El barrio que guarda un acervo escultórico que muchas capitales del mundo envidiarían
En Palermo no solamente se camina entre jacarandás, corredores apurados, turistas perdidos y vecinos que todavía recuerdan cuándo el Rosedal tenía otro perfume. También se camina entre mármol pentélico, bronces fundidos en París, monumentos diplomáticos y esculturas que resumen discusiones políticas, culturales y sociales de más de un siglo de historia argentina. Lo curioso es que gran parte de ese patrimonio permanece invisible para miles de personas que pasan todos los días frente a esas obras sin detenerse ni diez segundos. Palermo, sin exagerar, tiene uno de los corredores escultóricos urbanos más importantes de América Latina. Y el problema es que la ciudad lo naturalizó tanto que ya ni lo mira.
El barrio funciona como un museo abierto donde conviven artistas franceses, catalanes, italianos y argentinos de enorme nivel técnico. No es casualidad. A fines del siglo XIX y principios del XX, Buenos Aires quiso parecerse desesperadamente a París. Y Palermo fue uno de los escenarios donde esa obsesión quedó petrificada en piedra y bronce. Acá llegaron regalos diplomáticos de colectividades extranjeras, esculturas encargadas a talleres europeos, monumentos fundidos en grandes casas francesas y obras monumentales realizadas con materiales importados desde Grecia o Italia. Mientras otras ciudades del continente apenas levantaban plazas austeras, Buenos Aires encargaba esculturas a Auguste Rodin. Así de desmesurada era la ambición estética de aquella generación.
Uno de los casos más extraordinarios es el del monumento a Domingo Faustino Sarmiento, ubicado en Av. Sarmiento y Av. del Libertador, frente a los Bosques de Palermo. La obra fue encargada en 1894 y realizada por Auguste Rodin en París. Sí, el mismo Rodin de “El Pensador”, “Los Burgueses de Calais” y “La Puerta del Infierno”. La escultura fue fundida en bronce mediante el sistema de cera perdida por la histórica fundición Alexis Rudier, una de las más prestigiosas de Francia, la misma que trabajó muchas piezas centrales del escultor. El monumento llegó a Buenos Aires en 1900 y fue inaugurado el 25 de mayo de ese año, en una ceremonia cargada de tensión política y estética.
Lo fascinante es que la obra provocó un escándalo. Muchos asistentes esperaban un Sarmiento solemne, clásico, quieto y perfectamente reconocible. Pero Rodin hizo otra cosa: construyó un cuerpo vibrante, nervioso, casi expresionista para la época. El rostro aparece cargado de tensión intelectual y la postura transmite movimiento más que solemnidad militar. La elite porteña conservadora quedó desconcertada. Algunos diarios directamente dijeron que la estatua parecía “inconclusa”. Otros afirmaban que era “deforme”. Rodin, mientras tanto, seguía revolucionando la escultura mundial desde Europa sin preocuparse demasiado por el berrinche de los críticos locales.
La pieza tiene aproximadamente dos metros de altura solamente en la figura de Sarmiento, mientras que el pedestal eleva aún más la presencia del conjunto. El bronce posee una pátina oscura profundamente francesa, muy distinta al acabado brillante que luego se popularizó en otras esculturas urbanas. El pedestal fue realizado en granito y el monumento se instaló exactamente sobre una zona cargada de simbolismo político: cerca de donde había estado la residencia de Juan Manuel de Rosas, el enemigo histórico de Sarmiento. No fue una casualidad urbana. Fue un gesto político deliberado. La Generación del 80 pensaba las esculturas como herramientas ideológicas además de ornamentales.
Muy cerca de allí aparece otra pieza descomunal que suele pasar desapercibida porque el porteño ya la incorporó al paisaje como si hubiese estado ahí desde el inicio de los tiempos: el Monumento de los Españoles, oficialmente llamado “La Carta Magna y las Cuatro Regiones Argentinas”, emplazado en Av. del Libertador y Sarmiento. La obra fue un regalo de la colectividad española para el Centenario de 1910 y representa uno de los proyectos escultóricos más ambiciosos jamás realizados en Argentina. El escultor original fue el catalán Agustín Querol Subirats, uno de los artistas monumentales más importantes de España a comienzos del siglo XX.
El monumento comenzó a desarrollarse en 1909, pero el proyecto quedó atravesado por tragedias, accidentes y demoras casi novelescas. Querol murió en 1909 antes de terminarlo. Luego tomó la posta Cipriano Folgueras y más tarde Antonio Moliné. Para empeorar la situación, parte de las esculturas que viajaban desde España se hundieron en un barco frente a las costas brasileñas. Otras piezas sufrieron daños en huelgas portuarias. Recién pudo inaugurarse finalmente en 1927, diecisiete años después de la fecha original prevista para el Centenario.
La estructura principal alcanza aproximadamente los 24 metros de altura y combina mármol de Carrara con grandes figuras alegóricas de bronce. En la cima aparece la República, mientras que en la base se despliegan representaciones escultóricas de Los Andes, La Pampa, El Chaco y el Río de la Plata. Cada grupo escultórico fue trabajado con una musculatura poderosa y una teatralidad típicamente española. El monumento tiene algo de barroco tardío mezclado con academicismo monumental europeo. No busca sutileza: busca impacto. Busca imponerse sobre el paisaje.
Hay detalles técnicos que vuelven todavía más extraordinaria la obra. Los mármoles fueron trabajados en talleres europeos especializados y varias piezas se ensamblaron directamente en Buenos Aires utilizando sistemas de anclaje metálico avanzados para la época. El nivel de detalle anatómico de algunas figuras sigue siendo impresionante incluso hoy. Basta mirar las manos, los pliegues de las telas o la tensión muscular de los caballos para entender el nivel artesanal que manejaban esos talleres hace más de un siglo.
Otro de los grandes monumentos de Palermo es la Fuente de la Riqueza Agropecuaria, ubicada en Av. Sarmiento y Santa Fe. La obra fue un regalo de la comunidad alemana para el Centenario argentino y comenzó a proyectarse en 1910. El escultor Gustav Adolf Bredow ganó el concurso internacional para realizarla y eligió un material extraordinario: mármol proveniente de las canteras del monte Pentélico, en Grecia, las mismas utilizadas en el Partenón de Atenas. No era un detalle menor. Había una intención simbólica de asociar a Buenos Aires con la tradición clásica europea.
La fuente recién fue inaugurada en 1918 debido a las demoras provocadas por la Primera Guerra Mundial. El conjunto escultórico representa alegorías de la agricultura y la ganadería, pilares absolutos del modelo económico argentino de comienzos del siglo XX. Las figuras tienen un tratamiento anatómico elegante, academicista y profundamente germánico. Hay equilibrio, proporción y una obsesión casi matemática por la composición. A diferencia del dramatismo español del Monumento de los Españoles, acá aparece una serenidad clásica más cercana al neoclasicismo centroeuropeo.
En Plaza Italia también se levanta una de las esculturas ecuestres más potentes de Buenos Aires: el monumento a Giuseppe Garibaldi, realizado por el escultor italiano Eugenio Maccagnani e inaugurado en 1904. La obra fue donada por la comunidad italiana y replica parcialmente el monumento original de Brescia. Garibaldi aparece montado sobre un caballo musculoso y dinámico, acompañado por figuras alegóricas de la Libertad y la Victoria. El conjunto combina granito y bronce y refleja perfectamente la tradición monumental italiana de fines del siglo XIX.
Lo interesante de Garibaldi es que su presencia en Palermo no es decorativa. Tiene una carga histórica sudamericana enorme. Antes de convertirse en héroe de la unificación italiana, Garibaldi combatió en Uruguay y participó en conflictos regionales vinculados al Río de la Plata. La colectividad italiana de Buenos Aires lo veía casi como un símbolo de identidad migrante y revolución republicana. Por eso Plaza Italia terminó funcionando también como espacio de memoria política inmigrante.
Si uno sigue caminando hacia Plaza Holanda aparecen las esculturas de animales salvajes instaladas cerca de Av. del Libertador y Godoy Cruz. Son piezas inspiradas en modelos franceses del Jardín de las Tullerías de París. Allí descansan el León de Nubia y la Tigresa, esculturas realizadas en bronce con una calidad anatómica impresionante. La tensión muscular, la ferocidad contenida y la teatralidad de las poses recuerdan la fascinación europea de comienzos del siglo XX por el exotismo africano y oriental.
El León de Nubia sostiene una presa bajo la pata con un dramatismo casi cinematográfico. La tigresa lleva alimento en el hocico para sus crías. Son esculturas hechas para transmitir poder, naturaleza salvaje y dominio. Y también revelan algo muy porteño: la obsesión que tenía la elite argentina de la Belle Époque por importar imaginarios europeos completos, incluso animales simbólicos ajenos a nuestra geografía.
Más escondida, casi silenciosa entre árboles y senderos, aparece “Caperucita Roja”, ubicada en Plaza Sicilia, cerca de Av. Sarmiento y Libertador. La pieza fue realizada por el escultor francés Jean Carlus y adquirida por la Municipalidad de Buenos Aires en 1937. Originalmente estuvo emplazada en Plaza Lavalle, pero en 1972 fue trasladada a Palermo. Y ahí sucede algo raro: probablemente sea una de las esculturas más extrañas y poéticas del barrio.
En una ciudad obsesionada con próceres militares, presidentes y generales a caballo, aparece una niña de cuento europeo perdida entre árboles. La obra tiene una delicadeza distinta. El modelado es suave, elegante y casi teatral. Hay algo melancólico en esa figura infantil sobreviviendo entre avenidas ruidosas y colectivos. Es como un resto de fantasía europea incrustado en medio de la neurosis urbana porteña.
Otro conjunto de enorme valor histórico es el monumento ecuestre a Justo José de Urquiza, ubicado en Av. Figueroa Alcorta y Sarmiento. La obra fue inaugurada en 1958 y realizada por los escultores argentinos Renzo Baldi y Héctor Rocha. El conjunto mezcla granito y bronce y posee bajorrelieves vinculados a la Batalla de Caseros y a la Constitución de 1853. A diferencia del refinamiento europeo de las obras anteriores, acá aparece una monumentalidad más nacionalista, más austera y más vinculada al relato institucional argentino de mediados del siglo XX.
Y finalmente está “El abuelo inmortal”, posiblemente una de las esculturas más emotivas de Palermo. Se encuentra en Mariscal Castilla y Aguado y fue inaugurada en diciembre de 1951. La obra del ingeniero y escultor Ángel Eusebio Ibarra García muestra a José de San Martín anciano, vestido de civil y acompañado por sus nietas. Es la única representación importante del Libertador en Buenos Aires que abandona la épica militar para mostrar al hombre envejecido.
La pieza está realizada en bronce sobre pedestal de granito y posee bajorrelieves que retratan escenas íntimas de la vida final de San Martín. Ahí Palermo deja de hablar únicamente de poder político y empieza a hablar de fragilidad humana. Ese San Martín viejo, cansado y doméstico dice más sobre el paso del tiempo que muchos discursos patrióticos enteros.
Lo extraordinario de Palermo es justamente esa mezcla. En pocas cuadras conviven Rodin, escultores italianos, academicismo español, monumentos diplomáticos, simbolismo republicano, cuentos infantiles franceses y próceres argentinos envejecidos. Hay barrios enteros de América Latina que no poseen ni una sola obra firmada por artistas de semejante nivel internacional. Palermo las tiene desperdigadas entre runners, bicicletas y vendedores de café.
Y quizá el gran problema contemporáneo sea ese: la velocidad. Buenos Aires se acostumbró tanto a su patrimonio que dejó de observarlo. La gente corre delante de esculturas hechas con mármoles traídos desde Grecia sin siquiera levantar la cabeza. Se saca selfies frente a monumentos realizados por discípulos directos de grandes maestros europeos sin conocer una línea de su historia. Palermo se volvió tan moderno que olvidó mirar su propio pasado.
Sin embargo, las esculturas siguen ahí. Resistiendo humedad, smog, abandono, grafitis, vandalismo y gobiernos que muchas veces entienden más de marketing urbano que de patrimonio cultural. Ahí siguen los bronces franceses, los mármoles italianos y las alegorías republicanas mirando una ciudad que cambió mil veces alrededor de ellas. Palermo, al final, no solamente es gastronomía, bares y real estate. También es uno de los grandes corredores escultóricos de Sudamérica. Y probablemente muy pocos porteños sean realmente conscientes de eso.
