La escena se repite como una farsa de la historia: los grandes dirigentes de la Sociedad Rural Argentina, otrora patrones de estancia, quedaron esta semana mirando desde la tranquera cómo se escapaba el negocio millonario de las retenciones cero. Mientras ellos posaban con cara adusta en los pasillos de Palermo, el Gobierno libertario liberó en apenas 72 horas un cupo de exportaciones por 7.000 millones de dólares. ¿Quién se llevó la parte del león? Cinco gerentes de las cerealeras, Bunge y los chinos a la cabeza.
Los productores chicos y medianos, esos que todavía cargan la pala, quedaron afuera. Y la Sociedad Rural, acostumbrada a jugar de “gran interlocutora del campo”, fue tratada como un grupo de cadetes de última categoría. Ni enterados, ni consultados, ni convidados a la mesa.
Retenciones, el impuesto maldito
En la jerga económica argentina, las retenciones son el porcentaje que el Estado cobra a la exportación de granos. Una fuente vital de ingresos fiscales, pero también un dolor de cabeza para el productor. Desde 2002 se volvieron la manzana de la discordia entre gobiernos y el campo: suben, bajan, se eliminan o se reinstalan según la urgencia fiscal y la temperatura política.
Esta vez, Javier Milei jugó con fuego: anunció retenciones cero por un cupo limitado. El truco fue simple: liberar la entrada al festín sin avisar a todos. Resultado: los gigantes exportadores coparon las Declaraciones Juradas de Ventas al Exterior y bloquearon la puerta.
Pazo y el discurso del “nadie sabía”
El titular de ARCA, Juan Pazo, salió a defender la maniobra en el canal oficialista Carajo:
“Cuando tomamos una medida, no la sabe nadie”.
Pero el argumento de la sorpresa suena a excusa mal ensayada. En política, como en la vida, el que maneja la información maneja el poder. Y acá la jugada estuvo clara: se enteraron los de siempre, los que tienen la lapicera y los contactos.
El asesor Felipe Núñez intentó reforzar el libreto:
“No hay ninguna complicidad. Nadie sabía. Lo sabíamos unos pocos”.
Justamente: lo sabían unos pocos. Y eso es complicidad.
Los que quedaron mirando desde la tribuna
El titular de la Sociedad Rural, Nicolás Pino, apenas pudo balbucear indignado:
“¿Cómo puede ser que en tan poco tiempo se cubriera semejante cantidad de dinero?”.
Andrea Sarnari de Federación Agraria fue más clara:
“Al productor pequeño y mediano no lo benefició. Ni siquiera le pasó cerca de la tranquera”.
Y Carlos Castagnani de CRA cerró con resignación:
“El grueso de los productores no accedió de manera directa a la rebaja de retenciones”.
En criollo: los dejaron arafue.
¿Campo libre para los gigantes?
El mensaje político es brutal: la era Milei no negocia con las instituciones tradicionales del agro. La Sociedad Rural, CRA o Federación Agraria pueden patalear, pero las decisiones se toman entre cinco escritorios de multinacionales y un ministerio blindado.
La épica libertaria de la “libertad de mercado” terminó siendo un negocio a medida de los grandes jugadores globales. Bunge, Cofco y compañía celebran. Los productores, que alguna vez soñaron con ser “los dueños de la Argentina”, quedaron como simples proveedores de materia prima, sin voz ni voto.
Filosofía de la exclusión
Como habría dicho Nietzsche, el poder no se comparte: se ejerce. Y en este caso, Milei demostró que para su proyecto los aliados circunstanciales (la Sociedad Rural, la “aristocracia del campo”) son descartables. Marx, en cambio, lo hubiera leído con ironía: la renta extraordinaria de la tierra se concentró en el capital exportador, y el terrateniente criollo fue rebajado a asalariado de lujo.
El fallo histórico
La jugada de las retenciones cero no fue solo un movimiento económico: fue un golpe político. Milei demostró que no necesita de la Rural para gobernar la renta agraria. Los trató como empleados. Les mostró que la época de “patrones de estancia” terminó: hoy deciden cinco CEOs globales y un puñado de funcionarios que hablan en streaming.
El campo argentino, símbolo de poder durante más de un siglo, quedó reducido a un actor de reparto. Y la Sociedad Rural, que siempre se creyó el director de la obra, fue corrida al rincón.
Pregunta final
¿Es este el principio del fin de la influencia política de la Sociedad Rural Argentina? ¿O volverán, como tantas veces, a reinventarse para no perder su lugar en la mesa grande?
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