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Milei y la Argentina primarizada

Milei y la Argentina primarizada: del sueño industrial al país en liquidación

Hay gobiernos que piensan la historia como un proceso y otros que la tratan como una subasta. El de Javier Milei pertenece, sin matices, al segundo grupo. Mientras el mundo vuelve a discutir industria, soberanía productiva, cadenas de valor y tecnología, la Argentina avanza en sentido inverso: abre importaciones, desarma fábricas y acepta con docilidad un rol periférico en la economía global.

El proyecto es claro: una Argentina exportadora de materias primas e importadora de todo lo demás. Soja, litio, petróleo y carne. Valor agregado ajeno. Trabajo ajeno. Desarrollo ajeno.
La industria nacional, en este esquema, no es un pilar: es un estorbo.

Las consecuencias ya están a la vista. Despidos masivos, pymes que cierran, parques industriales que se vacían y regiones enteras condenadas a la dependencia. No es una crisis accidental ni una transición mal explicada: es el resultado lógico de un modelo que considera al trabajo argentino un costo y no un activo estratégico.

La Argentina ya caminó este sendero. Lo hizo en los noventa, cuando la apertura irrestricta y la fe ciega en el mercado destruyeron capacidades productivas que llevaron décadas reconstruir. Hoy, Milei repite la experiencia con una diferencia inquietante: ya no promete modernización ni derrame. Promete ajuste perpetuo y obediencia al capital global.

Pero este proceso local no ocurre en el vacío. Está alineado con una lógica internacional más amplia. Y ahí aparece el espejo incómodo.


De Monroe a Donroe: cuando una doctrina histórica vuelve con olor a pólvora

“América para los americanos”.

Con esa frase, en 1823, el presidente James Monroe le habló al mundo. Sobre todo, a Europa. Les marcó un límite: el continente americano no estaba más en venta. Que las potencias coloniales respetaran la independencia de las nuevas naciones.

Estados Unidos era joven. Había nacido en 1776. Pero ya pensaba en grande.

La Doctrina Monroe, en su origen, fue presentada como un mensaje defensivo: sin colonización europea, sin guerras importadas, sin injerencias externas. Washington se autopercibía como garante del orden regional, como hermano mayor del sur. Prometía no intervenir… al menos en el discurso.

La historia, como siempre, torció los ideales.

A comienzos del siglo XX, con Theodore Roosevelt, la doctrina cambió de signo. Estados Unidos se arrogó el derecho de intervenir en América Latina para “corregir” gobiernos e inestabilidades. Nacía el corolario Roosevelt. Desde entonces, la región dejó de ser hermana y pasó a ser “patio trasero”.

Durante la Guerra Fría, con Eisenhower y la teoría del dominó, cualquier país latinoamericano que se desviara del alineamiento con Washington era tratado como una amenaza. Golpes de Estado, invasiones, operaciones encubiertas y dictaduras marcaron a fuego a toda la región.

Tras la caída de la Unión Soviética, la Doctrina Monroe pareció quedar archivada. Hasta que volvió Donald Trump.

Trump la desempolvó acusando a China de meterse en “el patio trasero” estadounidense. En su segundo mandato fue aún más explícito: en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 anunció que Estados Unidos volvería a aplicar la Doctrina Monroe para restaurar su supremacía en el hemisferio occidental.

Pero Trump fue más lejos. La rebautizó.

Tras la captura de Nicolás Maduro lanzó una frase que condensó su lógica de poder:
“La Doctrina Monroe ya quedó chica. Ahora la llaman la Doctrina Donroe”.

Donroe.
Como Donald.
Como Don Corleone.

El politólogo alemán Bernd Greiner lo explicó sin rodeos: suena mafioso porque opera como una mafia. Amenaza, presión, imprevisibilidad, chantaje. No diplomacia. Poder crudo.

Después de Venezuela, Trump mira otros mapas: México, Groenlandia, el hemisferio entero como tablero. La historia como excusa.


Milei: el socio menor de la Doctrina Donroe

En este contexto, la Argentina de Milei no es una anomalía: es una pieza funcional.
Mientras Estados Unidos endurece su política de control hemisférico, Milei hace el trabajo fino: desindustrializa, abre el mercado, entrega el consumo interno a productos importados —principalmente chinos— y resigna cualquier proyecto de desarrollo autónomo.

Trump aplica la Doctrina Donroe con fuerza militar y geopolítica.
Milei la aplica con motosierra económica y sumisión ideológica.

Uno impone.
El otro acepta.

El resultado es el mismo: países debilitados, sociedades fragmentadas y economías condenadas a proveer recursos sin decidir su destino. En nombre de la libertad, se pierde soberanía. En nombre del mercado, se pierde nación.

El núcleo duro: una minoría desarraigada

A pesar del derrumbe productivo y social, Milei conserva un acompañamiento que ronda entre el 30 y el 35 por ciento del electorado. No es un fenómeno inexplicable: es un dato político. Se trata, en gran medida, de un sector que ya no se piensa como parte de la Argentina real. No se reconoce en su historia, no se identifica con su industria, no se siente responsable de su destino colectivo.

Es un segmento social que imagina el país como un lugar de paso, no como una comunidad. Que sueña con irse, con dolarizar su vida, con vivir simbólicamente en otro país aunque siga físicamente acá. La bandera argentina les resulta incómoda; la identidad nacional, un lastre. Prefieren pensarse como “ciudadanos del mundo”, aunque dependan todos los días de las estructuras que desprecian.

Ese núcleo duro no acompaña a Milei pese al ajuste: lo acompaña porque hay ajuste. No ve en la destrucción del Estado, de la industria o del empleo un problema, sino una purga. No concibe el trabajo como valor, ni la producción como orgullo. Nunca vivió de la actividad privada real, nunca sostuvo una pyme, nunca dependió de una fábrica abierta o de un mercado interno activo. Habla de mercado, pero no produce. Habla de esfuerzo, pero nunca arriesgó nada propio.

En ese sentido, Milei no es un error del sistema: es su expresión más descarnada. Representa a un sector antipatria no por odio explícito, sino por desapego absoluto. No quieren una Argentina grande: quieren una Argentina barata, desarmada y funcional a otros intereses, siempre y cuando ellos puedan salvarse individualmente.

El problema no es solo Milei. El problema es la legitimidad social que le dio una minoría ruidosa que decidió abandonar el proyecto nacional sin siquiera irse del país.

La pregunta final no es económica. Es histórica y política:
¿Puede la Argentina ser un país grande si renuncia a producir, a cuidar a su gente y a pensar su propio camino?

Y, sobre todo:
¿quién gana cuando un país se resigna a ser solo proveedor y consumidor, pero nunca protagonista?