Parque Patricios: evacuaciones, derrumbes y abandono — cuando el Estado llega tarde y la gente paga el precio
La escena se repite como un déjà vu que ya no sorprende, pero duele: vecinos en la vereda, bolsas apiladas, caras largas, incertidumbre. Esta vez ocurrió en el complejo Estación Buenos Aires, en Parque Patricios, donde familias que recién habían vuelto a sus casas fueron nuevamente evacuadas por riesgo estructural. ¿El detonante? Una ventana que se dobló hacia adentro como si el edificio fuera de cartón. Pero el problema, claramente, es mucho más profundo que un vidrio roto.
Apenas cinco días después de que la Justicia habilitara el regreso, la realidad volvió a golpear. La tirantería metálica vencida, los antecedentes de derrumbe en el estacionamiento y la falta de garantías mínimas de seguridad terminaron forzando una nueva evacuación. Doce familias, otra vez afuera. Otra vez el desconcierto.
Pero acá no hay sorpresa. Hay sistema.
Porque cuando un edificio relativamente nuevo presenta fallas estructurales de este nivel, no estamos hablando de un accidente. Estamos hablando de controles que no existieron, de certificaciones que alguien firmó sin mirar —o mirando para otro lado— y de una cadena de responsabilidades que hoy, como siempre, se diluye en el aire.
La pregunta cae por su propio peso: ¿cómo se habilita una construcción así en la Ciudad de Buenos Aires?
Mientras tanto, la empresa constructora brilla por su ausencia. Silencio total. Ni explicaciones, ni responsables visibles, ni soluciones concretas. El manual clásico: ganar plata rápido, desaparecer más rápido todavía.
Y del otro lado, el Estado.
El Gobierno de la Ciudad, que suele mostrarse eficiente en renders y anuncios, llega siempre después del problema. Reconecta servicios, emite comunicados, enumera acciones. Pero lo esencial —controlar antes de que pase— nunca aparece. La prevención, en esta historia, es un lujo que nadie pagó.
La fiscalía, por su parte, parece moverse en cámara lenta. Levanta clausuras, habilita regresos y luego, cuando la realidad contradice los papeles, vuelve a foja cero. Una coreografía burocrática que no resiste el peso de una estructura mal hecha.
Y en el medio, los vecinos.
Que no solo perdieron la tranquilidad, sino también la confianza. Porque cuando volvieron a sus departamentos, muchos encontraron puertas forzadas, objetos faltantes, desorden. Es decir: no solo hay riesgo de derrumbe, también hay sensación de abandono total.
Uno de ellos lo resumió sin vueltas: no fue un regreso, fue una acumulación de nuevas pérdidas.
Ahí está el núcleo del problema.
No es solo un edificio que se cae. Es un sistema que no sostiene. Una ciudad donde se construye rápido, se vende caro y se controla poco. Donde el negocio inmobiliario corre más rápido que la responsabilidad pública. Y donde, cuando todo falla, el costo lo pagan los mismos de siempre: los que confiaron.
Parque Patricios no es un caso aislado. Es un síntoma.
La Buenos Aires del marketing urbano, de los distritos “modernos”, de la innovación y el progreso, convive con estructuras que literalmente se doblan hacia adentro. Como esa ventana. Como una metáfora demasiado evidente.
Entonces, la pregunta final no es técnica. Es política.
¿Quién se hace cargo cuando la ciudad deja de ser habitable?
