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Una sola preocupación: el consumo no arranca

La porcelana que se rompió: el Gobierno levanta aranceles mientras la industria pide auxilio y pierde empleos

En una escena que ya no sorprende pero sigue doliendo, el Gobierno decidió suspender los aranceles a la importación de aisladores eléctricos tras el cierre del único fabricante nacional. La medida busca evitar un problema inmediato en el sistema energético, pero deja al descubierto algo más profundo: la industria argentina no solo retrocede, sino que empieza a hablar en voz alta.

Y cuando la industria habla, es porque el agua ya le llegó al cuello.

La decisión fue formalizada mediante la Resolución 345/2026 del Ministerio de Economía. El argumento es técnico y difícil de discutir: sin producción local, mantener aranceles es un sinsentido que puede poner en riesgo la red eléctrica. Pero el dato clave no está en la resolución, sino en lo que ocurrió antes: la empresa FAPA, que representaba el 100% de la producción nacional de aisladores, cerró definitivamente y liquidó sus máquinas.

No hay reconversión. No hay transición. Hay vacío.

El problema no es la importación: es haber llegado a esto

El Gobierno abre las importaciones porque no tiene otra opción. Pero la pregunta incómoda es cómo se llegó a ese punto. Porque una industria no desaparece de un día para el otro.

Se apaga de a poco. Primero baja producción. Después pierde mercado. Luego ajusta personal. Y finalmente, cierra.

Ese proceso hoy ya no es una excepción. Es una tendencia.

La propia Unión Industrial Argentina (UIA) salió a advertir que el sector productivo atraviesa una contracción sostenida, con caída de la producción, pérdida de empleo y un mercado interno que no reacciona.

Los números son claros y no necesitan interpretación:

  • La producción manufacturera cayó un 3,2% interanual en enero.
  • Se perdieron 5.302 empleos industriales solo en diciembre.
  • En todo 2025, el sector acumuló una caída de 38.971 puestos de trabajo.
  • Más de la mitad de las PyMIs reportaron baja en producción y ventas.

No es un mal mes. Es una tendencia.

Tres velocidades y una sola preocupación: el consumo no arranca

La UIA describió el escenario con una frase que pinta bien el momento: la industria se mueve a “tres velocidades”.

Por un lado, sectores que crecen impulsados por el agro y la energía. Por otro, sectores que sobreviven. Y finalmente, los que caen fuerte, golpeados por la retracción del consumo.

Ahí está el corazón del problema.

Porque mientras algunos sectores exportadores encuentran aire, el mercado interno —históricamente el motor de la industria— está frenado. Y sin consumo, no hay producción que aguante.

La entidad fue directa en su pedido: hace falta crédito más accesible, tasas más bajas y políticas que reactiven la demanda. En otras palabras, hace falta que la gente vuelva a comprar.

Pero en una economía donde el salario pierde contra los precios, pedir consumo es como pedirle a un motor fundido que acelere.

Competir con el mundo… pero con qué reglas

Otro punto que dejó flotando la UIA es la competitividad. Porque mientras el Gobierno abre importaciones —como en el caso de los aisladores— las empresas locales quedan frente a productos extranjeros muchas veces más baratos.

Y ahí aparece la discusión de fondo.

No se trata solo de eficiencia. Se trata de contexto. De costos laborales, presión impositiva, acceso al crédito, escala productiva. Competir con China o Brasil no es lo mismo que competir entre PyMEs de barrio.

El discurso de “adaptarse o desaparecer” suena contundente, pero en la práctica muchas veces significa lo segundo.

El péndulo argentino: de proteger a abrir, sin escalas

Durante diez años, el Estado protegió la industria de aisladores con aranceles. Hoy los elimina porque la industria ya no existe.

Ese es el péndulo argentino en su máxima expresión.

Ni la protección logró consolidar una industria fuerte, ni la apertura garantiza desarrollo. Se pasa de un extremo al otro sin construir una base sólida en el medio.

Y en ese vaivén, lo que se pierde no son solo empresas. Son empleos, conocimiento técnico, cadenas productivas.

Son años.

Palermo no fabrica aisladores, pero siente el golpe

Puede parecer una discusión lejana para el que está en Palermo tomando un café o laburando remoto. Pero no lo es.

Porque cuando la industria cae, el impacto baja en cascada: menos empleo, menos consumo, más presión sobre precios y servicios. La economía real no se ve en gráficos, se siente en el bolsillo.

Y el bolsillo hoy está flaco.

Una decisión lógica en un contexto que no lo es

Suspender los aranceles es, en este caso, una decisión lógica. No hacerlo hubiera sido irresponsable. Pero que sea necesaria ya es, en sí mismo, un problema.

El Gobierno actúa sobre la urgencia. La industria reclama por la estructura.

Y en el medio, la economía argentina sigue caminando sobre una cuerda floja, donde cada decisión correcta llega después de un problema que podría haberse evitado.

El fondo de la cuestión

Lo que deja esta historia no es solo una medida económica. Es una señal.

Cuando la única respuesta posible es importar porque ya no hay producción local, el problema no es comercial. Es estructural.

Y cuando la industria empieza a perder empleo de manera sostenida, el problema deja de ser sectorial. Se vuelve social.

Palermo Online observa. El periodista acusa. La industria advierte. El Gobierno ejecuta.

Y la pregunta queda flotando, incómoda como pocas:

¿Estamos frente a un ajuste necesario… o ante el desmantelamiento silencioso de lo poco que queda en pie?

Los lectores tienen la palabra. Escríbanos a lectores@palermonline.com.ar y sean parte del debate.