«Coronavirus en clave eutanásica» Eduardo Sanguinetti, filósofo, poeta y performer.

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«Coronavirus en clave de igualdad»
Eduardo Sanguinetti, filósofo, poeta y performer
Fragmentos de «Morbi Dei» (Ed. Corregidor, Bs. As. ISBN: 950-05-0399, 1985)

No hay posibilidad de comprender nada, sin asimilarse al condicionamiento fantasmagórico de los medios de información falaz y su relación con los muertos, las víctimas, los desaparecidos que conforman bajo presión el imaginario social. Hoy se navega con soltura en una vida vacua, frívola, jamás comprometida con la libertad en su concepción original, devaluando la verdad y el deber ser.

Se le escapa a este tiempo sin tiempo, actitudes plenas de dignidad y ética, en temple y conocimiento, en austeridad, coherencia en la acción y fidelidad a uno mismo siempre… un instante de verdad equivale a la eternidad. Es la eternidad en un instante, enfrentada al instante mercantil descartable, desechable perentorio, que anuncia la condena de los más débiles a una muerte asegurada, ya sea por enfermedades instaladas o ejecución directa.

¡Estamos aquí, todos nosotros! “los condenados”, con un pasado que nunca cesa, un futuro que nunca empieza, un presente que nunca acaba. ¿Dónde está la seguridad? ¿Qué protección pueden inventar que no se haya imaginado ya? Es inútil pensar en la seguridad: no existe ni la más mínima.
No hay un lugar final donde retirarse… a no ser que nos quedemos quietos… inmóviles. Si llegamos a hacerlo, sin perder el equilibrio, sin dejarnos llevar por la embestida, puede ser que seamos capaces de controlarnos y de esa manera actuar.

Desde el momento de despertarnos por la mañana, hasta el momento de acostarnos, todo es una farsa, una vergüenza, una estafa, todo el mundo lo sabe y todo el mundo colabora con la perpetuación del fraude. Por eso es que quizás, nos parecemos tan desagradables unos a otros. Por eso es por lo que es tan fácil organizar una guerra o una cruzada contra el vacío…
Si todavía pudiéramos creer en un dios, lo convertiríamos en un dios de venganza. Pondríamos en su ser el trabajo de limpiar todo a fondo.

No queremos un mundo nuevo.
No merecemos un mundo nuevo.
Queremos poner fin al quilombo que hemos creado…

¿Es buena esta mañana entre todas las mañanas? Estoy perdiendo el poder de distinguir una mañana de otra. En los archivos está metido el mundo de los animales que se extinguieron con rapidez.

Temibles hombres orientales con zapatos de plomo y cráneos de vidrio traman el mundo de papel del mañana, un mundo totalmente hecho de deshechos.
Hoy todavía queda tiempo para asistir al entierro de los muertos recientes, mañana no habrá tiempo, puesto que los muertos serán dejados allí mismo donde caen y peor para aquel que derrame alguna lágrima.

Esta es una mañana tan confusa, que si fuera… no sería.
Toda nuestra vida se extiende en una ininterrumpida mañana, que arranca de la nada cada día. Un nuevo mundo está saliendo del huevo y a pesar de lo muy rápido que escriba, el viejo mundo no muere con suficiente rapidez… todos están alertas, la expansión del virus de la ignorancia, provoca una tensión delirante.
¿El presente? No hay tal presente. Hay un pasado y un futuro y el tiempo corre a través de ellos como una corriente eléctrica. El presente es una condición imaginaria, un estado de sueño: un Soluterionte.
Todos los límites se desvanecieron y el mundo se manifiesta como el matadero demencial que es. El aire es denso y estático. No hay indicación de salida en ninguna parte, no hay demasiadas alternativas. Naturalmente entonces, aprendes lo que a todos los sensibles del mundo descubren tarde o temprano: que no existe infierno preconcebido para la humanidad.
Hechizados por los ritos, olvidamos que éstos nacen de la realidad y que no difieren fundamentalmente de ninguna otra forma de creación, salvo en lo que se relaciona con la sensibilidad misma de la vida.

Seguimos construyendo un mundo abstracto y deshumanizado con las cenizas de un materialismo ilusorio. Nos queremos probar a nosotros mismos que el universo está vacío y con ello justificamos el vacío de nuestra propia lógica. Queremos a toda costa conquistar, y seremos conquistadores, pero nuestra conquista será la muerte.
La partida ha terminado, las piezas han desaparecido, las líneas se han borrado, el ajedrez se humedeció… todo se ha vuelto bárbaro.
Te sientas en medio de un río llamado Nostalgia. Un río lleno de recuerdos recogidos entre los restos del naufragio del mundo. Recuerdos de bandadas de pájaros fugitivos que construyeron una y otra vez nidos que fueron destruidos, cáscaras de huevo aplastadas, animales con el cuello retorcido y ojos muertos clavados en el espacio.

Un mundo de esperanzas mutiladas, de aspiraciones sofocadas. Un mundo en que hasta el cálido hálito de la vida tiene que transitar de contrabando, en que se cambia moneda, por un metro de espacio, por un poco de libertad.
Todo se combina en un paté-familiar, que se traga en una hostia sin gusto. En cada bocado, van cinco mil años de amargura, cinco mil años de cenizas, de cáscaras de huevo aplastadas.

En el profundo sótano del corazón del hombre, suenan dolorosas notas de olvido. Sigan construyendo ciudades enormes y elevadas. Sigan trabajando sin saber para qué. No dejen de dormir ni una de sus acostumbradas noches sin sueños.
Por debajo de esta tierra que pisamos, vive otra raza de hombres. Son grandes, sombríos, apasionados. Se abren paso hasta las entrañas de la tierra. Esperan con una paciencia aterradora. Son los vengadores de lo sin sentido. Van a emerger cuando todo se venga abajo y quede reducido a polvo.
En estas palabras escritas en 1984 y publicadas en una nouvelle a la que titulé “Morbi Dei”, avizoro un porvenir que es hoy, pleno de caos y pestes que asolan a una humanidad que se ha cocinado una existencia sin destino ni sentido.

El escritor y periodista Oscar Hermes Villordo en el prólogo de “Morbi Dei” ha dejado bien explicitado la esencia profética de esta obra, asimilándola a 1984, en consonancia con el título de la obra de Orwell.

Debo ser hoy, muy preciso al verificar la realidad, a pesar de provocar cierto malestar inicial, en el camino de la resistencia, modificando rumbos en actos de vida y maneras y modos de relación. Hoy, es el único referente lúcido para preservar el futuro, nuestro futuro que se avizora eutanásico, frente a la instalación de un coronavirus que está haciendo estragos en vidas y sobrevidas de pueblos enteros, ya de por si degradados por el sistema globalizado, con turistas voyeurs circulando, que reina en el planeta, el totalitarismo neoliberal que con su política de exterminio, logró que se retroceda a tiempos del medioevo, de la inquisición, pero ya no en nombre de un dios vengativo, sino con el orden impuesto por los mercados, que en lo económico ha provocado por crisis del coronavirus una caída de resultados impredecibles, aunque ya nada me llama demasiado la atención.

Hemos descubierto que también estamos sobreviviendo por encima de nuestras expectativas, colapsando servicios sanitarios que fueron víctimas en gobierno de un tal Mauricio Macri, en Argentina, de ajustes criminales, de todos modos, se decía vamos a morir. Al menos nos hubiera dejado tiempo, esta mascota del imperio, para preparar nuestro cuerpo para los gusanos. Ya no hace falta que se discutan en centros internacionales de exterminio una Ley de Eutanasia, el coronavirus llegó para ahorrarles la molestia de tomar decisiones un tanto antipáticas para los, aún, dueños del mundo y sus acólitos.

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