En tiempos de crisis social, caída del empleo y angustia cotidiana, el peronismo vuelve a mirarse al espejo. La reunión entre Miguel Ángel Pichetto y Cristina Fernández de Kirchner, el llamado a la unidad de Guillermo Moreno, la presencia del “Gringo” Castro, los movimientos de Axel Kicillof y otros dirigentes del campo nacional reabrieron un debate que ya no puede postergarse: ¿está el peronismo a la altura del momento histórico que atraviesa el pueblo argentino?
No se trata de una discusión menor ni de una foto más. Se trata de algo más profundo: la reconstrucción de un movimiento que nació para defender a los trabajadores y que hoy enfrenta una ofensiva económica que golpea salarios, jubilaciones e industria nacional.
La base está hablando
En los barrios, en los sindicatos, en las unidades básicas, el mensaje es claro. La militancia está cansada de las internas interminables, de los personalismos y de los cálculos electorales que no priorizan al pueblo. El trabajador peronista no quiere ver a sus dirigentes especulando mientras el poder adquisitivo se deteriora y el empleo formal retrocede.
El peronismo no puede ser solo una fuerza de oposición testimonial. Nació para gobernar, para organizar la comunidad y para garantizar derechos. Cuando pierde esa vocación de poder, pierde también su razón de ser.
El llamado a “perdonarse” que surgió en los últimos encuentros es un gesto necesario, pero no suficiente. La unidad no puede ser un acuerdo de cúpulas; debe ser un compromiso programático con el trabajo, la producción y la justicia social.
Doctrina, no capricho
El peronismo tiene una tradición doctrinaria clara: independencia económica, soberanía política y justicia social. No puede diluirse en disputas personales ni en nostalgias del pasado. Tampoco puede ignorar que una nueva generación de trabajadores y trabajadoras exige conducción firme, claridad ideológica y coherencia política.
Axel Kicillof, los gobernadores, los intendentes, los dirigentes sindicales y los referentes históricos tienen una responsabilidad compartida: interpretar el tiempo histórico. La sociedad no espera discursos grandilocuentes sino organización, conducción y proyecto.
Si el movimiento se fragmenta, si continúa la lógica de los bloques enfrentados, el riesgo es quedar reducido a un espacio testimonial mientras otros definen el rumbo económico del país.
Renovación con raíces
La renovación no implica romper con la historia, sino actualizarla. Las nuevas generaciones deben asumir responsabilidades, pero sobre la base de la doctrina y el compromiso con el pueblo trabajador. No se trata de reemplazar nombres por nombres, sino de recuperar la mística de gobierno.
El peronismo supo reinventarse en momentos críticos. Lo hizo después del ’55, lo hizo tras la dictadura, lo hizo en la crisis del 2001. Cada vez que entendió que el adversario no estaba adentro sino afuera, logró reconstruirse.
Hoy el desafío es similar: dejar atrás rencillas, ordenar el movimiento y presentar una propuesta clara para quienes viven de su trabajo.
Una advertencia fraterna
El pueblo peronista no quiere más rabietas. Quiere conducción. Quiere dirigentes que se pongan al frente del conflicto social, no que administren derrotas. Quiere unidad con convicción, no por conveniencia.
Porque la historia enseña que cuando el movimiento se divide, los que sufren son los trabajadores. Y cuando se une con claridad y proyecto, vuelve a ser mayoría.
La advertencia no es nueva. Ya la escribió José Hernández en el Martín Fierro, y sigue vigente para cualquier fuerza popular que aspire a transformar la realidad:
“Los hermanos sean unidos,
esa es la ley primera;
porque si entre ellos se pelean,
los devoran los de afuera.”
El mensaje es simple y contundente. El tiempo de las diferencias personales ya pasó. Es hora de unidad, conducción y compromiso real con el pueblo trabajador.
