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Palermo y el eterno problema de los “trapitos”

Palermo y el eterno problema de los “trapitos”: ¿desidia o falta de coraje?

Un cuidacoches con más de veinte antecedentes fue detenido en el Hipódromo de Palermo tras rayar autos por venganza. La ciudad sigue sin resolver de fondo un problema que otras capitales ya supieron ordenar.

El pasado martes, el barrio porteño de Palermo volvió a ser escenario de una postal ya gastada pero cada vez más irritante: un «trapito» de 42 años, con la friolera de 22 contravenciones acumuladas en apenas cuatro meses, fue detenido por rayar vehículos cuyos dueños se negaron a pagarle.
La División Investigaciones Comunales 14 logró dar con el sujeto frente al Hipódromo de Palermo, gracias a un video viral donde un vecino lo acusaba directamente de vandalizar su coche.

«En contacto con habitués del Hipódromo y mediante las imágenes del video, los oficiales localizaron al hombre en avenida Libertador y Matienzo, donde ejercía de cuidacoches», detallaron las fuentes policiales consultadas.

Pese a su abultado prontuario, el detenido no tenía restricciones de libertad. La Unidad de Flagrancia Norte, a cargo de Juan Pablo Iglesias, ordenó su aprehensión, la confección del acta contravencional correspondiente, y dejó una advertencia seria: si reincide, podrá ser procesado bajo el artículo 239 del Código Penal por resistencia a la autoridad, con penas de hasta un año de prisión.

¿Hasta cuándo la impunidad callejera?

La figura del «trapito» —ese personaje que florece al ritmo del partido de fútbol, el recital o el evento masivo— es una herida abierta en Buenos Aires.
Una práctica irregular, tolerada por décadas, que mezcla economía informal, amenaza tácita y falta de Estado.

La pregunta es incómoda pero necesaria: ¿cómo puede ser que alguien acumule 22 contravenciones en 120 días y siga operando en la vía pública como si nada?
¿En qué momento la autoridad dejó de tener autoridad?
¿Y cómo lograron otras ciudades resolver un problema que acá parece eterno?

Ciudades que dijeron «basta» (y ordenaron)

No hay que reinventar la rueda. Basta mirar hacia afuera:

  • Montevideo: en la capital uruguaya, tras años de quejas, el gobierno implementó un registro de cuidacoches. Solo quienes se inscriben y cumplen normas estrictas pueden trabajar, bajo vigilancia municipal. El resto, multado y retirado.
  • Madrid: en la capital española, el «trapito» directamente no existe. El estacionamiento en la vía pública es de gestión municipal, con controladores oficiales, parquímetros y apps. Cualquier cobro informal es perseguido como extorsión.
  • Santiago de Chile: en varios municipios, se creó el «estacionamiento tarifado» con operadores privados bajo regulación. Quien cobre sin autorización se enfrenta a penas efectivas, no a tibias advertencias.

Palermo, joya de la ciudad, rehén de la desidia

Palermo no merece ser rehén de una economía paralela que funciona al margen de toda ley.
No es progresismo tolerar que vecinos y turistas se vean obligados a pagar «protección» para que su auto no termine rayado.
No es inclusión hacer la vista gorda ante el delito menor que mañana será el delito mayor.

Ordenar no es reprimir. Ordenar es respetar al que cumple, proteger al que trabaja honestamente y poner límite al que hace del abuso su modo de vida.

¿Hasta cuándo vamos a aceptar que esto es “lo normal”?

¿No es hora ya de mirar a las ciudades que se animaron a cambiar de verdad?
¿O vamos a seguir dejando que unos pocos hagan de la calle su feudo privado?

La historia de Palermo —y de toda Buenos Aires— merece escribirse de otra manera.