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Lengüitas en Parque Las Heras, forma mucho más que alumnos

Una escuela que forma mucho más que alumnos

En la esquina de Salguero y Juncal, frente al verde abierto de Parque Las Heras, funciona uno de esos espacios que, sin hacer ruido, moldean generaciones enteras. La escuela conocida como “Lengüitas”, vinculada al Instituto de Enseñanza Superior en Lenguas Vivas, y con una tradición formativa asociada a educadores como Escuela Normal Superior en Lenguas Vivas – Sofía Esther Broquen de Spangenberg, se sostiene como un faro de educación pública en una ciudad donde el debate sobre su calidad y su futuro vuelve a estar sobre la mesa.

Desde temprano, el barrio se mueve distinto. Padres, estudiantes y docentes atraviesan Parque Las Heras como si fuera una antesala del aula. Porque, en el fondo, lo es. Ahí no solo se aprende un idioma: se aprende a convivir, a discutir, a construir una mirada propia.

Y en esa escena cotidiana aparece la voz de quienes lo vivieron desde adentro.

Un exalumno del colegio, hoy ya adulto, lo resume con crudeza y sin maquillaje:

“Creo que antes de enumerar cosas puntuales, hay que entender el contexto. A mí me tocó ir al colegio en un momento en el cual la educación ya estaba en un proceso de deterioro, con menos prioridad desde la gestión pública. Pero todavía no había llegado a una decadencia total. Eso hizo que convivieran dos cosas: por un lado, cierta falta de interés estructural; por el otro, un sistema que todavía tenía herramientas muy valiosas”.

Lejos de quedarse en la crítica, su testimonio se vuelve más concreto cuando baja a lo vivido:

“El Lengüitas me dio herramientas que no eran solamente académicas. Me dio herramientas sociales y políticas. Participé en centros de estudiantes, en talleres de Naciones Unidas, en modelos de debate internacional. Ahí aprendí negociación, oratoria, a hablar en público, a defender una idea”.

Y sigue:

“También hubo espacio para otras cosas: teatro, fútbol, huerta, construcciones, cocina. Parece menor, pero no lo es. Aprendí a hacer de todo. A trabajar en equipo, a resolver, a adaptarme. No era solo estudiar: era formarte como persona”.

En esa línea, sintetiza lo que para muchos vecinos y exalumnos es la esencia del lugar:

“La realidad es que fue una gran experiencia académica, pero sobre todo fue una gran experiencia social. Eso es lo que te queda. Eso es lo que te forma”.


El testimonio no es aislado. Refleja una época y, al mismo tiempo, abre una discusión actual. Porque si algo demuestra esta experiencia es que la educación pública, cuando funciona, tiene una potencia que excede cualquier programa o currícula.

Lengüitas no fue —ni es— solo un colegio. Es un espacio de construcción de ciudadanía. Pero también es un espejo incómodo: muestra lo que la educación pública puede ser… y lo que corre riesgo de perder.

Hoy, en el barrio, la pregunta empieza a tomar forma entre padres, docentes y vecinos: ¿cómo se sostiene esa calidad en el tiempo? ¿Cómo se actualiza sin perder identidad? ¿Qué tipo de escuela necesita Buenos Aires en un contexto completamente distinto al de hace veinte años?

Porque no se trata de idealizar el pasado. Se trata de proyectar el futuro.

En una ciudad con profundas desigualdades educativas, fortalecer la escuela pública no es una consigna: es una necesidad concreta. Mejores edificios, sí. Pero también mejores contenidos, más herramientas, más conexión con la realidad de los chicos y con las demandas de las familias.

Lengüitas, en Salguero y Juncal, sigue ahí. Como símbolo, como experiencia viva y como advertencia.

Hermogain lo observa desde el pulso barrial. Porque entre los árboles de Parque Las Heras, las mochilas y las discusiones de pasillo, no solo se enseña un idioma: se define, en silencio, qué tipo de sociedad se está formando.