Pabellon de los Loros en el Eco Parque

La cúpula acebollada del Ecoparque. Pabellón de los Loros

Precioso el edificio de los Loros: del delirio visionario de Boullée al exotismo arquitectónico de Palermo

La cúpula acebollada del Ecoparque no solo decora: narra una historia que arranca en la Francia revolucionaria, pasa por las cárceles ficticias de Piranesi y se proyecta en los sueños colosales de Étienne-Louis Boullée.

Entre las jaulas silenciosas del antiguo Zoológico de Buenos Aires, ahora rebautizado Ecoparque, el Pabellón de los Loros se levanta como un palacio menor, extraño y encantador. Su arquitectura de inspiración morisca, con una fuente central, cúpula vidriada y delicadas mayólicas, no parece hecha para contener aves exóticas, sino para albergar el recuerdo de un mundo que quiso inventarse a sí mismo desde el arte.

Lo que para el transeúnte común puede ser un edificio curioso y colorido, para el observador atento es la herencia viva de una revolución arquitectónica gestada en el siglo XVIII, cuando arquitectos como Boullée, Ledoux y Piranesi dibujaban edificios imposibles para necesidades que ni siquiera existían: zoológicos, cementerios urbanos, observatorios, cenotafios para Newton.

Boullée: el arquitecto de lo imposible

Nacido en París en 1728, Étienne-Louis Boullée fue un arquitecto y grabador del neoclasicismo que despreció los límites constructivos de su época. Educado bajo la tutela de figuras como Jacques-François Blondel y Germain Boffrand, abrazó el clasicismo francés, pero lo empujó hacia una expresión monumental, geométrica y abstracta.

Si bien construyó pocos edificios —el Hôtel Alexandre en París es uno de los pocos que sobrevive—, Boullée se convirtió en una leyenda por sus proyectos nunca realizados, como el Cenotafio de Newton: una esfera de 150 metros de alto, vacía y perfecta, destinada a honrar el intelecto del físico inglés. El diseño incluía efectos lumínicos que simulaban el firmamento estelar dentro del monumento. Fue, literalmente, un templo para el pensamiento.

Estos diseños, tan gigantescos como impracticables, dieron origen a lo que luego se llamó «arquitectura visionaria». Boullée creía que los edificios debían ser expresivos, hablar por sí mismos. A eso lo llamaban, no sin sorna, “architecture parlante”: arquitectura que habla.

Piranesi y las cárceles del cine

Un siglo antes de que Ridley Scott o Christopher Nolan filmaran pasillos infinitos y escaleras que no conducen a ningún lado, Giovanni Battista Piranesi, un grabador italiano, ya había inventado todo eso con su serie de dibujos “Carceri d’invenzione”. No eran cárceles reales: eran visiones de piedra, laberintos mentales que jugaron con la perspectiva hasta rozar el delirio barroco.

Piranesi, como Boullée, fue un arquitecto sin ladrillos. Pero su influencia fue tan profunda que los sets de Hollywood le deben más a él que a Vitruvio. Sus cárceles imposibles fueron modelo para películas, cómics, videojuegos y novelas.

Tipologías para un mundo nuevo

En ese siglo XVIII, los arquitectos comenzaron a inventar tipologías nuevas: ya no diseñaban solo iglesias o palacios, sino espacios para cosas que antes no tenían lugar: zoológicos, museos, cementerios públicos, puentes urbanos, observatorios astronómicos. Fue un gesto profundamente moderno: construir no sólo con ladrillos, sino con ideas.

El Pabellón de los Loros pertenece a esa tradición. Aunque fue construido más de un siglo después, en 1901, como donación del gobierno español, responde al gesto fundacional de Boullée y sus contemporáneos: construir espacios donde el arte, la ciencia y la naturaleza dialogan.

De los cenotafios a los jardines

Boullée diseñó varios cenotafios, estructuras funerarias sin cadáver, que intentaban capturar la eternidad mediante la forma pura. Uno de ellos era un cono truncado, otro una pirámide sin ápice. En su tratado Arquitectura. Ensayo sobre el arte —recién publicado en 1953—, defendía que la arquitectura debía conmover, emocionar, ser sublime. Como un templo sin dios pero con sentido.

“Templo de la muerte, vuestro aspecto debe helar nuestros corazones”, escribió. Su arquitectura buscaba no solo abrigar cuerpos o funciones, sino ideas eternas.

Un legado vivo en Palermo

Hoy, Boullée es reconocido como un precursor de muchas corrientes: del modernismo más austero, del expresionismo arquitectónico, incluso del brutalismo más místico. Su influencia se ve en Le Corbusier, Aldo Rossi y hasta en Peter Greenaway, que le dedicó la película El vientre del arquitecto (1987).

Y aunque sus edificios no fueron construidos, su imaginación se volvió materia. Palermo, con sus pabellones excéntricos, su zoológico transformado en parque ecológico, y sus plazas pobladas de arte urbano, es también heredera de esos sueños.


¿La arquitectura debe ser útil o debe emocionar? ¿Tiene más valor el edificio construido o el imaginado?
En los patios del Ecoparque, bajo la sombra de la cúpula del Pabellón de los Loros, esas preguntas aún revolotean como pájaros sueltos.