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Caída sin red: la imagen de Milei entra en zona de alerta

Caída sin red: la imagen de Milei entra en zona de alerta y expone el desgaste del poder

En marzo de 2026, la figura del presidente Javier Milei volvió a mostrar un retroceso que ya no puede leerse como ruido estadístico ni como una simple oscilación coyuntural. Los números empiezan a contar otra historia: la de un gobierno que pierde aire en tiempo real.

Según el relevamiento regional de la consultora CB Global Data, la imagen positiva del mandatario cayó 4,5 puntos en un solo mes, pasando de 46,8% a 42,3%. La baja no solo es significativa en términos absolutos, sino que además lo posiciona como el presidente con peor evolución del período entre 18 líderes latinoamericanos. Traducido al lenguaje político: es el que más rápido se está desgastando.

El dato no llega solo. El 55,6% de los encuestados evalúa negativamente su gestión, y dentro de ese universo, un 43,8% la considera directamente “muy mala”. Es decir, el rechazo no es tibio: es duro, visceral y cada vez más extendido.

El estudio, realizado entre el 10 y el 15 de marzo con más de 2.500 casos en Argentina y más de 40.000 en la región, ubica a Milei en el puesto 11 del ranking. Un lugar incómodo, en el pelotón de los mandatarios “regulares”, lejos del liderazgo que supo capitalizar en el inicio de su gestión.

Mientras tanto, en la otra punta del tablero, la mexicana Claudia Sheinbaum lidera con 72,3% de imagen positiva, seguida de Nayib Bukele con 71,8% y Luis Abinader con 58,7%. Tres estilos distintos, pero un punto en común: hoy logran sostener respaldo social donde Milei empieza a perderlo.

La pregunta que flota —y que en la calle ya no se formula en voz baja— es por qué cae. Y ahí aparece la dimensión más incómoda del asunto.

Porque el Gobierno parece haber quedado atrapado en su propia narrativa. La lógica de confrontación permanente, la idea de que toda crítica es una conspiración y que todo actor disidente es un enemigo, empieza a mostrar límites concretos. Cuando la realidad aprieta —inflación persistente, caída del consumo, deterioro del poder adquisitivo— el relato deja de ser suficiente.

No es solo un problema de comunicación. Es un problema de gestión.

El dato más crudo, el que atraviesa cualquier análisis, es que la desaprobación ya no es marginal ni sectorial: es mayoritaria. Y cuando eso sucede, el poder entra en una zona delicada. Porque gobernar sin respaldo social es como caminar sobre hielo fino: no sabés en qué momento se quiebra.

En ese contexto, la caída de Milei no parece un episodio aislado, sino el síntoma de algo más profundo: una desconexión creciente entre el proyecto político y la vida cotidiana de los argentinos.

La historia argentina ya mostró varias veces cómo termina este tipo de procesos. Gobiernos que arrancan con épica, con promesas de ruptura, con discursos incendiarios… y que, con el paso de los meses, se enfrentan a una verdad más simple y más brutal: la economía no se domestica con slogans.

Hoy los números empiezan a hablar. Y cuando los números hablan, la política escucha… tarde o temprano.

La incógnita ya no es si la imagen de Milei está cayendo. Eso está pasando.

La verdadera pregunta es otra:
¿hasta dónde puede caer antes de que el propio sistema empiece a pasarle factura?