tiempo. El Gobierno avanzó en modificaciones del cepo y en un esquema de bandas cambiarias desde abril de 2025, pero la convivencia de tipos de cambio sigue siendo una señal de transición incompleta, no de normalidad plena.

¿Puede un país tener tantos dólares?

Puede. Pero no debería necesitar tantos.

En una economía ordenada existe un tipo de cambio de referencia, con pequeñas diferencias por costos financieros, comisiones, plazos o riesgo. En Argentina, en cambio, cada dólar cuenta una historia distinta.

El dólar mayorista marca el precio de referencia para grandes operaciones y comercio exterior. El dólar Banco Nación funciona como precio minorista oficial. El dólar tarjeta suma impuestos y percepciones para consumos en el exterior. El MEP surge de comprar y vender bonos. El informal aparece cuando la gente no confía o no puede acceder libremente al mercado formal. El cripto funciona como vía digital de dolarización alternativa, muchas veces fuera del sistema bancario tradicional.

Ahí está el quilombo: no son muchos dólares porque la economía sea sofisticada; son muchos dólares porque la economía está partida.

La mirada “Boston”: eficiencia, arbitraje y señal de precios

Un economista formado en una lógica más ortodoxa, de manual universitario internacional, diría algo bastante frío: cuando hay varios precios para el mismo bien, el sistema está distorsionado.

El dólar es un precio clave. Coordina importaciones, exportaciones, ahorro, inversión, deuda, turismo, salarios medidos en moneda dura y expectativas. Si ese precio se multiplica, la economía pierde información clara.

Cuando el importador mira un dólar, el turista mira otro, el ahorrista mira otro, el exportador calcula otro y el consumidor paga otro, se rompe la señal de precios. Nadie sabe del todo cuánto vale producir, ahorrar, importar, vender o invertir.

Desde esa mirada, la brecha no es apenas una curiosidad periodística. Es una fábrica de incentivos torcidos: adelantar importaciones, demorar exportaciones, subfacturar, sobrefacturar, cubrirse en activos dolarizados y mirar al peso como quien mira una silla rota antes de sentarse.

La mirada UBA: estructura productiva, restricción externa y política

Un economista de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA probablemente agregaría algo que el manual frío no siempre ve: Argentina no tiene un problema cambiario aislado, tiene una restricción externa histórica.

El país necesita dólares para importar energía, insumos industriales, tecnología, medicamentos, maquinaria y deuda. Pero no siempre genera los dólares suficientes de manera estable. Cuando faltan reservas, aparece el torniquete: controles, impuestos, desdoblamientos, parches, permisos, excepciones.

Entonces el dólar múltiple no nace solo de la “maldad estatal” ni de la “viveza criolla”. Nace de un problema estructural: una economía que quiere consumir, producir y endeudarse en dólares, pero recauda, paga salarios y hace política en pesos.

La pregunta incómoda es esta: si se libera todo sin reservas suficientes, ¿el mercado ordena o incendia?

Milei, la dolarización pendiente y el problema de las reservas

El Gobierno eliminó o flexibilizó parte del cepo para personas humanas y cambió el esquema cambiario, pero no dolarizó. Tampoco unificó completamente el mercado. El Banco Central informó indicadores diarios de tipo de cambio mayorista, minorista y reservas, mientras el esquema de bandas cambiarias siguió funcionando como referencia de política monetaria.

La promesa de dolarización chocó contra una pared clásica: para dolarizar de verdad hacen falta dólares. Y no dólares imaginarios, no dólares de PowerPoint, no dólares “que van a venir cuando el mundo confíe”. Dólares líquidos, disponibles, suficientes.

Por eso la advertencia de Hernán Lacunza pegó fuerte. El exministro de Economía sostuvo que una corrida al dólar en 2027 sería “inexorable” si se entra al año electoral con este nivel de tipo de cambio y sin reservas suficientes en el Banco Central. La frase fue reproducida por medios y cuentas periodísticas este 13 de mayo de 2026.

No significa que la corrida esté escrita por Dios en piedra. Significa algo más técnico: si el mercado cree que el dólar oficial está atrasado, que las reservas no alcanzan y que el año electoral puede cambiar el rumbo económico, entonces la cobertura en dólares se vuelve racional. No patriótica, no antipatriótica: racional.

¿Le hace bien a la economía tener tantos dólares?

No. Le hace mal.

Le hace mal porque genera incertidumbre, multiplica costos, encarece decisiones, alimenta sospechas y convierte a cada ciudadano en operador cambiario amateur. El comerciante deja de pensar en vender mejor y empieza a pensar en reposición. El importador deja de pensar en eficiencia y piensa en acceso al MULC. El ahorrista deja de pensar en inversión productiva y piensa en cómo cubrirse. El periodista deja de explicar economía y canta la quiniela del dólar cada mañana.

Pero también hay una verdad incómoda: los controles a veces aparecen porque el Gobierno no tiene espalda para liberar todo. Son malos, sí. Pero muchas veces son el síntoma de un problema mayor: falta de confianza y falta de dólares.

La Argentina sigue atrapada en la pizarra

Después de Alberto Fernández, después del cepo, después de la inflación desbordada, después de la promesa libertaria de dolarización, la Argentina sigue con varias cotizaciones. Algunas bajan, otras suben, otras se mueven por impuestos, otras por bonos, otras por miedo.

El país no tiene cientos de dólares. Tiene seis, siete, ocho nombres para decir lo mismo: el peso todavía no alcanza como promesa de futuro.

Y mientras eso no cambie, la pizarra seguirá siendo el verdadero editorial económico de la Argentina. Una pipa, una matraca y un país entero mirando cuánto vale escapar del peso.