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El FMI, Milei y la guerra contra el monotributista

Cuando el ajuste cae sobre los que sobreviven como pueden

En la Argentina de Javier Milei ya no alcanza con trabajar. Tampoco alcanza con rebuscársela. Y ni siquiera alcanza con haberse formalizado pagando un monotributo todos los meses aunque no entre un peso. Ahora, además, el Fondo Monetario Internacional quiere meter mano sobre uno de los pocos sistemas que todavía le permite respirar a millones de personas que quedaron afuera del empleo formal y tuvieron que inventarse una vida a pulmón.

Porque detrás de la palabra “monotributista” no hay empresarios millonarios escondidos en Nordelta. Hay diseñadores que facturan dos mangos, jubilados que hacen changas, repartidores, fotógrafos, peluqueras, programadores freelance, docentes particulares, feriantes, community managers, músicos, gasistas, electricistas y miles de personas que fueron expulsadas del mercado laboral tradicional y encontraron en el monotributo una manera precaria pero legal de existir.

Y ahora el FMI considera que eso también es “gasto tributario”.

El organismo internacional publicó un documento donde plantea que el régimen del monotributo “genera distorsiones” porque paga menos impuestos que el régimen general. Traducido del lenguaje tecnocrático al castellano de almacén: creen que los pobres pagan poco y quieren que paguen más.

La lógica es brutal. El FMI reconoce que el monotributo ayudó a formalizar trabajadores y permitió acceso a obra social y jubilación. Pero acto seguido plantea que hay que “alinearlo” con el régimen general, homogeneizar aportes y reducir beneficios. Como si un monotributista categoría B tuviera la misma espalda financiera que una empresa consolidada. Como si una persona que factura apenas para pagar alquiler, luz y comida pudiera soportar otra vuelta de torniquete fiscal.

En los cafés de Palermo, en las galerías de Villa Crespo, en las oficinas improvisadas de Almagro o en los departamentos diminutos de Caballito, el monotributo se convirtió hace años en el documento nacional de identidad del trabajador precarizado argentino. Hay gente que factura para una sola empresa pero está disfrazada de “independiente”. Hay personas que pagan monotributo aun cuando se quedaron sin clientes, sólo para no perder la obra social. Una locura silenciosa y cotidiana.

Porque el monotributo dejó de ser un puente hacia el crecimiento hace rato. En muchos casos es apenas un salvavidas pinchado.

Y ahí aparece el problema más oscuro del modelo económico actual: se castiga cada vez más al que está apenas arriba del agua mientras se sigue negociando con sectores concentrados beneficios impositivos, blanqueos y privilegios históricos. El documento del FMI incluso habla de reducir impuestos “distorsivos” al agro exportador mientras pone la lupa sobre pequeños contribuyentes que apenas sobreviven.

La escena parece escrita por un guionista cínico. Al tipo que vende empanadas por Instagram le quieren revisar el régimen. A la diseñadora freelance que no llega a fin de mes le quieren “armonizar contribuciones”. Al jubilado que hace trámites para vecinos le quieren cobrar más. Mientras tanto, las grandes estructuras financieras siguen encontrando agujeros legales para pagar menos.

El FMI habla de “eficiencia fiscal”. Pero en los barrios la palabra que más se escucha es otra: miedo.

Miedo a enfermarse y perder la obra social. Miedo a no poder pagar el monotributo y quedar afuera del sistema. Miedo a tener que volver a la informalidad absoluta. Miedo a que el Estado te trate como evasor cuando en realidad sos un sobreviviente económico de un país que destruyó empleo durante años.

El drama es que muchos monotributistas ni siquiera ganan bien. Pagan para existir administrativamente. Pagan para emitir una factura. Pagan para no quedar totalmente marginados. Pagan aunque el trabajo haya caído. Pagan aunque el consumo esté destruido. Pagan aunque las tarifas los estén ahorcando.

Y ahora quieren hacerlos pagar más.

En el discurso libertario se prometía una rebelión contra “la casta”. Pero en la práctica, el ajuste volvió a caer sobre la clase media baja, sobre el trabajador independiente, sobre el profesional precarizado y sobre el pequeño emprendedor que vive con la calculadora en la mano viendo si puede cargar la SUBE o comprar medicamentos.

La Argentina ya vivió esto. Cada vez que los organismos internacionales aterrizaron con sus manuales de “modernización”, el sacrificio terminó cayendo sobre los mismos cuerpos cansados de siempre. El almacenero. El kiosquero. El monotributista. El jubilado. El laburante.

Y mientras tanto, millones siguen sosteniendo el sistema con un esfuerzo casi religioso. Gente que factura 300 mil pesos y paga impuestos igual. Gente que no llega a fin de mes pero mantiene el monotributo porque sabe que quedar afuera puede ser todavía peor.

El FMI lo llama “reforma estructural”. En la calle se siente distinto: otra vez vienen por los que menos tienen.

Palermo Online como juez, el periodista como fiscal y los lectores como jurado. La pregunta queda flotando entre persianas bajas, notebooks usadas y cafeterías llenas de freelancers agotados: ¿hasta cuándo se puede seguir ajustando a los que ya viven ajustados?