Mientras muchos dirigentes siguen encerrados en estudios de televisión hablando de “mercados”, “riesgo país” y planillas de Excel, los secundarios volvieron a hacer algo profundamente argentino: salir a defender la educación pública poniendo el cuerpo. Esta semana, estudiantes del Nacional Buenos Aires y del Carlos Pellegrini tomaron sus colegios en rechazo al ajuste educativo y al vaciamiento presupuestario que atraviesan universidades y escuelas públicas bajo el gobierno de Javier Milei.
Y la imagen tiene algo simbólico. Porque otra vez fueron los más jóvenes quienes dijeron “hasta acá”. Otra vez los pibes entendieron antes que muchos adultos que cuando se destruye la educación, lo que se destruye en realidad es la posibilidad de tener futuro.
“Nos cansamos de ver cómo ajustan todo menos a los ricos”, comentó un estudiante del Pellegrini durante una de las asambleas realizadas dentro del colegio. Otro alumno del Nacional Buenos Aires fue todavía más directo: “Nos quieren acostumbrar a sobrevivir y no a vivir. Estudiar tendría que servir para crecer, no para terminar manejando una app de reparto por monedas”.
Las tomas comenzaron luego de debates estudiantiles donde se decidió ocupar los edificios con permanencia activa, clases públicas y actividades abiertas. La protesta apunta al incumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario y al deterioro general del sistema educativo nacional.
Pero debajo del reclamo presupuestario aparece algo mucho más profundo: el enojo generacional. Hay adolescentes que crecieron viendo cómo sus familias pierden poder adquisitivo, cómo suben los alquileres, cómo desaparecen trabajos y cómo la política económica convierte cualquier proyecto de vida en una carrera de obstáculos permanente.
Y en ese contexto, Javier Milei empieza a transformarse para muchos jóvenes en el rostro de una frustración social cada vez más grande. Porque detrás del discurso libertario de la “libertad”, miles de estudiantes sienten que lo único que se está liberando es el mercado para que los poderosos hagan negocios mientras las mayorías ajustan su vida cotidiana hasta límites absurdos.
“No queremos una Argentina donde estudiar sea un privilegio para pocos”, expresó una estudiante durante una actividad pública frente al colegio. Y esa frase resume bastante bien el clima que empieza a respirarse en muchos sectores juveniles.
El gobierno libertario apostó durante meses a instalar la idea de que toda protesta estudiantil es “adoctrinamiento” o militancia partidaria. Sin embargo, la realidad parece más incómoda: muchos de estos chicos nacieron mucho después del kirchnerismo fuerte, crecieron consumiendo redes sociales, escuchando discursos anti política y viendo fracasar a casi toda la dirigencia argentina. Y aun así decidieron organizarse.
Algo pasa cuando incluso una generación criada entre TikTok, ansiedad y laburos precarizados decide dejar el celular un rato para ir a dormir a un aula fría defendiendo la educación pública.
La historia argentina tiene memoria de sobra sobre esto. La Reforma Universitaria de 1918 nació de estudiantes. Las grandes movilizaciones democráticas también tuvieron jóvenes adelante. Y hasta en las peores épocas del país, cuando el miedo paralizaba a muchos adultos, siempre aparecieron pibes dispuestos a discutir el orden establecido.
Por eso las tomas generan tanto nerviosismo político. Porque cuando la juventud se mueve, la sociedad empieza a mirarse al espejo.
Mientras tanto, docentes universitarios también anunciaron paros y medidas de fuerza denunciando pérdida salarial y crisis presupuestaria. El conflicto ya dejó de ser aislado y empieza a convertirse en una postal nacional del desgaste social que atraviesa el gobierno de Milei.
En barrios porteños como Palermo, Colegiales, Caballito o Almagro, muchos padres observan el fenómeno con preocupación pero también con cierta admiración silenciosa. Porque, guste o no, hay algo potente en ver adolescentes defendiendo la educación pública mientras gran parte de la dirigencia adulta parece resignada, agotada o directamente entregada.
Palermo Online como juez, el periodista como fiscal y el público como jurado. La pregunta ya empezó a caminar sola por las calles de Buenos Aires: ¿serán estas tomas apenas una protesta pasajera o el comienzo de una nueva generación que decidió dejar de callarse frente a un gobierno que muchos consideran cada día más cruel, más insensible y más desconectado de la vida real?
