Calle Vidt y el jubilado

Un jubilado, un setter y la calle Vidt

El hombre que pasea la historia: crónica de Lord Byron, un setter irlandés, y su jubilado peronista en la calle Vidt

Sección: Periodismo Barrial – Palermo Online Noticias


Hay calles que no figuran en los mapas de la historia pero que la respiran. La última cuadra de la calle Vidt, entre Santa Fe y Arenales, en el corazón de Palermo, parece ajena al siglo XXI. Y sin embargo, ahí camina, cada tarde, un hombre que vivió todos los siglos. Don Ernesto, 94 años, bastón con mango de bronce, boina gris y voz de tanguito apagado. A su lado, Lord Byron, un setter irlandés con andar filosófico y pelaje color caoba, como si la niebla de Londres lo hubiera escoltado hasta Buenos Aires.

Nadie sabe bien quién es. Pero todos lo saludan. Porque Don Ernesto es parte del paisaje, sí, pero también parte del país. Como un árbol que fue plantado en otro tiempo y todavía da sombra en este.


Un pasaje, un escenario

La calle Vidt termina en un pasaje breve y elegante, donde la ciudad parece bajar el volumen. Balcones afrancesados, árboles quietos, persianas bajas. En esa cuadra donde el tiempo se agazapa, Don Ernesto camina todos los días a la misma hora. A veces saluda. A veces murmura canciones de Discépolo. A veces recita a Hernández como quien hace memoria con los pies.

Pero lo que pocos saben es que ese hombre vivió —y no de prestado— cada sacudida de este país.


Una vida entre pancartas, fierros y silencios

Ernesto nació en 1931, en Parque Patricios, hijo de un ferroviario y una costurera. Aprendió a leer en la biblioteca obrera de Constitución. Fue a las marchas de la CGT cuando tenía apenas 13. Y cuando en 1945 los trenes llevaron al pueblo a Plaza de Mayo, él ya estaba en los andenes de Ezeiza, con los zapatos embarrados, esperando a Perón.

“Yo vi cómo llegaba el General. No me lo contaron. Yo estaba”, dijo una vez en la Tintorería Tokio, mientras acariciaba a su perro.

Fue tipógrafo en Barracas, delegado gremial, partícipe de las huelgas del ‘52. Cuando lo echaron con la Libertadora, vendía libros en la estación Pueyrredón. En el ‘73 lo vieron llorar en la esquina de Rivadavia y Entre Ríos. En el ‘76 lo metieron adentro por “agitador gráfico”. En los ‘80 recuperó el sindicato. En los ‘90 resistió con pancarta, aunque ya con bastón. En el 2001 defendió la farmacia del barrio con un palo de escoba. En el 2010 celebró los feriados recuperados. En el 2023 votó con la cédula en la mano temblorosa. Y ahora, en el 2025, sigue caminando Vidt como si fuera su bastión.


Los gorilas del ascensor y la batalla cotidiana

En su edificio viven varios. Jubilados también, pero de otro palo. Los llama “los gorilas del piso 7”. Siempre debaten en el ascensor. Uno fue militar. Otro fue gerente de banco. A veces suben juntos, silenciosos como espías. Ernesto rompe el hielo con ironía: “¿Y? ¿Cómo va la patria contratista?”. Ellos se ríen. Él no.

Dicen que una vez, en plena discusión sobre Evita, el setter ladró. Los gorilas se callaron. “Hasta el perro tiene más conciencia de clase que ustedes”, dijo Ernesto. Y bajó en el cuarto como quien baja un telón.


Lord Byron, el perro con nombre de epopeya

El perro no es cualquier perro. Es un setter irlandés de pura cepa, el tercero que tuvo Ernesto. El primero lo encontró en Constitución en los ‘60. Se llamaba Oesterheld. El segundo, en los ‘90, se llamó Tosco. Este se llama Lord Byron porque, según Ernesto, “la lucha también puede ser elegante”.

Tiene seis años, camina lento, no acepta sobornos de galletitas y duerme a los pies de una biblioteca donde todavía hay volúmenes de Cooke, Walsh y Rodolfo Ortega Peña. Le gusta el tango, odia los fuegos artificiales y no le ladra a los perros chicos: los ignora con dignidad.


Cuidados caninos de un perro con ideología

El perro vive como un príncipe de la clase obrera:

  • Come alimento balanceado de alta gama, mezclado con pollo y zapallo hecho en casa (“Nada de sojas enlatadas, compañero”, dice Ernesto).
  • Lo cepilla tres veces por semana, con una peinilla que heredó de su esposa.
  • Le pone pipeta cada 30 días “porque la pulga es como el gorila: se te instala sin pedir permiso”.
  • Sale dos veces al día: a la mañana para ver el barrio, a la tarde para ver si la memoria sigue viva.

La calle como militancia

“Vidt es mi plaza de mayo en miniatura”, confiesa Ernesto. “La camino como si fuera una bandera”.

Cada árbol es para él un viejo compañero. Cada farol, un testigo. Cada perro que ladra, un cartel de resistencia. Camina lento, sí. Pero camina. A los 94, sigue diciendo que “cuando uno deja de marchar, empieza a morirse de a poco”.


Olor a historia viva

Y así, cada tarde, Don Ernesto baja con Lord Byron por ese pasaje que no sale en las guías. Y mientras camina, la ciudad parece ensancharse un poco, como si hiciera espacio para ese cuerpo que guarda huelgas, encierros, amores y traiciones.

El perro lo acompaña. Los vecinos lo saludan. Los autos lo esquivan. Y Palermo, en silencio, lo escucha. Porque hay calles que no son famosas, pero guardan dentro suyo al país entero en una persona y su perro.