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Israel llega tarde: el reconocimiento del genocidio armenio no borra 111 años de silencio

El gobierno israelí aprobó una resolución para reconocer oficialmente el exterminio perpetrado contra el pueblo armenio por el Imperio Otomano. La decisión queda ahora en manos de la Knesset. La demora expone una deuda moral profunda de Israel con Armenia y con la propia memoria judía.

Jerusalén abrió una puerta que nunca debió permanecer cerrada. El gobierno de Israel aprobó una resolución para reconocer oficialmente el genocidio armenio, perpetrado por el Imperio Otomano entre 1915 y 1923, y dejó el camino abierto para que la Knesset, el Parlamento israelí, avance finalmente con una declaración histórica.

La noticia tiene peso político, diplomático y moral. Pero llega tarde. Demasiado tarde. A 111 años del inicio del exterminio armenio, la decisión israelí no puede ser presentada solo como un gesto noble: también debe leerse como la corrección tardía de una omisión vergonzosa.

Durante décadas, Israel evitó reconocer formalmente el genocidio armenio por cálculos diplomáticos, negocios estratégicos con Turquía y una visión militar de corto plazo. La verdad histórica quedó subordinada a la conveniencia. Y cuando la memoria se negocia, la justicia se enfría.

El genocidio armenio no fue una tragedia confusa ni un exceso de guerra. Fue una política de exterminio contra un pueblo. Deportaciones, masacres, hambre, marchas de la muerte, destrucción cultural y dispersión forzada marcaron una de las grandes heridas del siglo XX. Cada 24 de abril, el pueblo armenio recuerda a sus muertos y reclama algo elemental: que el mundo diga la verdad.

Por eso, el silencio israelí dolió más que otros silencios. Israel nació marcado por la memoria del Holocausto y por la promesa ética del “Nunca Más”. Esa promesa no puede ser selectiva. No puede servir solo para proteger la memoria propia y callar frente al sufrimiento ajeno. Si el exterminio de un pueblo es una herida para toda la humanidad, entonces la memoria judía tenía la obligación moral de acompañar a Armenia sin condiciones.

No hacía falta esperar a que Turquía se alejara de Israel. No hacía falta medir el humor de Ankara. No hacía falta calcular votos, acuerdos militares ni intereses regionales. El reconocimiento del genocidio armenio debió haber salido de Jerusalén hace décadas, con claridad, con dignidad y sin especulación.

La demora habla mal de la dirigencia israelí. Habla mal de una política exterior que muchas veces convirtió la memoria en moneda de cambio. Habla mal de quienes entendieron el dolor ajeno solo cuando dejó de incomodar sus alianzas. Y habla mal de un Estado que, teniendo una historia marcada por la persecución y el exterminio, tardó demasiado en reconocer el sufrimiento de otro pueblo perseguido y masacrado.

También hay que decirlo sin vueltas: la solidaridad con Armenia no debía depender de la postura de Yerevan frente a Israel, Palestina, Turquía o cualquier otro conflicto de Medio Oriente. La verdad histórica no se condiciona. Las víctimas no se reconocen según conveniencia diplomática. Un millón y medio de armenios asesinados no pueden esperar el permiso de la geopolítica.

El paso dado por el gobierno israelí es importante. Pero no alcanza con celebrarlo. Hay que exigir que la Knesset lo convierta en reconocimiento pleno, formal e inequívoco. Sin medias tintas. Sin palabras lavadas. Sin esa diplomacia cobarde que dice mucho para no decir lo esencial.

El genocidio armenio debe ser reconocido porque ocurrió. Porque fue planificado. Porque destruyó familias, aldeas, iglesias, escuelas, cementerios, lenguas, apellidos y destinos. Porque la negación es una segunda violencia contra los muertos y contra sus descendientes.

Como judío, corresponde decirlo con honestidad: Israel llega tarde y debe pedir disculpas al pueblo armenio. No por culpa colectiva de los judíos, sino por responsabilidad política de un Estado que demoró demasiado una verdad que conocía. La memoria no puede tener dueños exclusivos. El dolor armenio también pertenece a la conciencia universal.

Cada 24 de abril, Armenia recuerda. La diáspora armenia recuerda. Y el mundo debería recordar con ellos. Porque cuando un pueblo exterminado es obligado a pedir durante más de un siglo que se nombre su tragedia, la humanidad entera queda en deuda.

Si Israel finalmente reconoce el genocidio armenio, hará lo correcto. Pero no hará un favor. Cumplirá, tarde, con una obligación moral que nunca debió haber abandonado.

Dato histórico: el Museo-Instituto del Genocidio Armenio define el genocidio como el exterminio de armenios en el Imperio Otomano y regiones cercanas entre 1915 y 1923, y estima alrededor de 1,5 millón de armenios asesinados.

EL POR QUE

El reconocimiento israelí del genocidio armenio no llega en el vacío: llega cuando Turquía enfrenta con más dureza el avance militar y político de Israel en la región.

Durante años, Jerusalén evitó incomodar a Ankara; ahora, cuando la relación se quebró, aparece una verdad histórica que siempre estuvo a la vista.

La memoria armenia no puede ser usada como ficha diplomática ni como castigo tardío contra Turquía.

El gobierno turco, presionado por su propia opinión pública, denuncia las operaciones israelíes en Siria y Líbano como una amenaza regional.

Israel, bajo el argumento de la seguridad, actúa cada vez más como una potencia que expande su margen de intervención sobre países vecinos.

El drama palestino agrava esa lectura: Gaza y Cisjordania siguen siendo heridas abiertas ante una comunidad internacional que mide cada palabra.

Jordania y Egipto rechazan públicamente el desplazamiento palestino, pero su prudencia diplomática termina pareciendo un silencio útil para Israel.

La región entera convive con una contradicción brutal: discursos de paz, fronteras militarizadas y pueblos enteros pagando el precio.

Por eso, el reconocimiento del genocidio armenio es justo, pero llega contaminado por la coyuntura.

Israel dice ahora una verdad histórica; la pregunta incómoda es por qué la calló durante más de un siglo.