La madrugada de este 4 de julio de 2026 quedará marcada en el calendario astronómico. Antes de la salida del Sol, Marte y Urano alcanzarán la conjunción aparente más cercana entre ambos planetas que podrá observarse hasta el año 2053, ofreciendo una oportunidad excepcional para aficionados, astrónomos y cualquier persona que disfrute levantar la vista hacia el cielo.
Aunque desde la Tierra parecerán casi tocarse, la realidad es completamente distinta. Marte y Urano estarán separados por más de 2.800 millones de kilómetros en el espacio. El «acercamiento» es únicamente un efecto de perspectiva producido porque ambos planetas, que giran alrededor del Sol a velocidades y distancias muy diferentes, se alinearán desde nuestro punto de vista.
La separación aparente será de apenas seis minutos de arco (0,1°), aproximadamente una quinta parte del diámetro de la Luna llena, lo que permitirá observar ambos planetas dentro del mismo campo visual de unos binoculares.
El fenómeno podrá verse poco antes del amanecer mirando hacia el horizonte noreste, en la constelación de Tauro, muy cerca de dos joyas del cielo profundo: el cúmulo de Las Pléyades (M45) y el grupo estelar de Las Híades, conocidos desde hace miles de años por prácticamente todas las civilizaciones.
¿Qué es exactamente una conjunción planetaria?
Las conjunciones ocurren cuando dos o más cuerpos celestes parecen acercarse en el cielo vistos desde la Tierra.
No significa que realmente estén próximos entre sí.
Es un efecto visual semejante al que ocurre cuando, desde una ruta, dos montañas muy lejanas parecen una al lado de la otra.
La mecánica celeste permite calcular estas alineaciones con enorme precisión. Gracias a las leyes formuladas por Johannes Kepler y posteriormente explicadas por la gravitación universal de Isaac Newton, hoy es posible predecir estos encuentros con décadas e incluso siglos de anticipación.
Marte: el planeta que fascinó a la humanidad durante más de cinco mil años
Mucho antes de existir los telescopios, Marte ya llamaba la atención de las antiguas civilizaciones.
Los astrónomos babilonios registraban cuidadosamente sus movimientos hace más de 3.000 años.
Los egipcios también lo observaron, mientras que los griegos lo asociaban con Ares, dios de la guerra, debido a su intenso color rojizo.
Los romanos heredaron esa tradición y lo bautizaron Marte, nombre que conserva hasta nuestros días.
Con la invención del telescopio comenzó otra etapa.
Galileo Galilei lo observó en 1610.
Más tarde, Christiaan Huygens identificó por primera vez detalles oscuros en su superficie.
En 1659 calculó con sorprendente precisión la duración del día marciano: 24 horas, 37 minutos y 22 segundos, apenas unos minutos más largo que el terrestre.
En 1877 el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli dibujó una red de líneas que denominó canali. La traducción errónea como «canales» alimentó durante décadas la idea de una civilización marciana.
El estadounidense Percival Lowell llevó esa hipótesis aún más lejos, construyendo observatorios enteros para estudiar aquellas supuestas obras de ingeniería. Décadas después se comprobó que todo había sido una ilusión óptica.
Lo último que la ciencia sabe sobre Marte
Hoy Marte es el planeta más explorado después de la Tierra.
Actualmente continúan trabajando sobre su superficie los rovers Curiosity y Perseverance, este último acompañado durante años por el histórico helicóptero Ingenuity, que realizó el primer vuelo controlado de una aeronave en otro planeta.
Perseverance investiga el antiguo delta del cráter Jezero, donde existió un lago hace miles de millones de años. Allí ha encontrado minerales sedimentarios y compuestos orgánicos que fortalecen la hipótesis de que Marte fue, en un pasado remoto, un mundo mucho más húmedo y potencialmente habitable.
La NASA continúa preparando la futura recuperación de muestras marcianas, considerada una de las misiones científicas más ambiciosas de la historia de la exploración espacial.
Urano: el descubrimiento que duplicó el tamaño del Sistema Solar
Hasta fines del siglo XVIII la humanidad creía conocer todos los planetas.
Eso cambió el 13 de marzo de 1781.
Esa noche, el músico y astrónomo británico William Herschel observó un objeto extraño con su telescopio.
Al principio creyó haber descubierto un cometa.
Meses después quedó demostrado que se trataba de un planeta completamente desconocido.
Era Urano, el primer planeta descubierto mediante un telescopio.
Su hallazgo revolucionó la astronomía porque, de un día para otro, el Sistema Solar conocido prácticamente duplicó su tamaño.
Inicialmente Herschel quiso llamarlo Georgium Sidus, en homenaje al rey Jorge III de Inglaterra.
Finalmente la comunidad científica adoptó el nombre Urano, siguiendo la tradición mitológica de los planetas.
El planeta más extraño del Sistema Solar
Urano es un gigante helado.
Tiene un diámetro de 50.724 kilómetros, cuatro veces mayor que el de la Tierra.
Su atmósfera está formada principalmente por hidrógeno, helio y metano, siendo este último el responsable de su característico color azul verdoso.
Su temperatura media alcanza aproximadamente -224 °C, convirtiéndolo en el planeta con la atmósfera más fría del Sistema Solar.
Pero su mayor rareza es otra.
Mientras todos los planetas giran prácticamente «parados», Urano rota casi completamente acostado.
Su eje presenta una inclinación cercana a 98 grados, probablemente como consecuencia de un gigantesco impacto ocurrido hace más de cuatro mil millones de años.
Eso provoca estaciones extremas.
Cada estación dura alrededor de 21 años terrestres, mientras que un año completo en Urano equivale a 84 años en la Tierra.
Lo último sobre Urano
Hasta hoy, solo una nave espacial visitó Urano.
Fue la histórica Voyager 2, que pasó junto al planeta en enero de 1986.
Desde entonces todas las investigaciones se realizaron mediante telescopios terrestres y espaciales.
Sin embargo, el interés científico volvió a crecer enormemente.
La comunidad astronómica internacional considera prioritaria una nueva misión orbital para estudiar su atmósfera, su complejo campo magnético, sus anillos y sus 28 lunas conocidas, muchas de ellas con océanos internos que podrían esconder procesos geológicos inesperados.
Los gigantes helados como Urano representan además uno de los tipos de planetas más comunes descubiertos alrededor de otras estrellas, por lo que entenderlos ayudará a comprender cómo se forman numerosos sistemas planetarios del Universo.
Dos mundos completamente diferentes
Aunque durante unos minutos parecerán vecinos, Marte y Urano representan extremos opuestos de la evolución planetaria.
Marte es un pequeño planeta rocoso, con volcanes gigantescos, antiguos cauces fluviales y una tenue atmósfera de dióxido de carbono.
Urano, en cambio, es un inmenso gigante helado, envuelto en gases, con un sofisticado sistema de anillos y lunas, donde jamás podría aterrizar una nave sobre una superficie sólida como ocurre en Marte.
Uno tarda 687 días en dar una vuelta al Sol.
El otro necesita 84 años.
Uno posee dos pequeñas lunas.
El otro, veintiocho.
Uno podría recibir astronautas durante este siglo.
El otro continúa siendo uno de los grandes misterios de la exploración espacial.
Cómo observar el fenómeno desde Argentina
El mejor momento será entre las 5:30 y las 6:30 de la mañana, antes de que la claridad del amanecer domine el cielo.
Marte será fácilmente reconocible por su brillo rojizo.
Urano requerirá binoculares o un pequeño telescopio para distinguir su tenue disco azul verdoso.
Un sitio alejado de las luces urbanas permitirá disfrutar mucho mejor del espectáculo.
La próxima vez que ambos planetas vuelvan a ofrecer una aproximación aparente tan cerrada será dentro de casi tres décadas, cuando muchas de las personas que hoy observen el fenómeno tendrán una realidad completamente distinta.
Mirar el cielo es también mirar el tiempo.
Mientras en la Tierra transcurren nuestras vidas, allá arriba los planetas siguen recorriendo sus órbitas con una paciencia que se mide en siglos y en miles de millones de kilómetros.
¿Vas a madrugar para ver este encuentro entre Marte y Urano?
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