Bosques de Palermo

Palermo Viejo en los años 70

Palermo Viejo en los años 70: entre barro, chapas, conventillos y poesía

Antes de ser barrio fashion, Palermo Viejo fue barro, grasa de taller y poesía popular. Era una Buenos Aires profunda, espesa de historia, donde el tango se escuchaba más que el jazz, y donde las calles se inundaban antes de que lloviera.


En la década del ’70, Palermo Viejo era muy distinto al paisaje boutique que conocemos hoy. No había brunchs ni terrazas con lámparas colgantes. Lo que sí abundaba eran los talleres mecánicos, los baldíos, los conventillos, las casas chorizo y, sobre todo, el agua que subía por las calles como si el barrio fuese una bañadera sin desagüe.

Zona inundable: cuando Palermo era un pantano

El terreno de Palermo tiene una historia hidráulica particular. Gran parte del barrio se desarrolló sobre lo que fueron humedales naturales. El arroyo Maldonado, hoy entubado bajo Juan B. Justo, era entonces una herida abierta. Cada lluvia fuerte lo desbordaba y convertía las calles en ríos marrones que arrastraban baldosas flojas, ramas, perros y botellas vacías.

Las veredas se hacían trampa, el agua entraba a las casas y las vecinas sacaban las alfombras al sol. Vivir en Palermo era convivir con el agua: había que levantar las camas con ladrillos, sellar las puertas con trapos y rogar que no se cortara la luz. El agua no era metáfora, era amenaza.

Talleres mecánicos: el rugido de otro tiempo

Honduras, Gorriti, Niceto Vega, Fitz Roy… todas esas calles hoy repletas de moda eran, en los setenta, cuna de motores abiertos y autos levantados con críquets. En cada cuadra había al menos un taller: mecánicos con overol azul, manos negras de grasa y termos compartidos entre mates y cigarrillos.

Se arreglaban autos y se arreglaba la vida como se podía. Había ruido, humo, olor a aceite quemado y a sopa de gallina en las casas de atrás. Era una economía barrial: el taller era fuente de ingreso y punto de encuentro. Los pibes jugaban a la pelota al lado de una Chevrolet sin ruedas, y nadie se quejaba del bullicio: el barrio era ruidoso como un corazón sano.

Conventillos: el alma colectiva del barrio

En Palermo Viejo había muchas casas de inquilinato: los famosos conventillos, herederos del siglo XIX, donde cada familia alquilaba una pieza y compartía baño, patio y cocina. El sonido de la olla de presión era banda sonora de esos patios floridos con jazmines, sillas rotas y sogas con ropa al sol.

Convivían inmigrantes gallegos, paraguayos recién llegados, viudas con hijos, laburantes de la construcción y vendedores ambulantes. El conventillo era un universo de códigos propios: la solidaridad era norma, el chisme circulaba como el pan y el domingo se compartía el puchero.

Las casas chorizo: arquitectura del arraigo

Entre conventillos y talleres, asomaban las legendarias casas chorizo, ese diseño bien porteño con habitaciones en fila, un patio alargado, galería con rejas floreadas y jazmines trepadores. Eran casas construidas para durar, pensadas para clanes familiares que se heredaban la propiedad como si fuera un tesoro.

Las casas chorizo de Palermo Viejo eran templos domésticos, con muebles de algarrobo, ventiladores de pie, radio a galena y fotos en blanco y negro en las paredes. Eran símbolo de progreso: si tenías una, eras alguien en el barrio. Y si la cuidabas, tus nietos tenían garantizada una raíz en la ciudad.

Palermo en dictadura: la sombra sobre la vereda

A medida que avanzaban los años setenta, la política se volvió un tema silenciado. Con la dictadura militar, muchas casas fueron allanadas, muchos talleres cerraron, y muchos conventillos se quedaron vacíos. La represión también se sintió en el barrio: había patrulleros, desapariciones, miedo y pactos de silencio. Las historias se susurraban, no se contaban.

¿Qué queda de todo eso?

Hoy, donde hubo un taller, hay un showroom. Donde estuvo un conventillo, hay un edificio de 6 pisos. Las casas chorizo valen millones y están en manos de diseñadores. Pero el alma de Palermo Viejo sigue viva en los detalles: una persiana de madera que aún resiste, una vecina que te saluda desde el zaguán, un gato durmiendo en el cordón de la vereda.

Los años 70: una Buenos Aires entre minifaldas, dictadura y goles eternos

La década del 70 en la Argentina fue una tierra de extremos: mientras la política se volvía una olla a presión que terminaría estallando con la dictadura del ’76, las calles bullían con moda colorida, milanesas con papas fritas y estadios repletos de hinchas que soñaban con la Copa del Mundo.

La moda era un manifiesto de rebeldía. Las mujeres usaban minifaldas, pantalones pata de elefante y botas blancas hasta la rodilla. Los varones llevaban patillas anchas, camisas con cuellos gigantes y pantalones Oxford. El cuerpo se liberaba, aunque el contexto político lo vigilaba de cerca.

En las cocinas, el menú seguía siendo porteño de alma: milanesa napolitana, puchero, matambre arrollado y fideos con tuco los domingos. Pero ya se colaban los primeros sabores extranjeros: la pizza estilo delivery, los ravioles en caja y la hamburguesa como símbolo de modernidad, aunque todavía se comiera en plato.

La política era un campo minado. De Perón al golpe, del regreso al exilio al terrorismo de Estado. En los barrios, se hablaba en voz baja. En las paredes, los afiches de agrupaciones militantes eran tapados con cal blanca. La represión se volvía rutina y la alegría, un acto de valentía.

Y en el deporte, el país jugaba con el alma. Boca y River se disputaban campeonatos con planteles gloriosos, mientras Diego Maradona debutaba en Argentinos Juniors y comenzaba a encender la mecha de un fuego que marcaría a generaciones. En los potreros y en las canchas, el fútbol era refugio y orgullo. También brillaban Vilas en el tenis, Monzón en el boxeo y Reutemann en la Fórmula 1. La bandera argentina ondeaba, por fin, en podios internacionales.

Eran años complejos, vibrantes y cargados de futuro. Una Buenos Aires que bailaba mientras temblaba, que cocinaba mientras resistía, que vestía colores mientras caía en la oscuridad. Y en el corazón de esa ciudad palpitaba Palermo Viejo…

Y vos, vecino o visitante… ¿sabés caminar el Palermo de hoy con los ojos de ayer?