Zoo de Palermo

Palermo, del Monte a la leyenda urbana: génesis, grandeza y demolición

Palermo, del Monte Grande a la leyenda urbana: génesis, grandeza y demolición

Antes de ser Palermo, fue llanura, fue río libre, fue maleza y viento. Antes de ser barrio, fue territorio de aborígenes y luego reparto colonial. Palermo no nació como una postal; fue forjándose entre barro y ambición, entre monte y utopía. Esta es su historia, tan porteña como la niebla de junio, y tan trágica como el progreso que arrasa sin memoria.

La prehistoria de Palermo: el Monte Grande

El relato de Palermo comienza en los pliegues geográficos de la Pampa húmeda, cuando el arroyo Maldonado —hoy sepultado bajo Juan B. Justo— cruzaba como vena abierta las tierras del actual barrio. La zona formaba parte del Monte Grande, un bosque claro habitado por guaraníes canoeros y querandíes nómades. Aquella era una tierra de pesca, barro, cerámica y cielo abierto.

Con la refundación de Buenos Aires en 1580, Juan de Garay repartió las primeras «suertes» o chácaras. Doce de esas 65 chacras correspondieron a lo que hoy conocemos como Palermo. Los primeros dueños —Fernández, Bermúdez, Suyas, Olabarrieta, entre otros— jamás sospecharon que recibían hectáreas que más tarde serían un ícono urbano.

El hombre que le dio nombre: Juan Domínguez Palermo

El topónimo “Palermo” surge con claridad a principios del siglo XVII. Miguel Sorondo propuso que remite a Juan Domínguez Palermo, un sevillano nacido en Sicilia, que llegó en 1582. Casado con Isabel Gómez —heredera de una de las chácaras fundacionales—, Domínguez fue regidor del Cabildo y poseedor de una fracción clave en la actual intersección entre Recoleta y Palermo.

En 1685 ya se mencionaba “La Pesquería de Palermo” en documentos oficiales. El barrio, sin saberlo, tomaba forma nominal, cartográfica y simbólica.

Rosas y la invención del mito urbano

En el siglo XIX, Palermo quedó indisolublemente unido al nombre de Juan Manuel de Rosas. En 1838 adquirió los terrenos donde construiría su celebérrimo caserón: Palermo de San Benito, un emblema político, arquitectónico y cultural. La residencia blanca, con arquerías, laguna artificial, jardines y zonas privadas para el baño femenino, fue demolida en un acto de barbarie patrimonial a fines del siglo XIX.

Allí florecieron las primeras manifestaciones del Palermo simbólico. A metros del caserón surgiría, reformada, la edificación que albergó el Café de Hansen, cuna del tango orillero, espacio de bohemia y leyenda, demolido también por la aplanadora del progreso.

Cafés, turf, tango y demolición

Avanzado el siglo XX, Palermo se fue consolidando como epicentro de la vida urbana. El Café La Paloma, los Portones de la Avenida Sarmiento, la Sociedad Rural, el Zoológico y el Botánico componían un paisaje ecléctico, donde convivían la elite, los científicos, los artistas y los criollos de a pie.

Pero hubo lugares que el tiempo se llevó, como el Café Agua Sucia —donde se reunían tangueros, futbolistas y burreros— o “La Garúa” de Serrano y Güemes, último bastión del almacén de barrio. La gentrificación, las torres y el capital inmobiliario cubrieron todo como una tormenta de polvo fino.

El primer auto y la esquina que lo vio partir

En Salguero y Libertador se alzaba la Residencia de los Varela Castex, demolida sin gloria ni cartel conmemorativo. Allí vivió Dalmiro Varela Castex, pionero del automovilismo argentino, nieto de Florencio Varela, fundador del Automóvil Club Argentino y primer poseedor de un registro de conducir en Buenos Aires.

En 1887 trajo desde París un De Dion-Bouton a vapor, apodado “la Cacerola” por los porteños. En 1895 ingresó el primer Benz con motor a combustión interna, y en 1904, con otros 20 entusiastas, fundó el ACA. En 1906 obtuvo el Registro Nº1, privilegio discutido por el entonces intendente Anchorena, lo que motivó la intervención salomónica del presidente Roque Sáenz Peña.

Palermo hoy: entre el espejo roto y el futuro

Palermo es hoy una síntesis contradictoria: barrio de artistas y torres, de memorias enterradas bajo shoppings, de cafés gourmet que ya no huelen a bosta de caballo. Pero aún conserva fragmentos de su linaje: el Parque Tres de Febrero como blasón verde, el Hipódromo, el Botánico y el rastro espectral de sus figuras —Borges, Holmberg, Palacios, Yrurtia— que aún deambulan entre los plátanos del ayer.

Quedan sueños, sí, y nostalgia, mucha. Porque como escribió Carriego, “los barrios tienen alma, y el alma no se muda a un edificio de lujo”.

¿Y vos? ¿Qué Palermo elegís recordar: el de Rosas, el de Hansen, el de Dalmiro o el que viene con app, QR y delivery?