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Guillermo Kuitca en Malba

Guillermo Kuitca en Malba: la consagración del artista que nació grande
Una nueva muestra revive el nacimiento de un lenguaje visual potente, íntimo y teatral.

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En Malba se inauguró “Kuitca 86. De Nadie olvida nada a Siete últimas canciones”, una exposición dedicada a los primeros grandes hitos del artista argentino Guillermo Kuitca. La muestra recorre tres series fundamentales que marcaron su lenguaje visual a mediados de los años ochenta. El teatro, la memoria postdictadura y el cuerpo son los protagonistas de esta cartografía estética.


Una cita con el arte en Avenida Figueroa Alcorta

En la ciudad de Buenos Aires, en el corazón del Malba y al calor de una programación que no da respiro, fue presentada la primera gran muestra del 2025: “Kuitca 86. De Nadie olvida nada a Siete últimas canciones”. El recorrido propuesto ubica al visitante en el epicentro de un estallido creativo, donde el joven Guillermo Kuitca, con apenas 25 años, definía un universo plástico que ya contenía toda su potencia futura.

Las obras seleccionadas —pinturas, dibujos, bocetos, recortes y fotografías— configuran un mapa sensible y conceptual del arte argentino post dictadura, atravesado por silencios, camas vacías y figuras de espaldas. Se exhiben, además, archivos inéditos y materiales personales que componen una suerte de “álbum de época”.

¿Es posible que un artista ya tenga una voz definida a los veinticinco años? ¿Qué puede decirnos el arte del ‘86 hoy, cuando las heridas de la historia siguen supurando en nuestra memoria colectiva?


El vértice del Big Bang Kuitquiano

“La intención es hacer foco en 1986, con fugas puntuales a series inmediatamente anteriores y posteriores”, explica Sonia Becce, curadora de la exposición junto a Nancy Rojas. Según sus palabras, ese año se revela como una suerte de Big Bang íntimo: el inicio de un sistema poético y visual propio, denso, teatral y existencial.

Se presentan obras de tres series:

  • “Nadie olvida nada” (1982): Figuras femeninas de espaldas, un eco sordo de ausencias.
  • “El mar dulce” (1983): Escenarios oníricos con presencia humana fantasmal.
  • “Siete últimas canciones” (1986): La consagración del drama visual, con color, ritmo y vacío.

En palabras de Rojas, “el Kuitca del ‘86 localiza la fuerza en los procedimientos antes que en los temas”, apostando por lo táctico más que lo narrativo, por lo velado antes que por lo evidente.


Artista precoz y mundo itinerante

Kuitca expuso por primera vez a los 13 años en la galería Lirolay. Desde entonces, su carrera fue una línea ascendente sin sobresaltos. Viajó por el mundo, expuso en el MoMA, el Guggenheim, la TATE y el Reina Sofía, y representó a la Argentina en la Bienal de Venecia. Sin embargo, siempre pintó en su país.

Uno de sus grandes legados es la célebre Beca Kuitca, que entre 1991 y 2011 formó a una camada entera de artistas argentinos.

¿Pero qué lo convierte en un artista imprescindible? ¿Qué lo diferencia de tantos otros talentos argentinos que nunca lograron consolidarse en el exterior?


Las camas, el teatro y la memoria

El universo de Kuitca gira, literalmente, alrededor de camas: camas vacías, camas múltiples, camas ausentes. En sus palabras, son “el punto de partida y el lugar al que siempre vuelve”.

En esta exposición pueden verse algunas de sus primeras camas, pequeñas, silenciosas, casi inadvertidas. Sobre ellas, el crítico de arte Jerry Saltz escribió:
“Kuitca tiene pinturas con camas, de camas y sobre camas. Son su piedra Rosetta.”

Pero también están el teatro —Kuitca fue dramaturgo y escenógrafo del Teatro Colón— y la música. De hecho, la serie “Siete últimas canciones” alude a las composiciones de Richard Strauss. Su pintura dialoga con Pina Bausch, Kurosawa, Fassbinder, Pasolini y Von Trotta, una constelación estética que mezcla la tragedia, el cuerpo y la historia.


El arte después del horror

Hay una dimensión política y doliente que atraviesa su obra temprana. La serie “Del 1 al 30.000”, de fuerte carga simbólica, puede leerse como respuesta al trauma de la última dictadura argentina. En esa clave, sus figuras solitarias de espaldas no son solo gestos pictóricos: son actos de memoria.

¿Puede el arte ser testimonio sin volverse propaganda? ¿Puede la belleza incomodar y al mismo tiempo sanar?

La exposición nos devuelve a un tiempo donde el arte era también una forma de recuperar el habla, de reordenar el mundo. En el contexto actual, con nuevos silenciamientos en juego, la propuesta de Kuitca resuena con fuerza.


Opiniones cruzadas: el genio y la distancia

Desde la crítica especializada, la muestra ha sido recibida con entusiasmo. El arte de Kuitca es valorado por su densidad poética, su consistencia y su despliegue técnico. Su voz, dicen, “nació madura”, y por eso sigue vigente.

Sin embargo, también hay voces que apuntan a su excesiva canonización. Algunos artistas emergentes señalan que la omnipresencia de Kuitca —en becas, colecciones, museos— podría haber invisibilizado otros talentos igualmente valiosos. ¿El éxito temprano garantiza profundidad artística? ¿O más bien nos dice algo sobre los circuitos de legitimación cultural?


Conclusión superlativa

Guillermo Kuitca logró lo que muy pocos artistas argentinos consiguen: establecer una lengua visual propia, reconocible, a la vez íntima y universal. Su obra, como un espejo múltiple, nos enfrenta con la soledad, la memoria y el teatro de la vida.

En esta muestra, el Malba no solo recupera al artista precoz: lo sitúa como testigo sensible de una Argentina que buscaba hablar después del horror, que necesitaba decir con imágenes lo que con palabras aún dolía.

¿Qué nos dice hoy ese joven que pintaba camas vacías en medio del dolor colectivo? ¿Qué nos pide, desde su trinchera estética, a los espectadores de este tiempo incierto?


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Firma: Mario José
Fuente exclusiva: Palermo Online Noticias – https://palermonline.com.ar