El paraíso es un lugar mugriento

Como a un montón de hombres de este planeta, a Max Hoeffner le gustan los autos, los discos, las mujeres tetonas, las películas y los colores cambiantes del cielo.
Max pinta en el ambiente principal de un pequeño chalet en Béccar. Tiene la persiana baja y una lámpara de bajo consumo echa una luz fría sobre su mesa de trabajo y su delirante colección de vinilos de música negra. Su paleta es una especie de cordillera de óleo disecado, y uno siente que casi podría medir las capas tectónicas: un cobalto que usó en 1983, un amarillo de Nápoles del 95…

Max se sienta en una butaca sin respaldo y así debe pasarse buena parte del día, hasta que en algún momento decide ir al club a jugar un poco de pelota-paleta. Es un hombre de las cavernas de modales refinados, y proyecta su paisaje mental technicolor sobre planchas de cartón y madera. El arte rupestre de Max es el de un chico alimentado a base de discos de jazz y cine en continuado, de guitarristas legendarios del Mississippi y de pandillas de gauchos en el corazón de la pampa. Es el atardecer naranja en una calle de Nueva Orleáns y es Pam Grier empuñando un fusil delante de una heladera del tiempo del be-bop. Su materia es tanto el blues como la luz. La atmósfera de sus collages varía entre Berni y el arte de póster, entre las estampas del Samba del Italpark y las ilustraciones musicales de Robert Crumb.

En esas ventanas donde las amazonas de la cultura pop chequean el horno, le dan de comer al gato o se fuman un cigarro mientras la espuma desborda la cocina, Max Hoeffner se recibe de fisgón y nos convierte en partícipes necesarios de sus obsesiones, tópicos que no tienen ninguna cabida en las normativas histéricas del arte contemporáneo. Un paraíso sucio que sigue friéndose a un millón de años blues de casa.

Pablo Plotkin