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Los decks gastronómicos vuelven a encender la bronca vecinal con un Jorge Macri desconectado

La calle no puede ser propiedad privada

¿Es un curro del PRO, pagan coimas a los comuneros o que pasa?

La discusión por los decks gastronómicos volvió a prenderse en la Ciudad de Buenos Aires como fósforo en baldosa seca. Lo que durante la pandemia fue presentado como una ayuda excepcional para bares y restaurantes, hoy aparece para muchos vecinos como una ocupación permanente de la vía pública, una privatización amable de la calle, una especie de “permiso eterno” que nadie sabe bien cuándo termina ni quién controla.

En Palermo, Belgrano, Villa Crespo, Colegiales, Boedo y otras zonas porteñas, el reclamo se repite con tono cada vez más áspero. Los vecinos cuestionan que los decks quiten lugares de estacionamiento, reduzcan la circulación, acumulen basura, favorezcan ruidos nocturnos y transformen sectores de la calle en anexos comerciales de locales privados. La frase que se escucha en redes y en la vereda es simple: “la pandemia terminó, pero los decks quedaron”.

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El malestar no nació de un repollo. En las últimas horas, distintos usuarios expresaron su bronca contra estas estructuras instaladas sobre la calzada. Algunos señalaron que “ya se les dio la ayuda necesaria en época de pandemia” y pidieron “devolver los pocos lugares para estacionar”. Otros hablaron de “uso indebido de la vía pública”, de “apropiación de vereda y calle” y de una ciudad cada vez más colapsada. También aparecieron críticas por la falta de limpieza, la basura acumulada y el riesgo de que el agua no circule correctamente cuando llueve.

La queja tiene un punto central: el espacio público no es infinito. En una ciudad donde estacionar se volvió una odisea, donde las veredas muchas veces están rotas, ocupadas o reducidas, y donde el tránsito parece una pulseada diaria entre autos, colectivos, bicicletas, motos, peatones y deliverys, cada metro cuenta. Cuando ese metro se entrega a una actividad comercial, la pregunta cae sola: ¿quién gana y quién pierde?

El Gobierno porteño y el macrismo sostuvieron durante años una política favorable a la expansión gastronómica sobre veredas y calzadas. La actividad generó movimiento económico, empleo y vida urbana, eso es cierto. Pero la otra mitad de la película también existe: vecinos que no pueden estacionar, frentistas que soportan ruido hasta tarde, peatones que caminan esquivando mesas, mozos, macetas, carteles y estructuras que parecen haber llegado para quedarse.

El problema no es el café en la vereda. Buenos Aires siempre tuvo mesas al aire libre. Eso forma parte de su identidad, de su postal urbana, de esa liturgia porteña donde un cortado puede durar una tarde entera. El problema aparece cuando la excepción se vuelve regla, cuando la mesa se convierte en plataforma, la plataforma en ampliación comercial y la ampliación comercial en ocupación permanente de la calle.

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Muchos vecinos apuntan directamente contra el PRO y contra la administración porteña. No sólo por haber permitido la multiplicación de decks, sino por no explicar con claridad cuántos hay, quiénes los autorizan, cuánto pagan, qué controles reciben, qué sanciones existen y bajo qué criterios se decide que un comercio puede ocupar parte de la calzada. En una ciudad seria, esa información debería estar disponible, ordenada y al alcance de cualquier vecino. Sin vueltas, sin misterio, sin esa niebla burocrática que siempre protege al más fuerte.

También hay un costado incómodo: no todos los rubros pueden hacer lo mismo. Un vecino no puede poner una oficina sobre la calle. Un kiosco no puede extenderse alegremente sobre la calzada. Una librería no puede tomar dos lugares de estacionamiento para armar una sala de lectura. Entonces, la pregunta de fondo es válida: ¿por qué la gastronomía sí? ¿Cuál es el límite entre fomentar una actividad económica y entregar espacio público a un privado?

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Los defensores de los decks suelen decir que embellecen la ciudad, que generan más vida en la calle y que ayudan a sostener comercios. Puede ser. Pero la belleza urbana no se decreta desde un render ni desde una planilla de permisos. La belleza también necesita orden, limpieza, proporcionalidad y respeto por el vecino. Un deck abandonado, sucio, mal mantenido o usado como fumadero no embellece nada: afea, molesta y consolida la sensación de que la calle tiene dueño.

La pandemia fue una emergencia. En aquel momento, permitir mesas al aire libre tuvo sentido sanitario, económico y social. Los comercios estaban golpeados, la gente necesitaba espacios abiertos y la Ciudad buscaba reactivar la actividad. Pero una política de emergencia no puede transformarse en una concesión eterna. Lo excepcional debe revisarse cuando cambia el contexto. Y el contexto cambió.

Hoy la discusión ya no es sanitaria. Es urbana, económica y democrática. ¿Quién decide sobre la calle? ¿El comercio que factura con ese espacio? ¿La comuna? ¿El Gobierno de la Ciudad? ¿Los vecinos que viven ahí todos los días? ¿Existe participación real o apenas una cadena de permisos administrativos que baja desde arriba como si la calle fuera una carpeta de expediente?

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La bronca vecinal también expone una fatiga más amplia con la gestión del espacio público en Buenos Aires. La Ciudad se promociona como moderna, caminable, verde y ordenada, pero muchas veces el vecino se encuentra con veredas saturadas, obras eternas, bicisendas discutibles, contenedores mal ubicados, motos sobre la vereda, autos sin lugar y decks que ocupan calzada. La postal linda se vende en campaña; la incomodidad la vive el vecino.

Por eso, el debate debería salir del griterío y entrar en una revisión seria. Hacen falta datos públicos, inspecciones reales, permisos transparentes, sanciones efectivas y participación barrial. No alcanza con decir que “está autorizado”. Muchas cosas pueden estar autorizadas y aun así ser injustas, abusivas o contrarias al sentido común urbano.

La Ciudad necesita actividad gastronómica, claro que sí. Nadie quiere una Buenos Aires apagada, sin bares, sin mesas, sin vida nocturna, sin ese murmullo que hace latir a los barrios. Pero también necesita calles transitables, vecinos escuchados, estacionamiento razonable, veredas libres y reglas parejas. El progreso no puede ser siempre que el privado gane metros y el vecino pierda paciencia.

Los decks nacieron como solución de emergencia y terminaron convertidos en símbolo de una pelea mayor: quién se queda con la calle porteña. Y cuando la calle deja de ser de todos, la ciudad empieza a perder algo más profundo que un lugar para estacionar. Pierde comunidad, pierde equilibrio y pierde respeto por el vecino.

Palermo Online deja planteada la pregunta que hoy recorre veredas, esquinas y redes sociales: ¿los decks gastronómicos mejoran la vida barrial o se transformaron en otro curro urbano disfrazado de modernidad?

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