cochera autos

Multas fantasma y transferencias eternas

El agujero negro burocrático que castiga a quienes compran autos usados

En la Argentina de las apps bancarias, las billeteras virtuales y los discursos sobre modernización del Estado, miles de personas siguen cayendo en una trampa burocrática digna de los años noventa: comprar un auto usado “sin deudas”, transferirlo correctamente y descubrir meses después multas millonarias cometidas por el dueño anterior. Las llamadas “multas fantasma” aparecen tarde, sin aviso claro y con intereses acumulados que convierten una infracción vieja en una bomba económica para el nuevo titular.

El problema volvió a instalarse en redes sociales después del descargo del periodista y analista Lucas Abriata, quien contó que, tras transferir un vehículo con libre deuda en regla, le aparecieron infracciones previas por casi un millón de pesos. Lo más absurdo no es solamente el monto. Lo verdaderamente alarmante es que muchas veces las multas no figuraban al momento de la transferencia y aparecen cargadas meses después, como si el sistema tuviera agujeros negros administrativos donde las sanciones flotan hasta caerle encima al ciudadano equivocado.

Ahí aparece una de las enfermedades más profundas del Estado argentino: la falta de sincronización entre municipios, provincias, organismos de tránsito y registros automotores. Cada distrito maneja sus tiempos, sus sistemas y sus criterios. Mientras algunos cargan una infracción en pocos días, otros pueden tardar meses. En el medio queda atrapado el comprador común, el laburante que junta peso por peso para cambiar el auto y termina heredando problemas ajenos.

La escena ya se volvió clásica. Una familia vende el coche, el nuevo dueño hace la transferencia, paga formularios, certificaciones, sellos, informes y libre deuda. Respira tranquilo. Pero meses después llega la cachetada: multas viejas detectadas “tardíamente”, intereses acumulados y amenazas de bloqueo administrativo. Y reclamar se convierte en una maratón kafkiana entre juzgados de faltas, municipios perdidos y teléfonos que nadie atiende.

El argumento oficial suele ser delirante: “la infracción existía, pero todavía no estaba procesada”. Traducido al castellano barrial: el ciudadano cumplió con todo, pero el Estado no hizo su trabajo a tiempo. Sin embargo, la consecuencia económica recae igual sobre el contribuyente. Una lógica peligrosa donde el error administrativo jamás lo paga el sistema, siempre lo paga el vecino.

En muchos casos, las multas están asociadas tanto al dominio del vehículo como al titular. Eso genera una doble trampa. Aunque el nuevo dueño no haya cometido la infracción, el auto queda contaminado administrativamente. Y ahí nace el negocio silencioso de gestores, abogados y trámites interminables. La burocracia argentina tiene esa habilidad casi artística de convertir cualquier operación simple en una novela de desgaste psicológico.

Las propuestas que comenzaron a circular entre usuarios y especialistas parecen bastante razonables. Una de ellas plantea obligar a municipios y provincias a publicar toda infracción dentro de un plazo máximo, por ejemplo diez días. Si la multa aparece seis meses después, debería quedar automáticamente invalidada para terceros compradores. Otra idea apunta a que las infracciones queden exclusivamente ligadas al DNI del infractor y no al vehículo, evitando que el auto se transforme en una mochila hereditaria de deudas invisibles.

También gana fuerza el reclamo de anular cualquier multa cargada después de la fecha de transferencia si la infracción ocurrió antes del cambio de titularidad. Parece sentido común básico, pero en Argentina el sentido común suele viajar en auxilio mecánico y llega tarde.

El problema de fondo no es solamente administrativo. Tiene impacto económico real. Hay familias que quedan bloqueadas para vender nuevamente el vehículo, personas que no pueden renovar documentación y compradores que descubren deudas equivalentes a varios meses de sueldo. En una economía golpeada por inflación, tarifas altas y salarios deteriorados, una multa sorpresa de cientos de miles de pesos puede destruir el ahorro de un hogar entero.

Mientras tanto, el gobierno nacional habla de eficiencia, digitalización y modernización, pero la experiencia cotidiana sigue siendo la misma: sistemas que no dialogan entre sí, ciudadanos desprotegidos y provincias que funcionan como pequeños feudos administrativos. Javier Milei prometió dinamitar estructuras viejas, pero la maquinaria burocrática de tránsito sigue intacta. El argentino todavía vive perseguido por papeles, sellos y deudas que aparecen como fantasmas de autopista.

La paradoja es brutal. Se exige al ciudadano una precisión quirúrgica para cumplir cada trámite, pero el Estado puede equivocarse, demorarse o cargar tarde una infracción sin asumir ninguna responsabilidad. En cualquier país serio, un libre deuda emitido oficialmente debería cerrar la discusión. En Argentina, en cambio, muchas veces apenas abre la puerta al próximo problema.

Por eso crece entre automovilistas una recomendación casi paranoica, pero cada vez más necesaria: guardar absolutamente toda la documentación de compra, informes históricos, capturas de libre deuda y comprobantes de transferencia. Porque en este país las multas no siempre llegan cuando deben. A veces aparecen meses después, flotando como botellas en el Riachuelo burocrático, justo cuando el ciudadano pensaba que había hecho todo bien.