Petiteros

Petiteros y cajetillas del Petit Café: “Los años lo­cos”.

Petiteros porteños

El “Petit Café” era una confitería tradicional del Barrio Norte. Estaba situada en Santa Fe pasando Callao, más precisamente en Santa Fe 1820, en “la gran vía del norte”, según era costumbre decir. Se inauguró a fines del siglo XIX y perdurará hasta la década del setenta.

La confitería era de estilo art-déco; disponía de dos salones amplios con grandes espejos, columnas de mármol, aplicaciones de hierro forjado, bronces y tulipas. Las mesas eran de mármol veteado, sobre las que se apoyaban grandes ceniceros de quebracho, y las sillas de cuero, comodísimas. Al fondo estaba la peluquería para caballeros. En un tiempo se consumieron “chatos” de cerveza, los proverbiales sándwiches triples, los canapés, y en los cuarenta y cincuenta está de moda beber Cuba-libre, o claritos cuando toca ostentar ante el mozo de la “Meca” de Santa Fe y Callao.

Persona elegante que frecuenta ambientes elegantes: el Petit Café (Santa Fe 1820), paradigmáticamente, desde comienzos de siglo y hasta el primer peronismo. El petitero usaba blazer azul, ropa ceñida (equivale al metrosexual de nuestros días). El vocablo, en desuso.

Persona que manifiesta gustos propios de la clase social acomodada. Petiteros se llamaba a los que concurrían, vestidos muy a la moda, al Petit Café que estaba en Santa Fe y Callao.

Por los años ’40 y ’50, el Petit Café llegó a convertirse en un reducto antiperonista por excelencia. Se dice que allí se reunían los opositores para complotar contra el gobierno. Con decirle que no salvó de la quema de locales opositores ocurrida en abril de 1953.

“Los años locos”, los “roaring twenties” de los norteamericanos, invadieron todos los países y les imprimieron el sello de lo atrevido, lo novedoso, lo sorprendente. En Buenos Aires comenzó a vivirse la euforia de los placeres, como si aquellos muertos no contaran. La consigna era divertirse y adoptar las nuevas modas, reconstruyendo los vínculos con la lacerada Europa y los Estados Unidos y tratando de adoptar lo que embellecieron la vida.

En 1922 el país contaba con una población de 9.190.923 habitantes; la Capital Federal ya concentra casi 1.8 millones de habitantes. Las vías ferroviarias cubren 43.024 kilómetros, mientras que por las calles porteñas maniobran 6853 autos particulares, 7.176 autos de alquiler; 75 ómnibus y 1824 camiones. En menos escala, 700 motocicletas. Y en el campo transitan ya unos 200 tractores.

Cuenta el diario Época:  El origen de la frase acuñada por Macoco data de comienzos de los años 20. “Los jóvenes de la alta sociedad de Buenos Aires gastan mucho dinero en cabarets y se divertían tirando manteca al techo usando sus cubiertos como catapultas. La idea era competir para ver quién era capaz de dejar pegados más pedazos de manteca o cuál de ellos se mantenía adherido por más tiempo, ganando también el que más tiraba provocando luego la caída de las bailarinas que patinaban con la manteca cuando ésta se caía al piso.

También gozaban cuando algún fragmento grasoso se despegaba y caía sobre un cliente desprevenido. Esta práctica absurda pero real era propia de los llamados cajetillas o petiteros. Cajetilla proviene de España, donde significa paquete de cigarrillos, sólo que toma el sentido que suele darse a paquete para indicar algo muy arreglado, prolijo o de buen gusto. En tanto que los petiteros eran los que frecuentaban el famoso y exclusivo café «Petit París”, sobre la calle Santa Fe, frente a la actual Plaza San Martín.

Hijo del Petit Café que le diera nombre y vida, el petitero fue un personaje sin igual de los porteños años ’40.

El lunfardo supo someter a los sujetos de su especie, el “petitero” asomó al argot porteño por excelencia luego de que el “cajetilla”, el “fifí” y el “pituco” hicieran lo propio. Linda seguidilla de vocablos con los que referir a un tipo de clase inconfundible: rostro afeitado, buena pilcha, mejores modales, altas aspiraciones. Nada de rudezas ni guapeadas, que para ello ya están los compadritos del sur. Aquí, en el norte, la hombría es otra cosa. Aunque, claro está, más de uno se la haya tomado para la chacota. La pregunta es,

El Petit del petitero

Avenida Santa Fe al 1820, ese fue el sitio elegido por los catalanes que, allá por 1926, fundaron el llamado “Petit Café”. Una confitería que, desde el comienzo, pareció vérselas peludas. Pues menuda disputa fue la que protagonizó con la imponente vecina. Erigida exactamente en la esquina de Santa Fe y Callao, en la vereda opuesta al Petit Café, la confitería del Águila supo ser reducto de la vieja guardia porteña, esa que discutía asuntos de Estado, artes y otras rigideces; mientras los canosos camareros consentían sus caprichos de menú ya conocidos. ¿Qué quedaba, entonces, para el Petit café? Con sus dos amplios y espejados salones, sus columnas de mármol, sus apliques de bronce y hierro forjado, y sus tulipas, este café tuvo su propia e indiscutida clientela. Quien acudía a las mesas de mármol veteado del Petit Café eran los elegantes jóvenes del momento. Sí, señores. ¡Habemmus petiteros!

Petitero en expansión

El frecuentar el Petit Café otorgaba chapa de petitero, sí. Pero el asunto no terminaba allí. Petitero no se nace, se hace. ¿Quiere saber cómo?  Por lo pronto, comience por la estampa: “Petitero, con pullover y de saco con tajitos / Con zapatos mocasines / ¡Y con camisa de orión!” Como anillo al dedo supieron calzarle al petitero los versos del tango homónimo. Al parecer, la pluma de Cammarota, Libreto y Lipesker ya lo tenía bien junado. “¡Petiteros mariones!” Que no se diga… ¿Acaso la estrechez atenta contra la hombría? Pues fíjese que el Don iba todo entalladito, tanto en su saco como en sus pantalones. Infaltables mocasines de remate, y un toque de distinción otorgado por las trabitas colocadas en el redondo cuello de la camisa. Lo que se dice, un “nene bien”. ¿Y la cabellera? La clásica desprolijidad prolija, pues en el look del petitero de ley, nada está librado al azar. “¡Petitero! /Tu melena ensortijada /Justo para la cachada / Es cordial invitación”. En especial, si de los engominados guapos del sur se trataba. Porque, déjeme decirle, el petitero cobró un carácter tal que bien supo trascender los muros del Petit Café que lo viera nacer. Eso sí, para dársela de petitero, había que tener con qué (especialmente, unos cuantos morlacos y una distinción mamada de cuna). De allí que, en su intento de pertenecer al círculo, más de un imitador haya quedado en off-side. “Vos te creés que yo no sé / Que vivís lejos del centro, / Pero andás ancho y contento / En Callao y Santa Fe…”

Cultura “petitera” Un gorila de naciemiento.

¿El look ?  Ser petitero tenía implicancias menos superfluas, como ser: simpatizar con el rugby -aunque ni jota de su reglamento supiera-, afinar su oído con el jazz y grandes bandas del swing, y gastar la pista con una señorita acorde a puro bolero. Nada de tango ni milonga, que eso es cosa populacha. Y hablando de Roma, si es que alguno  simpatizaba con el “fulbo”, de ningún modo lo haría con el club de la ribera. ¿Bostero? Nunca. ¿Peronista? Jamás. Todo cuanto tuviera acento norteamericano sonaba mejor. Porque, desde luego, el petitero hablaba inglés -o, al menos, hacía el intento- y demás “idiomas” que nunca se sabía cuáles eran, pero que él aseguraba dominar. Sin dudas, una joyita de alto brillo para las refinadas jovenzuelas. Imagíneselas, con la ñata contra el vidrio del Petit Café, prontas para pispear a los auténticos petiteros -reducido y selecto grupo, unos pocos conocidos- relatar sus epopeyas, enrostrarse entre sí las distinguidas fiestas a las que acudían, sus conquistas en los balnearios del norte bonaerense.

La debacle

¡Qué valiosa especie la suya! Y qué pecado su peligro de extinción. A fin de cuentas, si el grupo no se amplía…Bienvenidos sean los mentados imitadores, más no fueran una grotesca versión de los originales. Ocurre que el número no hace a la calidad; y de tanto petitero suelto, no tardaron en aparecer los intentos de liderazgo: petiteros que asomaban su cabeza por sobre los otros para comandar la manada. Vea usted, la de escándalos que se suscitaron. Con decirle que no faltó hasta quien se atreviera a entrar de a caballo al Petit Café. ¿Qué tal? No me diga nada, está pensando que esto fue sólo el anticipo de la debacle. Y está usted en lo cierto. Para colmo, la desvirtuada masificación de petiteros se vio alimentada por la popularidad de sus famosos trajes de tres botones. Bastaba con darse una vuelta por la tienda “La Avispa” para hacerse de uno, y a precio ganga. ¡Así no se puede!

Ya desvirtuado el asunto, y transcurridos los dorados años ’40 (década cúspide para los petiteros), la sentencia final fue decretada por el propio semillero: en 1973, el Petit Café cerró sus puertas. Fin de la función petitera, pero no así de su locuaz recuerdo. Si más de uno continuará divirtiéndose a su costilla… Y no ha de faltar sobreviviente que rememore su pasado con hidalguía: “¡Petitero!, al mirarte las mujeres te sonríen / los muchachos se te ríen / no comprenden tu valor! / ¡Ellos no están en la onda / y se burlan de la moda, / mientras vos tomás con soda / tu cremita con café!…”

UNA HISTORIA SIGNIFICANTE
A grandes razgos, en su larga historia, la confitería fue una parte significativa de la vida de la ciudad. En un primer sentido, en la existencia circular del barrio, privilegiado y elegante. Aún lo es, aunque para muchos no es ni la sombra de lo que fue. Se dice que el barrio está en decadencia. En segundo lugar, el “Petit Café” emblematizó la opinión de los argentinos. Ha sido un símbolo, y por dicho carácter debió pagar las consecuencias. En los años cuarenta y cincuenta, cuando el país estaba duramente dividido entre peronistas y antiperonistas, adquiere resonancia nacional. La opinión pública, el gobierno de Perón y Evita, la oposición, etcétera, lo visualizan como uno de los baluartes del antiperonismo. Allí, se comentaba, se reunían los opositores, los contras; allí concurren los jóvenes antiperonistas, los oligarcas y los pitucos del Barrio Norte a hablar mal del Gobierno, y para complotar. Tal es así, que en la noche del 15 de abril de 1953 el “Petit Café” fue incendiado intencionalmente y saqueado; los bomberos aparecieron varias horas más tarde. Ese 15 de abril fue un día salvaje, que debe llenar de vergüenza a los unos y los otros. Se pusieron bombas en un acto peronista en la Plaza de Mayo, se incendiaron locales de partidos políticos, la Casa del Pueblo entre ellos, y el Jockey Club de la calle Florida.

PERSONAJES Y CULTURA
Al “Petit Café” van los petiteros, así se les denomina, y la moda se extiende a los barrios. Al petitero lo condiciona la vestimenta, y en los barrios es una imitación  –por lo tanto exagerada y falsa– de la cultura vestimenta masculina de la clase media alta. El petitero advenedizo de los barrios de clase media o de las zonas populares, remeda a los “niños bien” del Barrio Norte. Veamos la vestimenta: el saco debe ser con dos tajitos y tres botones (“dos tajitos/ tres botones/ petiteros maricones”). Es decir, justo, derecho, corto, apretado, comprimido. El pantalón, de acuerdo con el saquito, también será estrecho, a veces sin botamanga. En el calzado se imponen los mocasines, la corbata de lana de un solo color o de tipo escocés, el nudo tradicional, y el cuello de la camisa, de ser posible redondo, se le encaja la “trabita”, brete que obliga al que la usa a una incómoda posición de “firme”. El uniforme del petitero es el blazer azul y el pantalón gris, símil del atuendo de los colegios privados del Barrio Norte, Belgrano, Devoto, San Isidro. En invierno usa sweter celeste o amarillo.

La cultura petitera es una parodia de aquello que se considera “bien” o bian, según se hable. Es de rigor que el petitero sea antiperonista, jamás hincha de Boca, afecto al rugby (aunque más nos sea sentimentalmente) y a todo lo que sea “americano”. Debe bailar exclusivamente jazz y algún bolero, muy apretado, con las chicas de la barra. El petitero es cursi, haciendo grave el tono de la voz (habla con la papa en la boca), adoptando un andar de brazos caídos a lo largo del cuerpo, levemente inclinado hacia delante, sin arrastrar los pies. Aspira al tipo de semi intelectual, pues para el petitero un libro bajo el brazo también viste. Parlotea inglés e “idiomas”, es candidato a estudiar abogacía y se peina con fijador, bien estirado, exhibiendo un semblante sin barba y sin bigotes. Además es misero: proviene de colegios religiosos o anda cerca de las parroquias.

LOS QUE LO FUERON ANTES
Aunque el “Petit Café” de Santa Fe y Callao ha desaparecido, aún quedan petiteros, mejor dicho, ex petiteros en el Barrio Norte. Redondean los setenta años. Claro, no se visten de la manera distintiva  de entonces ni caminan de ese modo amanerado, pero no se olvidaron los pequeños detalles de los tiempos idos, sea en el blazer azul, los mocasines, los peinados. Y, para asombro de la metamorfosis, algunos, en su momento, se hicieron menemistas.

Una moda masculina que alborotó la sociedad de los años cincuenta


¿Cómo vestían los Petiteros?
El uniforme del petitero es el blazer azul y el pantalón gris, símil del atuendo de los colegios privados del Barrio Norte, Belgrano, Devoto, San Isidro. En invierno usa sweter celeste o amarillo.

Para algunos fue apenas una moda masculina: ajustados sacos cortos con dos tajitos, solapas breves, tres botones -necesariamente de gabardina beige en verano-, camisas de cuello redondo para traba, y puños para gemelos, zapatos con hebilla y mocasines, todo a medida. Fue la indumentaria de los vanguardistas que militaron en esa pituca tendencia que alborotó a la femenina sociedad porteña de los años cincuenta: se los consideró seductores emblemáticos e invitados imperdibles para las mejores fiestas. Su identidad no se ciñó a la vestimenta, sino a otros perfiles costumbristas encumbrados, aunque los petiteros no fueron originarios de la aristocracia nativa. La vestimenta, los lugares de lucimiento, el copetín, la tertulia y los deportes que eligieron como postas de conquista romántica y reclutamiento para fiestas coincidían con los de cierta alcurnia.