La Capilla Sixtina Roma

El cónclave que definirá quién será el 267º sucesor de Pedro

Se apagaron las voces. Se cerraron las puertas. Y el mundo entero vuelve a mirar hacia arriba, al humo que hablará por todos. En la Capilla Sixtina, bajo la mirada eterna del Juicio Final, comenzó este miércoles el cónclave que definirá quién será el 267º sucesor de Pedro. La muerte del Papa Francisco abrió una nueva página en la historia de la Iglesia católica, y el Vaticano, otra vez, es escenario de uno de los ritos más herméticos y solemnes del planeta.

El rito comienza: misa, procesión y juramento
El día arrancó con la misa Pro eligendo Pontifice, celebrada por el cardenal Giovanni Battista Re. En su homilía, llamó a sus hermanos cardenales al discernimiento, a la oración y a la conciencia del momento “crucial” que atraviesa la Iglesia. A la tarde, la procesión silenciosa de los 133 cardenales electores —todos menores de 80 años— los condujo a la Capilla Sixtina al ritmo del Veni Creator Spiritus, invocando al Espíritu Santo como guía.

Una vez dentro, los cardenales realizaron su juramento de secreto. Luego, monseñor Diego Ravelli pronunció la fórmula “Extra omnes”, y las puertas se cerraron. El mundo quedó afuera. Solo el misterio quedó adentro.


Así se elige al Papa: precisión milimétrica
Todo lo que sucede en la Sixtina está regido por la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis, un texto que detalla hasta el último gesto del cónclave. Los electores reciben papeletas rectangulares con la frase latina “Eligo in Summum Pontificem” —elijo como Sumo Pontífice—. Escriben un nombre, doblan la papeleta en dos, la elevan, la llevan al altar y la colocan en una urna con una fórmula inquebrantable:

“Pongo por testigo a Cristo Señor, que me juzgará, de que mi voto es dado a aquel que, según Dios, creo que debe ser elegido.”

Tres escrutadores, sorteados previamente, se encargan del conteo, asistidos por tres infirmarii —en caso de cardenales enfermos— y tres auditores que revisan el proceso.

Si el número de papeletas no coincide con el de votantes, todo se anula y se repite. Si hay coincidencia, las papeletas se leen en voz alta, una a una, frente a todos. Si hay dos papeletas con el mismo nombre pegadas, cuentan como un solo voto. Si los nombres difieren, no se cuentan. Nada se deja librado al azar.

Al terminar, las papeletas son ensartadas con una aguja en la palabra “Eligo”, unidas con hilo y quemadas en una estufa de hierro fundido que data de 1939. Los productos químicos en una segunda estufa, instalada en 2005, se encargan de teñir el humo: negro si no hay elección, blanco si hay nuevo Papa.

Recuento, pausas y fumata
La elección requiere al menos dos tercios de los votos —en este caso, 89 de los 133 electores—. Se vota dos veces por la mañana y dos por la tarde. Si después de tres días no hay resultados, se pausa la votación para orar y reflexionar. Luego se retoma. Si tras varias rondas no hay fumata blanca, se reduce la elección a los dos más votados. Pero incluso allí, se necesita mayoría calificada.

Las votaciones pueden extenderse días, incluso semanas. Y mientras el mundo aguarda impaciente, los cardenales deliberan en silencio, entre rezos y conciencias, con la eternidad como único testigo.

La “Sala de las Lágrimas”: donde el Papa se viste
Una vez elegido, el nuevo Papa se retira a la Sala de las Lágrimas, un pequeño cuarto al costado de la Capilla Sixtina donde se le entrega la vestimenta papal. Allí se produce una transformación silenciosa: deja de ser un cardenal, y se convierte en líder espiritual de mil millones de almas. Luego regresa, es presentado al mundo y pronuncia el famoso “Urbi et Orbi”.

Ese momento aún no ha llegado. Pero ya está en marcha. Cada hora, cada voto, cada suspiro dentro de la Sixtina empuja hacia él.

¿Qué espera el mundo del próximo Papa? ¿Continuidad con el legado de Francisco o una nueva línea? ¿Qué rol debe jugar la Iglesia en tiempos de crisis global y fragmentación espiritual?