Consumo en caída libre y crédito al límite
Mientras el Gobierno intenta ordenar la política interna con fotos de unidad en Casa Rosada, los datos duros del consumo y el endeudamiento familiar dibujan otro escenario: el bolsillo ya no resiste y el crédito se convierte en salvavidas… o en ancla.
En la provincia de Buenos Aires, el consumo acumuló en febrero su décima caída consecutiva, con un desplome interanual del 9,5% en términos reales según datos del Banco Provincia, confirmando una tendencia que ya no puede maquillarse con relato técnico ni optimismo financiero. La baja no es menor ni circunstancial: refleja una contracción sostenida que golpea directamente al mercado interno, ese mismo que históricamente sostuvo la actividad de miles de comercios, pymes y trabajadores.
El dato más crudo aparece cuando se analiza cómo se paga lo que todavía se consume. Las compras con dinero en cuenta se derrumbaron un 15,6%, mientras que las operaciones con tarjeta crecieron un 1,2%. Traducido sin vueltas: la gente dejó de tener efectivo o saldo disponible y empezó a financiar la comida, los remedios y los gastos básicos con crédito. No es consumo, es supervivencia financiada.
El fenómeno se profundiza en supermercados, donde el uso de tarjetas sigue ganando terreno frente al pago directo. En apenas dos años, la participación del financiamiento en el consumo total creció más de 13 puntos porcentuales. Es una señal clásica de crisis: cuando la tarjeta deja de ser una herramienta de conveniencia y pasa a ser una muleta para llegar a fin de mes, el sistema ya está crujendo.
Economistas como Jorge Carrera lo explican sin rodeos: la clase media bancarizada está aplicando una estrategia defensiva de corto plazo. Patea gastos hacia adelante, compra tiempo, pero acumula deuda. El problema es estructural: si los ingresos no mejoran y los precios siguen corriendo por delante, ese mecanismo se vuelve insostenible. Y ahí aparece el siguiente síntoma: el aumento de la morosidad, que ya roza niveles preocupantes.
Mientras tanto, los rubros más sensibles —alimentos, combustibles, farmacia— siguen en retroceso. Solo algunos sectores como salud, educación e impuestos muestran crecimiento, pero impulsados casi exclusivamente por el crédito. En salud y educación, el 74% del consumo ya se paga financiado. Es un número que no habla de progreso, sino de resignación.
En paralelo, el clima político empieza a reflejar ese deterioro económico. La imagen positiva de Javier Milei cayó de 47% en febrero a poco más del 40% en marzo, mientras que la negativa superó el 50%. El dato más fuerte no es ese, sino otro: casi seis de cada diez argentinos consideran que la situación económica es mala. Cuando el termómetro social se clava ahí, no hay discurso que alcance.
En ese contexto, el Gobierno buscó mostrar orden con una nueva reunión de gabinete en la Casa Rosada, en la que participaron figuras clave como Luis Caputo, Patricia Bullrich y Karina Milei. La foto fue clara: unidad, coordinación, control. Pero puertas afuera, la economía real sigue contando otra historia.
Porque mientras adentro se alinean nombres, afuera se desalinean los números. La aprobación del Gobierno cayó al 38,5%, con una desaprobación que ya supera el 53%. En apenas un mes, el balance pasó de parejo a claramente negativo. No es un detalle estadístico: es un cambio de humor social.
El contraste es brutal. De un lado, un oficialismo que intenta retomar la iniciativa política, ordenar su narrativa y sostener liderazgo. Del otro, una sociedad que empieza a ajustar por necesidad, no por convicción, y que ve cómo el crédito reemplaza al ingreso como motor del consumo.
La pregunta ya no es si el modelo funciona en los papeles. La pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse en la vida real cuando el supermercado se paga en cuotas, la tarjeta se convierte en deuda crónica y el consumo deja de ser un indicador de crecimiento para transformarse en un síntoma de fragilidad.
Y ahí, en ese punto incómodo donde los números dejan de cerrar y la calle empieza a hablar, es donde los gobiernos se prueban de verdad. Porque una cosa es ordenar variables macro, y otra muy distinta es sostener una economía cuando la gente ya no llega a fin de mes.
Palermo Online como juez, el periodista como fiscal y el público como jurado: ¿esto es un ajuste transitorio o el inicio de un desgaste más profundo del modelo económico? ¿Cuánto margen real le queda al Gobierno antes de que la economía doméstica termine de pasarle factura?
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