La casta política vuelve a brindar con vino caro en restaurantes de lujo. En pleno ajuste salvaje, los senadores se autopremian con un aumento escandaloso y sin debate.
Mientras jubilados escarban descuentos en el supermercado y laburantes cambian carne por arroz, los senadores de la Nación acaban de darse un gusto digno de reyes: desde junio, embolsarán más de $9.500.000 mensuales. Una cifra que insulta al que madruga, al que ahorra para llegar, al que dejó de comer asado porque no le da. Pero ellos sí. Ellos, nuestros «representantes», cenan en parrillas boutique de Puerto Madero, eligen vinos de $80.000 y brindan por una Argentina a la que ya no pertenecen.
Una suba que se activa sola: sin debate, sin freno y sin vergüenza
El nuevo aumento no se discutió en sesión ni se votó con nombres y apellidos. Se activó como un reloj suizo gracias a una cláusula que ellos mismos aprobaron a mano alzada en abril de 2024: sus sueldos están atados a las paritarias del personal legislativo, es decir, si suben los sueldos del Congreso, suben también sus dietas. Simple, automático y cínico.
Esta vez, el aumento proviene de una recomposición del 1,3% para los meses de marzo, abril y mayo. Firmaron el acuerdo los presidentes de ambas Cámaras, Martín Menem y Victoria Villarruel, mientras afuera se multiplican los comedores populares y la clase media se convierte en leyenda.
Villarruel: de frenar el aumento a firmarlo con ganas
La vicepresidenta Victoria Villarruel quiso frenar la suba, al menos en público. En diciembre amagó con congelar las dietas todo 2025. Pero como suele pasar en la política criolla, el gesto no duró ni lo que tarda en servirse un plato en Happening. Pese a sus intentos, el decreto se cayó en abril por falta de voluntad de los bloques —ni siquiera los libertarios, ni el PRO, ni los radicales quisieron sostener el «congelamiento»—. Resultado: se activó el enganche paritario y el aumento cayó como langosta sobre bandeja de plata.
Grabois sin filtro: “Son unos hijos de puta”
Las redes estallaron de bronca. El dirigente social Juan Grabois no se anduvo con vueltas: “Con honrosas excepciones, son unos hijos de puta que solo se preocupan por reproducir, retener y ampliar sus privilegios”. El dirigente del MTE no se quedó ahí. Habló de “valijas” que circulan en el Congreso y denunció que varios senadores se dejan comprar por el Ejecutivo para votar a favor de Milei. “El fijo es de 9,5 palos y el variable depende de lo que entra por abajo de la mesa”, tiró, con brutal precisión.
¿Ajuste para quién, che?
Mientras el gobierno de Milei grita «hay que achicar el Estado», los senadores se aumentan la dieta sin levantar la mano. Los mismos que votan leyes de ajuste, que recortan presupuesto universitario, que se callan cuando se cierra un hospital o se retrasa una jubilación, hoy festejan su enganche paritario como si no vivieran en la Argentina real.
La paradoja es brutal: la política que pide sacrificio al pueblo se da todos los lujos. En un país donde la pobreza supera el 50%, los niños se desmayan por hambre en las escuelas y los alquileres son impagables, los representantes del pueblo se premian con cifras que ni un CEO de Wall Street podría justificar.
¿Y la república? Bien, gracias
La ley que permitió este aumento automático fue aprobada sin debate público, sin presencia de periodistas, sin que nadie tuviera que dar la cara. El Congreso argentino funciona como un club privado, donde los mozos llevan dietas en bandejas y los ajustes siempre son para los de abajo.
Mientras tanto, los senadores almuerzan en La Brigada, cenan en Osaka, y mandan la cuenta al pueblo. Visten trajes de 3.000 dólares y usan relojes más caros que el auto de un colectivero. Su única angustia es decidir si se van de vacaciones a Ibiza o a Punta Cana.
