Era una escena grotesca y trágica: un presidente argentino, enfundado en una réplica del uniforme de los Granaderos a Caballo del General José de San Martín, declarando con una sonrisa autoparódica su amor por Margaret Thatcher, la misma que ordenó matar a nuestros soldados en las Islas Malvinas. El colmo del absurdo, el desfile del cinismo. Un disfraz sin dignidad, una performance de YouTube con bandera argentina mal puesta.
Granaderos: sangre, lanza y gloria
Los Granaderos a Caballo no son un meme con espuelas ni una estampa para postales turísticas. Son el símbolo viviente de la gesta sanmartiniana. Fundado en 1812 por el propio Libertador, este regimiento fue el brazo armado de una epopeya: cruzó Los Andes, liberó Chile y Perú, y dejó jirones de patria en cada zanjón.
Su uniforme no es una prenda de desfile: es sudor, sangre y coraje hilvanado. El casco de cuero negro con penacho rojo, la chaqueta azul con solapas rojas, el pantalón blanco, las botas negras hasta la rodilla, no están hechos para posar: están hechos para resistir. Representan un juramento a la historia. No son un disfraz de cosplay liberal.
El show libertario: de Thatcher a la ridiculez
Javier Milei —ese bufón devenido presidente— decidió vestirse de Granadero. No para homenajear a San Martín, sino para ensayar una farsa identitaria mientras sigue vendiendo soberanía por migajas. La paradoja es letal: el mismo que defiende a Margaret Thatcher, responsable política del hundimiento del ARA General Belgrano y de la muerte de 323 argentinos, se disfraza con el uniforme de quienes murieron por la independencia.
Es como si un carnicero hiciera un documental sobre el veganismo. Como si un CEO de Monsanto plantara una huerta orgánica. Como si un fan de Ricardo López Murphy liderara una murga del Che Guevara.
Milei, en su afán de espectáculo, confunde el rito con el show, la memoria con el márketing, la historia con Instagram.
Thatcher: ¿madre espiritual del libertarismo criollo?
Para entender la magnitud del disparate, hay que recordar que Thatcher fue la jefa política del Imperio Británico en los años 80. La enemiga directa de todo lo que San Martín soñó. Fue ella quien despreció los intentos diplomáticos, bombardeó nuestras tropas, y luego negó la existencia de tortura a prisioneros de guerra. No sólo es una enemiga del nacionalismo argentino, sino del humanismo más básico.
Milei, sin embargo, la admira. Le dedica gestos, frases, guiños. Le rinde culto como si fuera una popstar. La cita como faro económico, como si su modelo —privatizador, imperialista, financiero— pudiera transplantarse sin consecuencias a esta tierra herida. El colonizado con delirios de libertador.
Patricios y Granaderos: un legado que no se disfraza
En la otra punta de la realidad están ellos: los verdaderos.
Los Patricios, milicia criolla formada en 1806 para resistir las Invasiones Inglesas, fueron los primeros en decirle “no” al imperio. Mientras los ingleses intentaban colonizar con mosquetes y banderas, los patricios lo impedían con coraje barrial, con alma de esquina y sable bien afilado.
Y los Granaderos, fundados seis años después, fueron los que llevaron esa resistencia a la epopeya continental. Ellos no tuiteaban su coraje, no pedían «likes»: daban la vida por una patria todavía sin forma.
Comparar esa entrega con la payasada de un presidente que besa la bota imperial mientras agita la bandera nacional, es una falta de respeto a la historia. Una violación simbólica al espíritu de Belgrano, de Güemes, de San Martín.
¿Quién se disfraza de qué?
La Argentina de hoy parece vivir en un carnaval distorsionado.
Los verdaderos patriotas son los jubilados que hacen cola para cobrar una pensión miserable. Los verdaderos granaderos son los pibes que laburan de sol a sol, que estudian sin beca, que cuidan la bandera sin presupuesto.
Milei, con su fetiche británico y su cosplay libertario, se convierte en el actor principal de un teatro decadente donde el show reemplaza a la gestión, la ideología reemplaza al sentido común, y la historia es apenas utilería para reels y TikToks.
Conclusión: ¿dónde queda la patria?
La patria no está en el saco azul con charreteras doradas.
No está en las puestas en escena del balcón ni en los discursos histriónicos.
Está en los cuerpos que cayeron en San Lorenzo, en Chacabuco, en Malvinas.
Está en la memoria de quienes no se disfrazaron, sino que vivieron y murieron con honor.
¿Hasta cuándo permitiremos que se travista de prócer quien rinde culto al enemigo?
¿Dónde queda nuestra dignidad si la historia se convierte en un acto de stand-up?
