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Palermo entre dos poetas: Carriego, Borges y el barrio en construcción

Palermo entre dos poetas: Carriego, Borges y el barrio en construcción

Entre 1899 y 1912, mientras el país tambaleaba entre modernización y desigualdad, Buenos Aires se agrandaba al ritmo de sus adoquines y sus mitos. En ese cruce exacto, entre conventillos de chapa, salones literarios y duelos de compadres, Palermo vio nacer a dos cronistas del alma porteña: Evaristo Carriego y Jorge Luis Borges.


Una ciudad que se inventaba a sí misma

La Argentina de fines del siglo XIX era una máquina ambiciosa de crecimiento. En 1899, cuando nació Borges, gobernaba Julio Argentino Roca en su segundo mandato. La economía giraba en torno a la exportación de carne y cereales, sostenida por el modelo agroexportador que hacía de la oligarquía terrateniente la dueña del país. Pero no todo era campo y poder: Buenos Aires era una olla a presión de inmigrantes, obreros, anarquistas, peones y niños descalzos.

Para cuando Carriego murió, en 1912, ya gobernaba Roque Sáenz Peña, el autor de la ley que llevaría su nombre y que recién empezaría a ampliar el derecho al voto. La ciudad se llenaba de tranvías eléctricos, mientras el Palacio del Congreso, el Teatro Colón y los palacios de Avenida Alvear coronaban el sueño de París en el sur.

Sin embargo, en Palermo, todavía se sentía el olor a tierra mojada, a gallina, a empedrado. Ese era el universo de Carriego y el patio de juegos de Borges.


Carriego: el poeta que no iba a los banquetes

Evaristo Carriego no tenía el refinamiento de la elite porteña. Vestía sencillo, caminaba por Honduras y Borges, y conversaba con vecinos, compadritos y mujeres del barrio. Fue parte del Café de los Inmortales, donde se cruzaban anarquistas, periodistas y artistas del bajo fondo. Era amigo de Rubén Darío y de Leopoldo Lugones, aunque su poesía no hablaba del cisne ni del mármol, sino de la costurerita del conventillo y del cuchillero que moría por honor.

Mientras en los salones del Jockey Club se brindaba por la República, Carriego escribía:

“Poeta de las cosas humildes:
de la modistita que se enamora,
del guapo que canta en la esquina
y del barrio que no figura en los mapas.”

Murió joven, a los 29 años, de tuberculosis, en una Buenos Aires donde el obrero aún no tenía obra social y el tango no se bailaba, se lloraba.


Borges: el niño con biblioteca y daga

Borges, en cambio, nació en una familia ilustrada y vivió su infancia en Serrano y Guatemala, cuando Palermo todavía era un barrio de arrabales. Su padre, anarquista lector de Spencer y Schopenhauer, le enseñó inglés antes que castellano. Su mundo era un híbrido: por un lado, los clásicos; por otro, la mitología barrial de compadres, cuchilleros y orilleros. A los 9 años, escribió su primer cuento. A los 12, leía a Dante en italiano.

Mientras la elite construía palacios en Barrio Norte, el joven Borges cruzaba Palermo con la mirada atenta. Y si bien su familia viajó a Europa, él nunca dejó de volver, en la memoria, a ese barrio de pasajes oscuros y valentía absurda. Escribió después:

“Nada se construye en la ternura como un barrio,
y nada se recuerda tanto como su sombra.”


Una Buenos Aires de cuchillos y candelabros

A nivel urbano, mientras Carriego escribía sus poemas, se inauguraban las galerías Pacífico, se planificaba el subte A (inaugurado en 1913), y la ciudad ganaba altura con los primeros edificios de renta. Palermo, sin embargo, seguía siendo un suburbio. En los baldíos se batían a duelo, en los zaguanes se cantaba el tango sin orquesta, y en las fondas se discutía de política al grito pelado.

La ciudad se dividía entre la arquitectura de la gloria y las casas bajas del dolor. Borges y Carriego, cada uno desde su vereda, captaron ese pulso: el de una Buenos Aires rota y espléndida, que se soñaba europea pero sangraba criolla.


Una foto que resume una herencia

Años después de la muerte de Carriego, Borges regresó a su casa, ya convertida en museo, y se tomó una foto frente a la puerta. Estaba ciego, pero no necesitaba ver para reconocer ese umbral. Esa imagen resume el cruce entre dos épocas, dos clases, dos lenguajes. Carriego puso el oído en el barrio. Borges lo hizo eterno.


¿Qué nos dice Palermo hoy?

Hoy, entre cervecerías artesanales y locales de diseño, todavía hay esquinas que murmuran. El tango suena en algún living. Y si uno presta atención, puede sentir que la sombra de Carriego aún ronda Honduras, y que Borges sigue caminando por la calle que lleva su nombre, a la espera de que alguien lo lea con la misma pasión con que él leyó al barrio.


¿Y vos, qué Palermo llevás en el corazón?

¿Sos más Carriego, de fonda y esquina, o más Borges, de biblioteca y daga? ¿Qué historia del barrio te gustaría contar?
Escribinos a info@palermonline.com.ar y ayudanos a seguir narrando esta ciudad sin final.