Pabellón Centenario de Buenos Aires
El Pabellón Centenario vuelve a respirar: Palermo recupera una joya que promete convertirse en nuevo faro turístico de Buenos Aires
Durante años fue apenas un rumor urbano, una silueta oxidada que algunos curiosos lograban espiar desde la terraza de un hipermercado en Avenida Dorrego, como si se tratara de una postal clandestina del pasado. El Pabellón Centenario de Palermo, último vestigio en pie de los edificios levantados para los festejos de 1910, dejó de ser una ruina olvidada para convertirse, finalmente, en una obra en marcha que empieza a reescribir su destino dentro del mapa turístico de la Ciudad de Buenos Aires.
Lo que durante décadas fue abandono, grietas abiertas, hierro expuesto y vegetación creciendo sobre los muros, hoy está atravesado por una escena completamente distinta: estructuras de andamiaje envolviendo la cúpula, equipos técnicos trabajando sobre ornamentos históricos y una intervención que, por primera vez en mucho tiempo, no responde a promesas sino a una obligación concreta surgida de un fallo judicial que ordenó su recuperación integral. La responsabilidad recae sobre la empresa concesionaria del predio, en articulación con organismos patrimoniales del Estado, bajo la supervisión de la Comisión Nacional de Monumentos, en un proceso que combina ingeniería, restauración arquitectónica y arqueología urbana.

Pero para entender el peso de lo que está ocurriendo hoy, hay que volver a 1910, cuando Buenos Aires era una de las diez ciudades más importantes del mundo, con más de un millón de habitantes y una economía que crecía al ritmo del modelo agroexportador. En ese contexto, el Estado argentino decidió celebrar el Centenario de la Revolución de Mayo con una serie de exposiciones internacionales que buscaban mostrar al país como potencia moderna. En Palermo, sobre terrenos que hoy ocupan el Regimiento de Patricios y el complejo comercial de Avenida Bullrich y Dorrego, se levantaron pabellones dedicados al transporte, la industria y la tecnología, entre ellos esta pieza singular diseñada por el arquitecto francés Pedro Vinent, con una impronta estética que mezcla el academicismo europeo con elementos de la Secesión vienesa y el Art Nouveau.
A diferencia de las construcciones de La Rural, que lograron sobrevivir y adaptarse al paso del tiempo, el conjunto de pabellones de transporte fue desmantelado casi en su totalidad, quedando el Centenario como una especie de sobreviviente incómodo, sin función clara, sin acceso público y progresivamente degradado por la falta de mantenimiento. Durante décadas, su estructura metálica quedó expuesta a la intemperie, los pisos desaparecieron casi por completo, los vitrales se rompieron, los revoques cayeron y las esculturas que coronaban la cúpula fueron retiradas, dejando al edificio reducido a un esqueleto de hierro y mampostería.
Hoy, ese proceso empieza a revertirse con una intervención que no busca “maquillar” el edificio, sino devolverle su integridad material y simbólica. Se está trabajando sobre la consolidación estructural de las columnas de hierro, la recomposición de muros originales, la recuperación de ornamentos y la reinstalación de las esculturas que históricamente rodeaban la cúpula, piezas que fueron reproducidas a partir de registros y estudios previos para respetar la fidelidad histórica del conjunto. La restauración se realiza con materiales compatibles con los originales, aplicando técnicas que respetan los sistemas constructivos de comienzos del siglo XX, evitando cualquier intervención invasiva que altere su identidad arquitectónica.
En paralelo, equipos especializados avanzan con relevamientos arqueológicos que permiten identificar fragmentos originales reutilizables y documentar cada etapa del edificio, entendiendo que no se trata solo de recuperar una estructura, sino de reconstruir un capítulo entero de la historia urbana de Buenos Aires.
Lo que empieza a tomar forma no es solamente un edificio restaurado, sino un nuevo punto de atracción dentro del circuito turístico de Palermo, un barrio que en los últimos años consolidó su identidad a partir de la gastronomía, el diseño y la vida nocturna, pero que todavía tiene una deuda pendiente con su patrimonio histórico menos visible. El Pabellón Centenario aparece, en ese sentido, como una oportunidad única: un espacio que puede articular memoria, arquitectura y cultura en una zona donde conviven el Hipódromo, La Rural, los Bosques de Palermo y algunos de los polos comerciales más importantes de la ciudad.
El proyecto contempla su apertura al público con un perfil cultural, posiblemente vinculado a exposiciones, actividades institucionales y recorridos históricos, lo que permitiría integrarlo de manera definitiva al tejido urbano, sacándolo de ese limbo en el que estuvo durante décadas, oculto detrás de un supermercado y fuera del radar de la mayoría de los porteños.
Hay algo profundamente simbólico en este renacer. Porque el Pabellón fue concebido en un momento donde la Argentina se pensaba como una nación en expansión, abierta al mundo y orgullosa de su desarrollo, y terminó convertido en una ruina silenciosa en un país que durante años pareció olvidarse de cuidar lo que construyó.
Hoy, entre andamios y restauradores, vuelve a ponerse de pie.
Y Palermo, que siempre mira hacia adelante, empieza también —aunque sea un poco— a mirar hacia atrás.
Un poco de historia del Pabellón Centenario
En 1910 Buenos Aires era el conglomerado urbano más grande de América Latina, con al rededor de 1,2 millones de personas y a su vez en el top 10 de ciudades del mundo, en el 8vo puesto, gracias a la riqueza que el modelo agroexportador había generado desde 1810.
Como capital de la aún joven República Argentina en el punto más alto de su expansión económica, la ciudad creció rápidamente gracias a una serie de oleadas de inmigración de europeos, principalmente de italianos y españoles.
De la mano de este crecimiento, empezaron a presentarse en el espacio público conflictos sociales diversos, ya que el desarrollo no llegaba a todos por igual. Y gracias a ese mal estar de un amplio sector de la población, parte de los festejos del centenario se hicieron bajo estado de sitio.
En 1910, para la celebración del primer centenario de la Revolución de Mayo, se hicieron en Buenos Aires una serie de exposiciones internacionales de gran relevancia. Entre ellas se encontró la que tuvo lugar en el actual predio de La Rural en Palermo, dedicada a la Agricultura y a la Ganadería, que dejó como legado una serie de bellísimas construcciones que aún siguen en funcionamiento.
No corrieron la misma suerte las obras de lo que fue la Exposición de Ferrocarriles y Transportes Terrestres, realizada en los terrenos donde hoy funcionan el Regimiento de Infantería 1 Patricios y el hipermercado Jumbo.
Entre las cosas olvidadas de aquel centenario, como el pabellón, también se oculta el hecho de que cumplíamos un siglo como nación que declaró su libertad pero que a su interior no profesaba la misma libertad. Más allá de los conflictos civiles que se terminaron de zanjar en 1880, lo cierto es que no había libertad para elegir a los representantes. Ni mucho menos ser uno.

Fotos de como se encontró el Pabellón Centenario de Buenos Aires, antes de la reconstrucción































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