Niebla en Buenos Aires

Los ataques de pánico y la ansiedad. Salud mental.

Ansiedad

Salud mental: la pandemia incrementó la ansiedad, el insomnio y las adicciones.

Esos fueron los efectos del aislamiento y la situación socioeconómica generadas por la pandemia, según coincidieron especialistas en el marco del Día Mundial y Nacional de la Salud Mental.

El aislamiento y la situación socioeconómica generadas por la pandemia, así como la incertidumbre frente lo que podía suceder con el coronavirus generó un aumento en la cantidad y gravedad de sufrimientos psíquicos y síntomas como insomnio, ansiedad y adicciones, coincidieron el jueves especialistas de cara al Día Mundial y Nacional de la Salud Mental que se conmemora el 10 de octubre.

«La situación de pandemia produjo un aumento del sufrimiento mental y sintomatología como consecuencia de la alteración de la vida cotidiana, la presencia de la muerte, las pérdidas, que requirieron un esfuerzo adaptativo muy importante de las personas que se enfrentaron a muchos duelos; no sólo por muertes, sino también por proyectos que no pudieron realizarse o pérdidas de trabajo», indicó la psicóloga Alicia Stolkiner.

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Stolkiner, profesora titular de Salud Pública y Salud Mental de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), señaló que «la aparición de cuadros y síntomas no se reduce a lo tradicionalmente definido como psíquico, como ansiedad o insomnio, sino que también aumentó por ejemplo el bruxismo como consecuencia de la tensión al dormir o enfermedades de la piel o autoinmunes, de origen psicosomático».

En el mismo sentido, Ricardo Corral, médico psiquiatra asistencial y presidente de la Asociación Argentina de Psiquiatras (AAP), afirmó que «la pandemia incrementó la cantidad y gravedad de los cuadros de salud mental porque generó temores y preocupación en toda la población con un impacto diferente según la pre-existencia de cuadros y la convivencia con personal vulnerables frente al virus».

«Por otro lado, en el caso de pacientes que ya tenían patologías psiquiátricas, muchos no tuvieron acceso a consultas, controles y tratamientos como sucedió con otras patologías, por lo cual tuvieron un agravamiento de sus cuadros», agregó.

En este sentido, Corral, quien es además jefe de Docencia e Investigación en el Hospital Borda, señaló que ese central asistencial «hemos tenido reingresos de descompensaciones producto de discontinuaciones de los tratamientos».

Sin embargo, Stolkiner aseguró que «aquellos que ya estaban en tratamientos de salud mental y pudieron mantenerlos tuvieron una resistencia mayor a la situación de pandemia que muchas personas que anteriormente no presentaban síntomas».

El médico psiquiatra Patricio Rey, del departamento de Salud Mental del Hospital de Clínicas, coincidió en que «la salud mental de la población ha empeorado por cuestiones relacionadas al encierro, a las limitaciones sociales y a la situación socioeconómica».

«Ahora estamos viendo cómo se incrementan las consultas con la reapertura de las actividades en busca de apoyo profesional», dijo.

El especialista describió que «a nivel mundial se incrementó la patología mental en adolescentes, sobre todo trastornos de ansiedad, adicciones, aumento de autolesiones, idea suicida y actos suicidas».

Estado Mundial de la Infancia

El martes pasado Unicef presentó el informe «Estado Mundial de la Infancia 2021», en el que señaló que 1 de cada 5 jóvenes de entre 15 y 24 años se siente deprimido o tiene poco interés en realizar algún tipo de actividad.

Corral coincidió en que «los niños y adolescentes fueron una de las poblaciones más afectadas; el impacto se vio en varios aspectos como un aumento considerable de peso que fue reportado por la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) pero también se vio afectado su psiquismo por el cambio total de las rutinas».

El presidente de la AAP indicó que las personas mayores también fueron afectadas «sobre todo por la pérdida de la socialización y el sedentarismo».

Por su parte, Stolkiner señaló que «si hacemos la división por rangos etarios, los niños y adolescentes fueron los que más impacto tuvieron por la falta de la institución escolar que es fundamental en su salida del hogar y también las personas mayores, cuya situación se ve agravada por la falta de inclusión digital».

Adultos y adultas jóvenes

De entre 18 y 65 años, en relación a ellos Rey sostuvo que «se vieron más afectados frente a situaciones de inestabilidad laboral y pérdida de seres queridos».

«Lo que queda en la población en líneas generales es un cuadro de estrés post traumático crónico porque sigue estando la pandemia y su riesgo latente, siguen existiendo problemáticas socioeconómicas y en aquellos recuperados que tienen que volver a su vida habitual se observa ansiedad, estrés y dificultades a la hora de enfrentar la nueva vida post pandemia», describió el especialista del Clínicas.

Y añadió que «si bien no podemos saber qué secuelas quedan en la población a largo plazo, en promedio un tratamiento de salud mental tanto psicoterapéutico como psicofarmacológico puede durar entre 2 y 4 años».

Diagnósticos y secuelas

Entre los cuadros que más se observan, Rey advirtió que «aumentaron los trastornos por ansiedad; quienes los padecen vieron empeorar sus cuadros y mucha gente los experimentó por primera vez».

«También se están viendo más casos de adicciones, en especial el alcoholismo, tabaquismo, cannabis, cocaína y drogas en general. Todos los patrones en adicciones han aumentado», describió.

Además, indicó que «se están viendo secuelas psíquicas en aquellos que han pasado por internaciones con cuadros graves y respirador, que quedaron con trastornos cerebrovasculares, trastornos cognitivos y afección cognitiva, como inestabilidad emocional y problemas de estrés e irritabilidad».

En aquellos que padecieron cuadros leves, el psiquiatra señaló que «se ve mucho miedo, ansiedad anticipatoria, depresión y un temor que hace que le cueste mucho volver a la vida habitual».

La depresión, ansiedad y adicciones ya eran un problema mundial antes de la pandemia por Covid-19 y se estima que en el mundo hay 500 millones de personas que padecen alguna de estas afecciones.

«Si bien los estados de ánimo son naturales como respuestas a circunstancias internas o externas, existen algunos poco frecuentes que son producto de enfermedades mentales. La sociedad no puede distinguir cuando realmente se trata de una patología mental y en general se tiende a prejuzgar y desvalorizar a dichos pacientes, surgiendo inevitablemente el estigma», indicó Corral, que informó que la Asociación Argentina de Psiquiatras (AAP), junto al laboratorio Janssen, lanzaron recientemente la campaña #LaConsultaEsElMejorConsejo.

La campaña busca fomentar la consulta con especialistas frente a los síntomas más comunes como falta de concentración, pérdida de interés o de placer, afecciones físicas como dolores de cabeza, calambres y problemas digestivos, y una constante sensación de tristeza.

El trastorno de pánico es una enfermedad real que tiene tratamiento con el más elevado nivel de satisfacción y en solo algunos meses.

El ataque de pánico se trata de una desregulación de nuestro sistema defensivo-adaptativo, esto significa que cuando ocurre hay una descarga máxima, episódica, de la respuesta natural de nuestro organismo al miedo. Nuestra ansiedad normal sube a su máxima expresión, transformándose, en pánico en cuestión de segundos o minutos y sin un motivo aparente.

Los humanos al igual que la mayoría de los animales tenemos una respuesta innata y automática frente a la amenaza, la incertidumbre, la inseguridad y a todo el espectro de situaciones que despierta distintos niveles de amenaza. Esta es una compleja respuesta del organismo diseñada para defender nuestra vida en el caso de una amenaza vital, y que también se utiliza para adaptarse a diversas situaciones de cambio. Nuestro cuerpo responde secretando neurotransmisores como la serotonina y noradrenalina que genera una respuesta a nivel conductual de ataque o de huida frente al peligro.

A nivel emocional aparece la ansiedad, que en sus diferentes grados puede ir desde una sensación leve de inseguridad hasta el pánico. A nivel cognitivo el cerebro también se prepara para funcionar en modo ataque o huida disminuyendo ciertas capacidades que no son útiles en caso de emergencia, como la función analítica; mirar con perspectiva las situaciones, distintas alternativas. En nuestra cabeza todo pasa a ser blanco o negro, bueno o malo; también disminuye nuestra capacidad de planificar y proyectar. Todos estos cambios a nivel cognitivo generan que una persona inteligente y preparada este funcionando con bajos recursos intelectuales debido al estrés. A nivel orgánico nuestro cuerpo, sufre cambios importantes, la sangre se va a las extremidades retirándose del aparato digestivo, de ahí la variada gama de trastornos digestivos que suceden cuando estamos bajo estrés. Nuestra respiración se acelera, las pupilas se dilatan etc. Todos estos cambios aparecen en mayor o menor medida dependiendo múltiples factores.

La diferencia en la respuesta que cada persona genera frente al estrés está programada genéticamente, en un alto grado está constitucionalmente determinada. También las experiencias vitales modelan la manera de afrontar situaciones. Por lo que el aprendizaje infantil y los modelos vinculares aprendidos en la infancia tienen un peso central en estos cuadros. Las experiencias vitales son importante también porque son ellas la que activan las crisis, el aumento de responsabilidades o demandas, situaciones conflictivas que se cronifican, etc. Como se puede observar es un cuadro en el que se entrecruzan diferentes variables todas con un peso no menor.

Una vez se dispara la primera crisis marca un antes y un después en la vida de las personas las cosas ya no vuelven a ser como antes. La vida comienza a girar en torno a evitar la situación de pánico. Por lo que comienza a centrar su atención en los signos o señales que le adviertan si vendrá otra crisis cualquier síntoma físico se convierte en una amenaza, volver a una situación igual o parecida a la que me encontraba cuando me sucedió el primer ataque es impensable por lo que se evita concurrir a determinados lugares o situaciones. Comienzan las conductas evitativas que reducen la posibilidad de riesgo a grado cero y se vive en continua tensión y alarma. Es por estas conductas evitativas que sus vidas se ven seriamente afectadas y comienzan a tener dificultades en el desplazamiento, muchos se encuentran limitados a vivir confinados en sus casas o a desplazarse en un radio no mayor a determinada cantidad de cuadras ya que si fueran más lejos no se sentirían seguros. Se busca la seguridad ante todo, instalando conductas evitativas y la agorafobia que es el temor a no poder salir de una escena de pánico rápidamente o de no poder recibir la ayuda necesaria. Vivir de este modo corroe las relaciones sociales, laborales y familiares. Las condiciones socioeconómicas se ven muy afectadas. La autoestima comienza un espiral descendente no permitiendo juntar la fuerza necesaria para afrontar las situaciones por venir.

Este círculo vicioso que se va instalando y aumentando con el tiempo. La persona se encuentra atrapada y comienza a aparecer, en consecuencia, síntomas depresivos. Es importante tener en cuenta que en un ochenta por ciento de los casos los trastornos de pánico se acompañan de depresión.

Por todos estos motivos la terapéutica utilizada es integrada y a punta a trabajar y brindar herramientas para cada una de las áreas comprometidas en el trastorno.
El tratamiento que da mejores resultados es específico con técnicas cognitivo comportamentales e integrado a una terapéutica psicofarmacológica.

Es un trastorno que ha sido muy estudiado a nivel mundial y con uno de los panoramas más claros a nivel del diagnostico y tratamiento. Es primordial trabajar intensamente en la prevención de recaídas ya que es un trastorno que tiende a cronificarse, por el mismo motivo comenzar la terapia en forma inmediata es un factor central para el pronóstico de esta patología.

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