Schólem Aléijem

Schólem Aléijem sonríe en el Jardín de los Poetas

Palermo, sin tiempo ni olvido: Schólem Aléijem sonríe en el Jardín de los Poetas

Un busto observa en silencio entre los rosales del Rosedal. No lleva fecha ni reclama homenajes. Es Schólem Aléijem, retratado por las manos del escultor entrerriano Israel Hoffmann, entre las sombras nobles del Jardín de los Poetas, ese rincón donde la literatura respira bajo la brisa de los lagos.

En ese paseo, donde Alfonsina Storni, Borges y José Martí comparten eternidad, un rostro de cobre vuelve a decir que la memoria no desaparece. La figura del escritor judío se alza entre laureles y jazmines, como si de sus labios brotara aún una carcajada, una historia contada al oído, una pregunta retórica al destino.

El busto, obra de Hoffmann y donado por su hijo César, ocupa un lugar junto a los grandes. No hay inscripción que encierre su legado. La escultura habla sola, como sus personajes, como Tevieh el lechero o Menajem Mendl, que cruzan generaciones sin moverse del papel. Humor, ternura y resistencia se funden en sus ojos de bronce.

Schólem Aléijem no forma parte de una moda ni de una consigna. Su lengua —el idish— no figura en rankings, pero vibra en los patios de Villa Crespo, en los clubes de Paternal, en los cuentos que abuelos narran entre empanadas de kipes y rulos. Con él no se llora en silencio: se ríe con lágrimas. «Mientras un ojo llora, el otro ríe», susurra su filosofía.

En las comunidades judías de Buenos Aires, su nombre aparece en escuelas, clubes, bibliotecas. En Córdoba y Gascón, la plazoleta que lo honra guarda la misma calma que este busto escondido entre las flores. El arte de Hoffmann no copia ni embellece: revela. Como sus obras dispersas en plazas del país, no pide atención, pero la merece.

El busto no se alza como monumento grandilocuente. No necesita altura, sino cercanía. Su sonrisa irónica invita al paseante a detenerse. No reclama solemnidad: apenas sugiere que recordar puede ser, también, un acto de alegría.

Las manos que colocan flores, los chicos que corren entre los bancos, las parejas que se toman una selfie, todos forman parte de esa obra sin telón. Porque Schólem Aléijem no pertenece al pasado: vive donde hay humanidad narrada con compasión, donde las penas encuentran consuelo en el relato bien dicho.

Palermo no lo encierra, lo libera. El Rosedal no lo congela, lo multiplica.