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El modelo Milei avanza a contramano del país real

Mientras el Gobierno de Javier Milei acelera la reforma laboral como si fuera la última bala del verano, el mapa político empieza a mostrar fisuras que no se explican sólo por aritmética parlamentaria. En el Senado, la irrupción formal de Provincias Unidas, con Carlos “Camau” Espínola y Alejandra Vigo, expone una verdad incómoda: el ajuste puede aprobarse por acuerdos coyunturales, pero no logra construir una base política ni cultural duradera.

Un modelo sin raíz nacional

La lógica que ordena al oficialismo es simple y peligrosa: zanahoria adelante del burro. Promesas de estabilidad futura a cambio de sacrificio presente. El problema no es sólo económico; es identitario. El programa libertario no dialoga con una tradición argentina, sino con una fantasía importada, extranjerizante, donde producir localmente es un estorbo y consumir barato —aunque sea sin repuestos, sin trabajo y sin industria— es un éxito estadístico.

Argentina ya recorrió ese camino. Apertura irrestricta, importaciones masivas, destrucción del empleo, dependencia externa. Después, cuando el dólar sube, los productos “baratos” se vuelven inalcanzables, los servicios técnicos desaparecen y el trabajo argentino ya no existe. Pan para hoy, hambre para mañana. Manual viejo, resultado conocido.

Mientras Estados Unidos protege su industria, China se cierra, Europa regula, India defiende su mercado y hasta Chile ajusta sus barreras, Argentina queda como el único país con apertura total y descontrolada. No por convicción estratégica, sino por dogma.

El Senado como espejo del desgaste

En ese contexto aparece Provincias Unidas, un sello provincialista que logra representación en la Cámara alta sin haber ganado elecciones recientes, pero capitalizando el cansancio de los gobernadores frente a una Casa Rosada que administra poder con chequera y urgencia.

El cambio de nombre —de Unidad Federal a Provincias Unidas— no es cosmético: es un intento de reagruparse antes del debate por la reforma laboral, prevista para los primeros días de febrero. El objetivo es claro: ganar volumen, influir en comisiones y negociar desde una lógica territorial, no ideológica.

La posible incorporación de la chubutense Edith Terenzi, el juego ambiguo de Santa Cruz, el reposicionamiento de Corrientes y Córdoba, y la fragmentación del PRO muestran un Senado cada vez más atomizado. El oficialismo suma votos, pero pierde cohesión política. Compra apoyos, no construye proyecto.

Gobernadores: aliados por conveniencia, no por convicción

Diego Santilli recorre las provincias como embajador de Nación, juntando respaldos y reclamos. Algunos gobernadores acompañan la reforma laboral, otros especulan, varios esconden cartas. Nadie se enamora del proyecto. Todos calculan.

El apoyo explícito de Frigerio, Zdero, Cornejo o Sáenz no garantiza votos propios en el Senado. En paralelo, los peronismos provinciales dialogan sin comprometerse. La tensión con Tierra del Fuego, el conflicto por el puerto de Ushuaia y la quita de aranceles a los celulares importados exponen la fragilidad del vínculo Nación–provincias.

El mensaje es claro: no hay consenso estructural, sólo acuerdos tácticos.

Reforma laboral sin demanda: el corazón del problema

Los propios empresarios lo dicen sin eufemismos: con consumo en caída, ¿para qué contratar? Según el INDEC, más del 50% de las firmas identifica la falta de demanda interna como el principal límite para producir más. La reforma laboral promete bajar costos, pero no crea mercado.

El Gobierno enfrenta un trilema imposible: bajar inflación, acumular reservas y crecer. Todo indica que resigna el crecimiento. El salario funciona como ancla, las paritarias se planchan y el empleo cae. En octubre se perdieron casi 24.000 puestos formales; en dos años cerraron más de 21.000 empleadores.

La conflictividad laboral crece, aunque el verano la disimule. Fábricas tomadas, despidos, suspensiones, salarios que pierden contra la inflación. La economía real no acompaña la épica libertaria.

Identidad partida y memoria corta

Hay una contradicción que atraviesa todo este proceso. Una parte del electorado que votó este modelo sueña con ser otro país, pero se emociona con el tango, la Selección y la nostalgia. Como escribió Jauretche, el problema no es el extranjero, sino el argentino que reniega de lo propio.

Argentina no es un Excel. Es mate a la tarde, charla, laburo, barrio, industria, pyme, conflicto, contradicción. Es Cambalache. Y ningún modelo que desprecie eso puede sostenerse en el tiempo.

Un poder que avanza, pero no arraiga

Provincias Unidas no es una alternativa de gobierno, pero sí un síntoma. El Senado se mueve. Los gobernadores juegan su propio partido. El oficialismo empuja leyes, pero no logra construir una narrativa nacional que ordene el sacrificio.

La historia argentina es clara: los modelos sin raíz terminan cayendo por su propio peso. No explotan de un día para el otro, pero se vacían. Cuando eso pasa, ya es tarde para pedirle al futuro lo que no se cuidó en el presente.

Palermo Online observa, registra y pregunta:
¿Se puede reformar el trabajo sin trabajo?
¿Se puede gobernar sin identidad?
¿Y cuánto dura un país que se vende barato creyendo que es moderno?

El jurado está en la calle. Y el veredicto, como siempre, llega con el tiempo.