el espacio público
La gestión de Jorge Macri empieza a quedar bajo la lupa por una percepción cada vez más extendida: la limpieza urbana dejó de ser prioridad real y pasó a ser relato. Entre recortes, tercerizaciones difusas y controles que no aparecen, la ciudad acumula basura más rápido de lo que la retiran. Palermo, que supo ser vidriera, hoy expone el problema sin maquillaje. Lo que antes era mantenimiento constante, ahora parece abandono administrado. Y en la calle, la sensación es clara: nadie está manejando el volante.
En las últimas semanas, el barrio de Palermo volvió a convertirse en un campo de batalla urbano donde conviven gastronomía, negocios nocturnos y una creciente tensión vecinal. La discusión ya no es solo estética ni ideológica: es concreta, cotidiana y, para muchos vecinos, directamente insoportable. Basura acumulada, ratas, ruido nocturno y veredas invadidas son parte de un combo que empieza a hacer ruido en redes y en la calle.
El eje del conflicto gira en torno a los decks gastronómicos, esas estructuras que avanzaron sobre la calle durante la pandemia y que, lejos de desaparecer, se consolidaron como una extensión permanente de bares y restaurantes. Lo que en su momento fue una solución de emergencia, hoy es visto por muchos como una apropiación del espacio público sin control real.
Vecinos de distintas zonas de Palermo denuncian que debajo de estos decks se acumula basura, restos de comida y suciedad que generan un ambiente propicio para plagas. Las ratas —según describen— ya no se esconden: circulan con total naturalidad, “bien alimentadas”, como ironizan algunos residentes. El problema deja de ser anecdótico cuando se vuelve sanitario.
A esto se suma otro punto caliente: el ruido. Mientras algunos defienden los decks porque generan trabajo y movimiento económico, otros remarcan que el costo lo pagan los vecinos que no pueden dormir. “Un auto estacionado no hace ruido a las tres de la mañana”, señalan en redes, marcando una diferencia clara entre el uso tradicional de la calle y esta nueva lógica nocturna.
También aparece la discusión sobre la circulación. Mozo con bandeja, mesas sobre la vereda, peatones obligados a esquivar obstáculos. El espacio público, en teoría de todos, empieza a fragmentarse en función de intereses privados. Y ahí es donde el conflicto escala: ya no se trata solo de suciedad o ruido, sino de quién tiene derecho a la calle.
En este contexto, las críticas apuntan directamente a la gestión del jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri. La acusación es clara: falta de control, ausencia de mantenimiento urbano y una ciudad que, para muchos vecinos, se está degradando en tiempo real.
Porque el problema no es solo el deck. Es lo que representa. Es la sensación de desorden, de reglas que no se cumplen, de un Estado que mira para otro lado mientras el espacio público se convierte en tierra de nadie. Palermo, que supo ser símbolo de renovación urbana, hoy muestra otra cara: la de un barrio saturado, sucio y tensionado.
La pregunta, incómoda pero inevitable, queda flotando en el aire porteño: ¿esto es desarrollo o descontrol? ¿Es crecimiento o abandono maquillado de modernidad?
Mientras tanto, las ratas siguen engordando. Y los vecinos, perdiendo la paciencia.
