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Macri, González y Sanguinetti: poder y desconexión política

Debatieron sobre democracia en medio de un ajuste brutal. no nombraron la palabra «pobres» ni «trabajo», menos «empleo»

En una Buenos Aires donde la inflación todavía mastica salarios y la política parece hablar cada vez más desde auditorios climatizados que desde la calle, una frase empezó a circular entre pasillos, cafés y redes sociales después del Foro de Presidentes organizado por la Universidad Austral: “Con la panza llena cualquiera da una disertación”. La sentencia, filosa y callejera, resumió el clima de época que sobrevoló el encuentro entre Mauricio Macri, Felipe González y Julio María Sanguinetti, tres figuras históricas del poder iberoamericano que reflexionaron sobre la democracia, la polarización y la crisis de liderazgo contemporánea.

El evento, desarrollado bajo el título “Liderazgo y Centralidad Política en Tiempos de Polarización”, reunió a empresarios, académicos, dirigentes políticos y periodistas en un contexto mundial marcado por guerras, populismos, agotamiento institucional y sociedades cada vez más partidas. Pero mientras dentro del salón se discutía la necesidad de recuperar consensos y fortalecer la convivencia democrática, afuera persistía otra conversación mucho más brutal: la distancia creciente entre las élites políticas y la vida cotidiana de la gente común.

La escena tuvo algo de símbolo. Expresidentes hablando sobre serenidad institucional en una Argentina donde millones de personas ajustan el changuito del supermercado como si fuera una operación matemática de supervivencia. El contraste fue inevitable.

Mauricio Macri reconoció durante el foro que “el poder también te toma” y sostuvo que todo líder necesita personas que sepan decirle “no” para no perder contacto con la realidad. La frase dejó flotando una pregunta incómoda: ¿cuántos dirigentes actuales conservan todavía contacto genuino con la realidad social? Porque la política contemporánea parece haber desarrollado un fenómeno curioso: abundan las conferencias sobre pobreza dadas por personas que jamás viajaron en colectivo a las siete de la mañana.

Felipe González, desde España, habló de una “geopolítica del caos” y advirtió que las sociedades están siendo empujadas hacia extremos que vuelven ingobernables a los países. Y aunque el diagnóstico sonó sofisticado, muchos argentinos podrían resumirlo de una manera más sencilla y más criolla: la gente está cansada, nerviosa y cada vez más desconfiada de todos.

Julio María Sanguinetti, por su parte, definió a América Latina como una “América invertebrada”, incapaz de actuar como región frente a los cambios globales. Pero quizás el problema no sea solamente estructural o geopolítico. También existe una fractura emocional. Una sensación persistente de que buena parte de la dirigencia discute categorías teóricas mientras el ciudadano común pelea contra el alquiler, las expensas, la prepaga y el precio de la carne.

Ahí aparece la famosa frase. “Con la panza llena cualquiera da una disertación”. No es solamente un insulto ni una chicana barrial. Es una definición política profundamente argentina. Expresa el hartazgo frente a discursos que muchas veces parecen pronunciados desde una burbuja universitaria o corporativa alejada del barro cotidiano.

La Argentina siempre tuvo fascinación por los intelectuales elegantes. Desde los cafés literarios de la avenida de Mayo hasta los paneles televisivos de Puerto Madero, existe una tradición de discutir el destino nacional entre bibliotecas, whisky importado y frases largas. El problema aparece cuando la teoría deja de tocar el piso. Cuando la política habla de “institucionalidad” pero no logra explicar por qué un jubilado debe elegir entre remedios o comida.

El propio Macri dejó otra frase significativa al advertir sobre líderes “narcisistas” que creen ser perfectos y rechazan críticas. Una observación que, en realidad, excede a un espacio político específico y describe un fenómeno global: la transformación de la política en espectáculo emocional permanente, donde importa más el personaje que la gestión.

En ese contexto, el concepto de “centralidad política” defendido durante el foro intenta recuperar un espacio de moderación y convivencia. Pero la dificultad es evidente: la moderación pierde atractivo cuando la sociedad siente que el sacrificio siempre recae sobre los mismos sectores.

En los barrios porteños, en las mesas familiares y en los grupos de WhatsApp, mucha gente ya no escucha discursos políticos con admiración sino con sospecha. La crisis económica prolongada desgastó la paciencia colectiva. Por eso cada vez que aparece un dirigente hablando sobre grandes consensos democráticos desde un escenario elegante, surge inevitablemente el murmullo ácido del ciudadano de a pie: “Sí, claro… con la panza llena cualquiera da una disertación”.

Y quizás ahí esté el verdadero desafío de la política moderna. No solamente reconstruir instituciones o consensos abstractos. También recuperar legitimidad emocional. Volver a hablar un idioma que la gente sienta propio. Porque las democracias no se rompen únicamente por los extremismos ideológicos. A veces se erosionan lentamente cuando quienes gobiernan dejan de comprender cómo vive realmente la mayoría.

La pregunta queda flotando sobre Buenos Aires como una humedad vieja de otoño: ¿la dirigencia todavía escucha el ruido de la calle o ya solamente se escucha entre sí?