Mercado, salud mental y una época que confunde sentido con rendimiento
Por Pablo
Palermo Online Noticias
En la Argentina de hoy no solo se ajustan salarios, jubilaciones y presupuestos. También se ajusta —en silencio— el sentido de la vida. Se ajusta hacia abajo, se achica, se terceriza. Se reemplaza por metas, objetivos, métricas y promesas de éxito que casi nunca llegan, y cuando llegan, no llenan nada.
Durante años, la filosofía fue expulsada del aula y del debate público. No por casualidad. Pensar incomoda. Preguntarse para qué se vive es peligroso para un sistema que necesita gente corriendo sin mirar alrededor. Nietzsche, Frankl, incluso el pensamiento clásico, quedaron archivados como rarezas académicas. El mercado ocupó ese vacío con frases motivacionales y discursos empresariales.
El resultado está a la vista: una sociedad agotada, hiperexigida y profundamente desorientada.
El modelo económico y la pedagogía del “llegar”
La narrativa dominante instaló una pedagogía clara: la vida tiene sentido cuando se llega. Llegar a un puesto, a una empresa, a un ingreso, a un estatus. Mientras tanto, el presente se vive como sacrificio. Aguantá ahora, que después viene lo bueno.
Ese relato atraviesa la educación, el trabajo, la política y hasta la vida privada. Se estudia para “ser alguien”, se trabaja para “llegar”, se vive para “algún día”. El ahora queda reducido a una sala de espera permanente.
El problema es que el sistema cumple solo una parte del trato: exige esfuerzo constante, pero no garantiza sentido. Cuando la meta se alcanza —si se alcanza—, el vacío sigue ahí. El cargo no abraza. El logo no contiene. El éxito no responde.
Logoterapia: una mirada incómoda para el mercado
En ese punto aparece una corriente que el discurso empresarial prefiere ignorar: la logoterapia, desarrollada por Viktor Frankl. No desde un consultorio de lujo, sino desde la experiencia extrema de los campos de concentración.
Frankl sostuvo algo que hoy suena casi subversivo:
El sentido no está en el futuro, está en el presente.
No es un premio por rendir bien. Es una forma de habitar la vida, incluso —y sobre todo— cuando las condiciones son adversas.
Este enfoque choca de frente con el exitismo contemporáneo. Porque afirma que se puede fracasar y vivir con sentido. Y que también se puede triunfar y estar vacío.
Para un modelo que necesita sujetos productivos, no sujetos conscientes, esta idea es dinamita.
Salud mental en tiempos de mercado
No es casual que crezcan los diagnósticos de ansiedad, depresión y agotamiento. Tampoco es casual que se individualicen problemas que son estructurales. El mensaje es siempre el mismo: si no estás bien, es tu culpa. No te esforzaste lo suficiente. No te reinventaste. No gestionaste bien tus emociones.
La época pide resiliencia, pero no ofrece horizonte. Pide adaptación, pero no explica para qué. La salud mental se convierte así en una variable más del mercado: se gestiona, se medicaliza, se terceriza.
La pregunta de fondo —qué sentido tiene todo esto— queda fuera de agenda.
Cultura, identidad y pertenencia: lo que el Excel no mide
En medio de esa intemperie aparecen refugios que no cotizan en bolsa: la cultura, la música, las ciudades soñadas. Buenos Aires, por ejemplo, como territorio simbólico para generaciones enteras atravesadas por el rock nacional. Charly García, Soda Stereo, Cerati como banda sonora de una identidad.
Cuando murió Cerati, no fue solo una noticia cultural. Fue un duelo colectivo. Porque ahí se tocaba algo que el mercado no puede empaquetar: la pertenencia emocional, la memoria compartida, el sentido construido en común.
Nada de eso entra en una planilla. Pero sin eso, no hay país.
El país que no pregunta “para qué”
La Argentina atraviesa una época donde todo se mide, pero casi nada se piensa. Donde se habla de eficiencia, pero no de dignidad. Donde se discute el costo, pero no el sentido.
La política no escapa a esta lógica. Se gobierna con números, con gráficos, con promesas de orden, pero sin un relato humano que explique hacia dónde se va y para qué. El resultado es una sociedad cansada, descreída, emocionalmente a la intemperie.
Cierre
Un país que reduce la vida al rendimiento termina produciendo ciudadanos agotados, no libres. Trabajadores funcionales, pero vacíos. Individuos que llegan, pero no saben por qué.
El sentido no se exporta.
No se privatiza.
No se ajusta por decreto.
El sentido se vive, o no se vive.
Resumen editorial
El apolítico como ficción peligrosa
En la Argentina actual circula una figura que se autopercibe neutral, pero actúa con una carga ideológica profunda: el llamado “apolítico”. Es un sujeto que repite consignas como “todos los políticos son corruptos”, “la política no me importa” o “el Estado es siempre el problema”, mientras vota, opina, milita y legitima un proyecto de país concreto. No es neutral: hace política todo el tiempo, solo que sin asumirlo.
Ese supuesto desapego es, en realidad, una falsedad ideológica. No existe el apoliticismo en una democracia. Existe, en todo caso, una política inconsciente, deshistorizada y peligrosamente funcional al poder real. Según distintas mediciones electorales, entre un 25 y un 30% del electorado argentino se identifica con este discurso antipolítico, aunque actúe políticamente de forma constante.
En ese marco se explica el apoyo a Javier Milei por parte de sectores que dicen no creer en la política, pero votan un programa extremo, con consecuencias materiales, simbólicas y culturales profundas. Para este núcleo duro, la identidad nacional es prescindible. La bandera argentina podría ser reemplazada sin conflicto por otra —estadounidense, israelí o cualquier otra— porque la noción de país fue vaciada de contenido. El mercado ocupa el lugar de la patria.
Esta lógica es particularmente riesgosa. Los países no son empresas. Las sociedades no son balances. La identidad nacional, la historia y la cultura no son variables descartables sin costo. Cuando una parte de la población está dispuesta a cambiar de país simbólicamente sin moverse de su casa, lo que está en crisis no es la política: es el sentido de pertenencia.
La contradicción alcanza niveles grotescos cuando estos sectores se declaran fanáticos del “libre mercado” mientras celebran modelos internacionales que hacen exactamente lo contrario. El caso de Donald Trump es paradigmático: aranceles, proteccionismo, defensa agresiva del interés nacional, intervención estatal directa. Nada más lejano al dogma libertario que dicen admirar.
Allí aparece el núcleo del problema: un discurso que se proclama liberal, pero tolera —y hasta festeja— formas de subordinación económica, cultural y política. Un discurso que confunde libertad con desprotección, y mercado con destino. En esa confusión, muchos terminan prefiriendo la servidumbre voluntaria antes que una libertad que implique responsabilidad colectiva.
Este fenómeno no es solo económico ni electoral. Es psicológico, cultural y político al mismo tiempo. Una sociedad que renuncia a preguntarse para qué vive, para qué trabaja y para qué existe como país, queda a merced de cualquier relato que prometa orden, aunque vacíe de sentido todo lo demás.
El antipoliticismo no es ausencia de ideología.
Es ideología sin conciencia.
Y por eso mismo, es uno de los rasgos más peligrosos de esta época.
Palermo Online deja planteada la pregunta de fondo, que no entra en ningún Excel ni en ningún slogan de campaña:
¿qué queda de un país cuando sus ciudadanos renuncian a pensarse como comunidad?
Y quizás la pregunta más urgente de esta época no sea económica ni electoral, sino existencial y política al mismo tiempo:
¿qué clase de país se puede construir si nadie sabe para qué está viviendo?
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