El cine que nació en VHS y nunca pidió permiso
En el marco del BAFICI, una de las apuestas más interesantes de esta edición no viene del futuro sino del pasado. O mejor dicho: de ese pasado que todavía late, incómodo, artesanal y profundamente honesto. Se trata del foco dedicado a Liliana Paolinelli, una figura clave del cine argentino contemporáneo que ahora se revisita desde sus primeros pasos, cuando filmar era casi un acto de resistencia.
El ciclo reúne un largometraje, cinco mediometrajes y seis cortometrajes inéditos realizados entre 1989 y 2003 en formato Súper VHS. Sí, VHS. Esa tecnología que hoy parece un fósil fue, en su momento, la única herramienta disponible para una generación que quería hacer cine sin pedir permiso ni esperar subsidios.
Antes de que el cine independiente tuviera nombre
Lo que propone este foco no es solo una retrospectiva: es casi una excavación arqueológica del llamado Nuevo Cine Argentino antes de que siquiera existiera como etiqueta. Como bien señala el catálogo del festival, estamos frente a una “Paolinelli antes de todo”, una cineasta que ya estaba filmando con identidad propia cuando el sistema todavía no sabía cómo nombrar lo que estaba pasando.
En Córdoba, lejos del centralismo porteño, Paolinelli y un grupo de cómplices —entre ellos nombres como Ada Frontini, Santiago Loza o Israel Adrián Caetano— construyeron una forma de hacer cine que no dependía de la industria. Era cine hecho con lo que había: cámaras domésticas, edición manual, proyecciones en espacios culturales y una convicción casi obstinada de contar historias.
El video como campo de batalla
La propia directora lo explica sin vueltas: en los años 90, el video no era una elección estética sino una limitación técnica. Pero ahí está el punto interesante. Mientras algunos defendían el video como un lenguaje propio, Paolinelli lo usaba como puente hacia el cine. No quería hacer videoarte; quería narrar.
Ese conflicto —entre formato y lenguaje, entre herramienta y ambición— hoy parece superado, pero en ese momento era una discusión central. Y en ese ruido, en esa fricción, se forjó una obra que hoy se vuelve imprescindible para entender cómo evolucionó el cine argentino.
Programación: un mapa de una obra en construcción
El foco está organizado en cuatro programas que recorren distintas etapas de su producción:
- Programa 1 incluye Verdad o consecuencia, junto a piezas más breves como Ella y Ateneo.
- Programa 2 presenta trabajos como Tener o no tener y Los días de la regla, donde ya aparece una voz más definida.
- Programa 3 suma títulos como Motín y Los pasos en la habitación, con una narrativa más sólida y arriesgada.
- Programa 4 cierra con obras como El circo y La flor de la vida, donde se percibe una madurez estética en plena gestación.
Las funciones se reparten entre salas clave del circuito cultural porteño como Cinépolis Recoleta y el Cine Arte Cacodelphia, manteniendo ese espíritu de cine cercano, casi de culto.
Un encuentro para entender el proceso
El ciclo se completa con una charla abierta en el Teatro San Martín, donde Paolinelli estará acompañada por actores, técnicos y colaboradores de su recorrido. No es un detalle menor: su cine no se entiende sin ese colectivo de trabajo que la acompañó desde el inicio.
El valor de lo imperfecto
Hay algo profundamente actual en este rescate. En una época donde todo parece filtrado, corregido y optimizado, estas películas recuerdan que el cine también puede ser error, búsqueda, ensayo. Que la precariedad no siempre es una debilidad; a veces es el lugar donde nace la identidad.
Y ahí está la clave: Paolinelli no esperó las condiciones ideales. Filmó igual. Con lo que había. Cuando nadie miraba.
Palermo, Corrientes y el eco de lo independiente
Para el circuito cultural de Palermo y el eje de la avenida Corrientes, este tipo de propuestas no son solo programación: son memoria viva. Son recordatorios de que el cine argentino no nació en plataformas ni en grandes productoras, sino en espacios chicos, con gente que tenía más ganas que recursos.
Y en esa lógica, este foco no es solo un homenaje. Es una advertencia elegante: el verdadero cine no necesita permiso. Solo necesita alguien dispuesto a hacerlo.
