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De cárcel a paraíso: la increíble historia de la Parque Las Heras

De cárcel a paraíso: la increíble historia de la Parque Las Heras

Fuente: Palermo Online

Hoy ves sol, pibas paseando perros de raza dudosa, partidos de fútbol improvisados, estudiantes tirados entre apuntes y mate, y esa sensación mansa de que la vida, al menos por un rato, se pone en pausa. Pero hace menos de medio siglo —sí, apenas 46 años, un suspiro en la historia— en ese mismo pedazo de verde que arranca en Coronel Díaz y Las Heras, pleno Palermo, se alzaba un monstruo de piedra: la Penitenciaría Nacional.

Sí, ahí donde ahora hay renacuajos humanos, antes había presos de carne y hueso.

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Una postal de terror en el corazón de Palermo

Corría el año 1877 y el Cabildo ya no daba abasto de presos. Entonces, los próceres de turno decidieron levantar una cárcel «moderna» en lo que, para la época, era el lejano oeste de Buenos Aires: una zona tan remota como hoy lo serían las afueras de Pilar.

Inspirada en las ideas de Jeremy Bentham —ese filósofo inglés que soñó el panóptico, un lugar donde todos fueran vistos, pero nadie pudiera ver al vigilante—, la penitenciaría fue un gigantesco panal de rejas, pabellones y garitas. La idea era simple: controlar, asustar, domar.

El constructor local fue José Bunge, patricio de linaje grueso. No se mandaban a encerrar ahí a los grandes chorros de guante blanco, esos de apellidos ilustres y sonrisa blindada. No señor. A los que recluían eran ladronzuelos de gallinas, tipos sin padrinos ni fueros. Los otros ya jugaban su propio campeonato de impunidad.

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De mazmorras a patios de fútbol

La penitenciaría, como todo lo rígido en esta vida, empezó a aflojar. Bajo la dirección de Antonio Ballvé y luego de Roberto Pettinato (padre del famoso locutor, pero mucho más serio), se metieron algunas reformas: se eliminaron los grilletes, las visitas íntimas se autorizaron, y hasta se armó una cancha de fútbol.

Dicen que por ahí anduvo el primer equipo de Boca Juniors, cuando la cosa no era más que un picado de barro y sudor. Ahí, entre muros de siete metros de alto y recuerdos de condena, empezó a rodar la pelota.

El fin de un gigante de piedra

La expansión inmobiliaria, esa marea lenta pero implacable, decidió el destino del penal. Palermo empezó a transformarse en el barrio elegante que hoy conocemos. Y una cárcel entre jardines y embajadas, vamos, quedaba tan fuera de lugar como un matadero en Recoleta.

En 1961 empezó la demolición. Primero a mazazos, después a pura dinamita. El 5 de enero de 1962, la penitenciaría dejó de existir. Voló, literalmente. Pero no del todo: bajo el césped de Plaza Las Heras todavía duermen los cimientos, las galerías secretas, los ecos de los gritos que ya nadie escucha.

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Ecos de infancia y ranas fugitivas

Entre los escombros, la infancia —que nunca pide permiso— se coló. Un pibe de once años, mochila al hombro, jugaba entre ruinas como quien explora ruinas de una civilización perdida. Un día, después de la lluvia, encontró unos pececitos en un charco. Se los llevó a su casa en Arenales, los cuidó con ternura, les dio de comer miguitas de pan. Hasta que un día… desaparecieron.

Tiempo después, en plena primavera, los renacuajos renacieron como ranas, invadiendo la casa. La madre, escoba en mano, lo persiguió calle abajo. Y él, pícaro y asustado, se refugió en el viejo Almacén Rey de la esquina, cuando Palermo todavía olía a barrio y no a brunch.

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Historia enterrada, verde florecido

De la Penitenciaría quedan apenas vestigios. Una placa minúscula, olvidada entre tantos runners y paseadores de perros, marca tímidamente que allí hubo dolor. Que hubo hombres que soñaron con la libertad detrás de esos muros.

Hoy, cada vez que el sol cae sobre la Plaza Las Heras y pinta el cielo de naranjas viejos, esos ecos parecen latir bajo el pasto. No para asustar, no para llorar, sino para recordarnos que el suelo que pisamos guarda secretos. Y que la ciudad, como nosotros, no olvida. Solo aprende a disimular.

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¿Quién se anima, en medio de una tarde cualquiera, a cerrar los ojos y escuchar?