Fallecio Jose Pepe Mujica el presidente campesino que vivio como hablo y murio como vivio

El último deseo de José “Pepe” Mujica: “Mi destino está ahí, donde descansa Manuela”

El último deseo de Mujica: “Mi destino está ahí, donde descansa Manuela”
José “Pepe” Mujica murió a los 89 años dejando una voluntad sencilla, austera y conmovedora: pidió ser cremado y enterrado en su chacra, al lado de su perra de tres patas, Manuela. Un gesto final que, como su vida entera, fue pura coherencia.


Hay hombres que, incluso ante la muerte, eligen no mentirse. José Mujica fue uno de ellos. A los 89 años, con un cáncer de esófago que lo devoraba desde adentro, el expresidente uruguayo comunicó su sentencia con la misma honestidad con la que habló toda la vida: “Estoy condenado, hermano. Hasta acá llegué”. Y dejó un pedido final, que no fue un monumento ni una calle con su nombre, sino volver a la tierra, junto a su perra Manuela, en su chacra de Rincón del Cerro.

El deseo fue revelado por él mismo hace un tiempo, en voz baja y sin rodeos:
“Mi futuro destino está abajo de ese escollo, donde está enterrada Manuela. Cuando me muera me van a quemar y me van a enterrar ahí”.

Nada de panteones ni homenajes en mármol. Mujica eligió compartir la eternidad con su perra coja, símbolo de su modo de ver el mundo: sin lujo, sin maquillaje, sin distancia entre lo que se dice y lo que se hace.

La perra, la chacra, el amor

Manuela fue más que una mascota. Fue compañera de todas las batallas domésticas del ex presidente. Era famosa en todo Uruguay. Tenía solo tres patas, pero no le faltaba orgullo ni fidelidad. Dormía al pie del sillón donde Mujica leía, recorría la huerta con él, y ladraba si sentía a algún periodista cruzar la tranquera.

Esa chacra, a las afueras de Montevideo, no fue nunca una pose. Allí vivió con Lucía Topolansky, su compañera de vida y militancia, y allí quiso morir. Mujica decía que necesitaba la tierra bajo los pies para no marearse. Hasta el final, regó sus plantas, arregló su tractor y se mantuvo lúcido y atento al devenir del país.

Lucía, su esposa y ex vicepresidenta, confirmó este último deseo con una mezcla de entereza y ternura. “Estoy hace más de 40 años con él y voy a estar hasta el final. Eso es lo que le prometí”.

Una muerte anunciada sin escándalo

El deterioro comenzó en abril de 2024, cuando el propio Mujica anunció en una conferencia de prensa que tenía un tumor maligno. Siguió una larga y dolorosa serie de tratamientos, que incluyeron radioterapia y varias internaciones. En enero de 2025, él mismo informó que el cáncer había hecho metástasis y ya no había salida.

No pidió compasión ni protagonismo. Sólo quiso que lo dejaran tranquilo. “No me cabe ni un tratamiento bioquímico ni la cirugía porque mi cuerpo no lo aguanta”, declaró. “Estoy hecho pelota. Pero tranquilo”.

En sus últimos días, pidió que no lo entrevistaran más, que no lo expusieran. Solo quería mirar su jardín, andar en su tractor y seguir con sus tomates. Resistió lo más que pudo, sin estridencias. Como quien simplemente acepta que la vida tiene su final, y que ese final no merece drama sino respeto.

Coherencia hasta la ceniza

A diferencia de tantos otros que mueren ricos en contradicciones, Mujica murió fiel a su palabra. Vivió como habló y ahora descansa donde quiso. No hay metáfora más potente que esa: el tipo que fue presidente y renunció al protocolo ahora duerme bajo tierra junto a su perra.

Mientras algunos líderes mundiales se despiden entre aviones privados y funerales de Estado, Mujica pidió una fogata y la paz del campo. No por falsa modestia, sino porque realmente creía en eso: en la humildad como forma de vida, no como gesto.

No dejó un mausoleo. Dejó un ejemplo. En un continente donde la política suele oler a negocio, Mujica fue ese perfume raro de flor silvestre: inclasificable, honesto, terco y profundamente humano.



¿Puede la coherencia con uno mismo ser el mayor legado de un político? ¿No es acaso más revolucionario elegir morir como se vivió que todas las leyes que se puedan promulgar?