Un poeta camina por las calles de Buenos Aires.

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El hombre crea historias, las ve mientras camina por las calles, mientras toma un café. Imagina, además, situaciones. Desde Buenos Aires piensa en el lecho de una mujer hermosa que durmió con él en La Coruña, una noche donde el puerto y los abrazos se forjaron en el aire, en el vuelo de las gaviotas. Mira, tamibén, el lecho de una mujer de Betanzos, un lecho bello, despejado, insurrecto. Esa mujer ahora vive en Marruecos o en Lisboa. Ya no recuerda. Eran jóvenes y ella aún no se había casado.

En la mesa que está al costado de la ventana un señor canoso, de aspecto atildado -camisa blanca y corbata bordó- habla con una mujer de unos cincuenta años. El hombre tiene aspecto de abogado o escribano antiguo. El hombre vocaliza fuerte. En este momento atiende su celular y, naturalmente, alza la voz. Digo naturalmente porque la gente grita, nada más que por eso. Atiende el celular y vocifera. La mujer mira con interés la cartera de una señora que pasa por la vereda. Yo, desde mi lugar, miro con interés sus glúteos. Sólidos, sobre la silla del bar. A punto.

– Sí, sí, después te llamo o nos vemos. No pude, estoy con muchas cosas… O pasá a buscarme por el ministerio, no te preocupes. todo anda bien, todo en orden, todo OK. En el mundo hay corrupción…o te crees que sólo nosotros la tenemos. En el mundo hay desastres, fijate en Japón, en Italia. Y mirá la desocupación de España, en los líos del Rey, fijate en las guerras de los yanquis…aquí tenemos pavadas. No vas a comparar, no vas a comparar… el Riachuelo es una cosa y Tokio otra. Hay que saber ver. Lo mismo con las escuelas, la educación, la salud. Es culpa de los medios, lo confunden todo. Y de los medicamentos o los laboratorios ¿qué me decís? Quedate tranquilo, piola en el molde. Conozco al juez y conozco al comisario de la zona. Eso se arregla con poco, no es grave. Venime a ver que mientras tanto te voy buscando una solución…saludos a la flaca y a los chicos. Y no te dejes engañar, chichipío.

El señor sonríe y vuelve a buscar los ojos de la mujer, que sonríe. Ambos parecen ser empleados de algún organismo oficial, ser parte de la burocracia. Deben tener una buena categoría, un buen ingreso. El gusto de la señora no es el más elegante ni discreto pero es de calidad. El hombre parece tener un color bronceado que no condice con la estación. Un triunfador, pienso. Y dejo la propina del café sobre la bandejita de plástico con una publicidad ambigua. Una tarjeta de crédito, digo. Y pienso en los bancos, en los cacerolazos, en los muertos, en las Malvinas, en la Fragata Libertad, en el dólar que sube y que sube, en los bombos, en las promesas, en los jubilados, el los militares, en los economistas, en los políticos, en la Iglesia, en los violadores, en Isarel, en Irán, en la educación laica y en la libre, en el cuaderno de clases de la escuela primaria con la foto de un militar que hacía todo. Y que debía amar como a mamá y a papá. Eso decía la señorita Susana. Recuerdo, señora Susana Rodríguez de Madurga.
Mientras camino por la plaza Rodríguez Peña e intento reconstruir lo que fue, pienso. Pienso: lo que es visible se lo ignora. O se lo modifica, no se lo interpreta. Por ignorancia, por imbecilidad, por mala fe. Intereses económicos, industrias. En breve, un planeta desértico y sin agua, poblado de gente, con fricciones desoladoras. Está allí, a la vista de todos. Sin dramatismo, sin visiones apocalípticas. Nuestros pueblos llevan un chovinismo que nos da escalofrío. Masas de seres ciegos, sordos, necios y patrioteros. Imaginan la bandera – la más bella, heroica, generosa – como símbolo de una patria o nación, un himno como algo que nos unifica y nos hace sensatos, justos, inmortales. Y un equipo de fútbol donde lo circular rompe categorías, clases sociales, injusticias. El mundo hipócrita continúa con sus bombos y platillos. Estimado lector, no soy un poeta de la devastación. En verdad, debo confesarlo, no sé quienes son mis lectores. Espero que tengan el espíritu abierto y puedan comprender.

Ahora estoy leyendo unos carteles por las calles. Hay de todo. Corrientes se volvió sucia, como el resto de la ciudad. Es imposible tenerla limpia, el hombre común no lo es. En Correintes hay más pizzerias que librerías, hay más caca de perro y drogadictos que estudiantes de izquierda. En la casa de departamentos donde vivo sólo dos o tres se preocupan por el edificio, por la pintura. Sólo miran las expensas. Una sola referencia. Así de simple. Por supuesto hay muchachos o personas que buscan vivir otra realidad. Les cuesta y además son los menos. Pienso: la belleza, la elegancia y la inteligencia han desaparecido. Advertimos que la irracionalidad en consignas, discursos o publicidades favorece esa fascinación ideológica de la decadencia, del fascismo si se quiere. El hecho no es nuevo, temores y resentimientos que la intelectualidad no suele tener en cuenta, que no quiere ver o no desea ver. De todas maneras el intelectual ya no interesa para nada. Ni aquí ni en la China. Se representa una comedia en una mistificación nacional, en ella entran sofismas e innegables realidades. Se huele a muerte, a violencia, a estupro, a desvergüenza. (Menos mal que Máxima será reina, menos mal).Y el precio que se pagará en breve por todo esto que venimos arrastrando será otra vez astronómico. La ficción colectiva, las maniobras etiquetadas, las contradicciones groseras, se transforman en algo cotidiano. Tan visible que no llegamos a percibirlo. Esta cayendo la tarde, se nos fue el día. Buenas noches.

Carlos Penelas
Buenos Aires, febrero de 2013 reeditado 2019.

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