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Cuando los verdugos quieren ser jueces, la baja de la edad de imputabilidad penal.

Cuando los verdugos quieren ser jueces: el cinismo de castigar al que nunca fue escuchado

Mientras el Congreso apura una reforma que podría marcar a fuego a miles de adolescentes sin futuro, la Iglesia Católica advierte que encerrar pibes no es una solución, sino una claudicación del Estado. Patricia Bullrich, la ministra más burra de una gestión que se dice libertaria pero sueña con cárceles para niños, vuelve a arremeter contra los más vulnerables. El cinismo es escandaloso: los mismos que nunca laburaron ni por el prójimo ni por sí mismos, que pasaron de un partido a otro como quien cambia de vino barato, ahora se visten de jueces morales para decidir el destino de los descartables.

En la antesala de un debate que huele más a linchamiento que a justicia, la ministra de Seguridad Patricia Bullrich y el presidente Javier Milei intentan imponer la baja de la edad de imputabilidad penal. Buscan que los pibes de 14 años puedan ser juzgados como adultos, como si en este país nacer en una villa fuera una decisión y no una condena. Como si un pibe sin padre, sin casa, sin comida, sin zapatillas y con más balas que cuadernos, tuviera el mismo punto de partida que el hijo de un juez o de un ministro.

Pero la Iglesia dijo basta.

Con la voz firme de Monseñor Dante Braida, obispo de La Rioja y presidente de la Comisión de Pastoral Social, la Iglesia Católica expresó su absoluto rechazo a esta ofensiva punitivista. En declaraciones a Infobae, Braida dejó claro:

«No nos parece que bajar la edad sea lo adecuado. Poner en situación de encierro a un chico no soluciona el problema de raíz».

Y cómo va a solucionar algo si el problema es estructural. ¿Qué escuela pública recibió a esos chicos con un abrazo? ¿Qué comedor del Estado no tuvo que cerrar por falta de fondos? ¿Qué psicólogo, qué taller de oficios, qué patio de juego les ofreció este país?

Los que sí recibieron siempre son ellos: la casta real. Esa derecha farandulera que nunca trabajó en serio, que vive hace décadas del Estado y que se recicla en cada elección como si cambiar el logo del partido lavara sus culpas. Patricia Bullrich —ex montonera devenida en sheriff libertaria— encarna ese travestismo político como nadie: bruta, ineficaz y resentida, descarga su fracaso personal contra los que no pueden defenderse. Y lo hace en nombre del orden. Qué ironía.

El proyecto oficial, que inicialmente proponía bajar la edad a 13 años, fue maquillado para conseguir los votos del PRO, la UCR y otros bloques oportunistas. Ahora lo quieren disfrazar de acuerdo institucional. Pero no hay consenso donde hay desesperación, ni república cuando el miedo se impone al sentido común.

Braida fue contundente:

“No creemos que la solución sea lo penal, sino más bien ofrecer instancias de recuperación y de prevención”.

Y agregó algo crucial: «lo que necesitan estos chicos es oportunidades».

Pero claro, las oportunidades no cotizan en la Bolsa ni rinden en encuestas. En cambio, el show del castigo vende. Vende titulares, votos, raiting y discursos de odio. Lo que no se vende ni interesa es la historia de ese pibe que robó un celular pero nunca tuvo uno. De esa piba que roba comida porque no almuerza desde el viernes. De esos hijos del hambre a los que solo se les ofrece la cárcel o el cementerio.

La Iglesia alertó también sobre el colapso del sistema penitenciario. No hay lugar, no hay recursos, no hay formación profesional ni condiciones mínimas. ¿Dónde van a meter a estos chicos? ¿En qué sótano? ¿Quién se va a hacer cargo cuando salgan peor de lo que entraron?

Ninguno de los proyectos en debate contempla recursos específicos para nuevos centros de detención juvenil. Es decir: quieren castigar sin invertir. Miedo sin política. Bronca sin proyecto.

Y frente a ese desatino, Monseñor Braida envió un mensaje directo a Bullrich y a Milei:

«Que puedan dar tiempo para que todos los sectores sociales puedan dar su opinión y también aportar propuestas diversas para atacar realmente el problema, yendo a las causas».

Pero claro, para eso habría que escuchar. Y para escuchar hay que tener alma.

No es la Iglesia sola la que se opone. Es la sensatez, la historia, el humanismo, la idea —tan antigua como revolucionaria— de que un pibe no es culpable por nacer pobre. Que nadie nace malo, pero muchos nacen abandonados.

Este país tiene un largo prontuario de perseguir al pobre antes que al corrupto. Los grandes ladrones están libres: son los que se fugaron millones, los que destruyeron la educación pública, los que convirtieron a las villas en cementerios sociales. A ellos nunca los vimos en el banquillo. Pero ahora quieren meter presos a los que recién están aprendiendo a escribir su nombre.

En un país donde la Justicia es ciega pero también sorda y muda, y donde el Estado solo aparece con balas y patrulleros, esta ley es más que un error: es un crimen moral.

¿Vos qué opinás? ¿Creés que la cárcel educa o que la violencia del sistema solo engendra más violencia?