La jueza del escándalo y la justicia que sí se mancha: Maradona murió abandonado, pero el show judicial sigue
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Mientras la memoria de Diego Armando Maradona sigue latiendo como un tambor sagrado en el corazón del pueblo, un nuevo capítulo bochornoso sacude la ya herida credibilidad del Poder Judicial. El abogado Fernando Burlando no titubeó: “Murió entre olor a orina y materia fecal”. Así lo dijo, sin anestesia. Y lo peor: no murió solo, murió abandonado. Lo dejaron morir.
No se trata ya de una metáfora dolorosa sobre la soledad de los ídolos. Se trata de pruebas, de testimonios, de negligencia médica y familiar, de decisiones judiciales, de intereses, y ahora, también, de un escándalo mediático protagonizado por una jueza devenida en actriz: Julieta Makintach. Una funcionaria pública, parte de un Tribunal Oral, que mientras se debatía la verdad sobre la muerte de Maradona, filmaba sin autorización una miniserie titulada —con una ironía brutal— Justicia Divina. El tribunal quedó contaminado. El juicio, nulo. La verdad, otra vez postergada.
Un lecho indigno para el más grande
Burlando habló con crudeza. Y no fue por rating. Fue por impotencia. Por bronca. Por respeto a un hombre que fue tratado como despojo humano en sus últimos días. Maradona vivía en condiciones miserables. Sin médicos, sin dignidad, sin paz.
“Estaba abandonado, librado al azar”, declaró el abogado. Gianinna, su hija, lo dijo llorando: su padre no quería estar ahí, no quería participar en compromisos públicos, no podía ni caminar. Tendía los brazos como un niño, pidiendo que lo saquen.
¿Dónde estaban los responsables de cuidarlo? ¿Dónde los que firmaban sus diagnósticos? ¿Dónde el entorno que lucraba con su figura mientras el cuerpo se apagaba? ¿Y dónde estaba la Justicia? Filmando una serie.
Justicia trucha y cámara oculta
La jueza Julieta Makintach, integrante del TOC N°2 de San Isidro, grabó escenas reales del juicio con cámaras ocultas, dirigió su propio papel y escribió un guion que ya contenía el veredicto antes del debate oral. Una falta gravísima de imparcialidad.
¿Puede una jueza convertirse en protagonista de una producción basada en el mismo juicio que tiene a su cargo? En cualquier país con un mínimo de ética institucional, la respuesta es: no. En Argentina, la respuesta fue: ¡acción!
El documental fue rodado en secreto. En él, Makintach aparece manejando hacia tribunales, entrando a su despacho y hasta participando de escenas centrales del juicio. Escenas reales, con víctimas y abogados llorando, convertidas en ficción oportunista.
El colmo: una cámara oculta mostró el momento en que la jueza empuja la salida del abogado Baqué, defensor de uno de los imputados. La tensión estalló. Las hijas de Maradona, presentes, se quebraron en llanto. El defensor gritó: “¡Basura! ¡Tengo hijas!”. Una escena propia de una tragedia, transformada en contenido de streaming judicial.
El juicio fue nulo. La vergüenza, total.
La nulidad del juicio fue declarada por unanimidad. La recusación de Makintach fue inmediata. Y la causa se reiniciará con un nuevo tribunal, nuevas audiencias y testimonios que deberán repetirse. Otra vez Dalma, Gianinna, Jana, Verónica Ojeda, los médicos, los custodios y los peritos serán revictimizados.
El dolor no descansa. Y la memoria de Diego, mucho menos.
La jueza fue suspendida por 90 días. Enfrenta cuatro pedidos de juicio político. Fue apartada de la cátedra en la Universidad Austral. Pero lo cierto es que ya cumplió su cometido: dinamitó un juicio histórico con la frivolidad de una actriz improvisada.
Una justicia cada vez más parecida a un circo
¿Quién gana con este espectáculo? Nadie. ¿Quién pierde? Todos. Sobre todo el pueblo, que ve una y otra vez cómo la Justicia se arrastra, se vende, se transforma en puesta en escena.
¿Qué le queda al ciudadano común cuando ni siquiera Diego Maradona —nuestro héroe caído— puede descansar en paz, ni obtener un juicio limpio? Si a Maradona lo usaron, lo manipularon y lo dejaron morir sin que nadie pague, ¿qué queda para el resto?
¿Quién cuida a los muertos cuando la Justicia se disfraza?
En lugar de investigar con seriedad, la jueza Makintach prefirió el rol estelar. En lugar de velar por la legalidad, escribió un guion. En vez de pedir pruebas, pidió cámara. La vanidad mató la inteligencia. Y el resultado es una de las mayores vergüenzas institucionales de los últimos años.
La frase de la jueza Di Tomasso intentando cubrir el escándalo es para el bronce de la hipocresía: “La Justicia no se mancha”. Señora vocal: la Justicia argentina está empapada. Y no de tinta, sino de vergüenza.
¿Hasta cuándo vamos a tolerar que quienes deben impartir justicia se dediquen a protagonizar series mientras los ídolos mueren rodeados de abandono y excremento? ¿Cuánto más van a estirar esta infamia hasta que el pueblo diga basta?
