En una pequeña ciudad del interior, donde los inviernos son largos y las diferencias sociales se sienten más que en los discursos, un nuevo integrante del consejo interreligioso local fue invitado a participar en un proyecto de renovación del refugio para personas sin hogar. Al llegar, fue recibido con una calidez inesperada por la directora del espacio: una mujer de fe y acción, curtida en la trinchera del trabajo social.
El plan era sencillo pero simbólico: colocar frases inspiradoras en la entrada del refugio. Citas con raíces bíblicas, que hablaran al corazón de quien entrara. El recién llegado, con entusiasmo, propuso varios versículos enfocados en “el necesitado”, “el hambriento”, “el pobre”. Pero su entusiasmo chocó con una lección que lo marcaría para siempre.
La directora lo escuchó con respeto y luego, con la delicadeza de quien sabe más por lo vivido que por lo leído, le explicó que las palabras importan. Que en un refugio, donde confluyen historias quebradas pero también esperanzas en pie, hablar de “necesitados” puede ser una etiqueta cruel. Porque nadie es para siempre lo que hoy parece. Porque el hambre y el desamparo son condiciones, no identidades. Y porque el lenguaje puede sanar o puede hundir.
En ese lugar, quienes dormían bajo techo no eran “indigentes”, eran “huéspedes”. Los voluntarios no eran “caritativos”, eran compañeros. Y la comunidad, en su sentido más hondo, se construía con palabras que no estigmatizaran, sino que unieran.
La reflexión se profundizó con una cita que finalmente fue elegida y colocada en la entrada del refugio: “Bendito serás en tu entrada, y bendito serás en tu salida.” Una frase que no distingue al que da del que recibe, al que llega del que se va. Porque en definitiva, todos cruzamos puertas en esta vida, y la dignidad no debería depender del lado en que estemos.
La historia fue rescatada por el propio protagonista años después, como testimonio de cómo una corrección, lejos de ser una crítica, puede ser una revelación. Y cómo las ideas de justicia, fraternidad y compasión deben trascender lo simbólico para hacerse carne en el trato cotidiano.
En un mundo donde las etiquetas abundan y la empatía escasea, la lección del refugio invita a pensar: ¿qué otras palabras usamos sin pensar, que perpetúan distancias? ¿Cómo podemos, desde el lenguaje, empezar a tejer una sociedad más justa?
