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Pablo Grillo: El gendarme que no pidió perdón

El gendarme que no pidió perdón: por qué el próximo gobierno debe prometer su exoneración inmediata

Un gendarme, una lata, una cabeza y un silencio criminal

Pablo Grillo salió con vida. Pero no como entró. Luego de casi tres meses de internación, fue dado de alta y continuará su rehabilitación tras recibir en la frente un cartucho de gas lacrimógeno disparado por un miembro de Gendarmería Nacional durante la represión a jubilados del 12 de marzo frente al Congreso. Se salvó. Pero con secuelas que ni la medicina ni el tiempo podrán borrar.

¿Y el gendarme que disparó? Bien, gracias. Mal vecino, mal hijo, mal primo, mal compañero y peor argentino. Porque no solo fue el autor material de un acto cobarde, sino que además nunca se le oyó un mísero “perdón”. Ni una palabra. Ni una carta. Ni un gesto. Ni siquiera un tuit anónimo. Ni un “me equivoqué”, ni una lágrima falsa. Nada. Un verdadero profesional de la indiferencia.

Un silencio que hace ruido

El 12 de marzo no fue un día más. Fue una jornada en que el Estado, una vez más, le disparó a su gente. No por error, no por azar, sino por reflejo. Pablo Grillo, fotoperiodista de 35 años, estaba haciendo lo que hacen los que aman la verdad: mirar, acercarse, disparar con la cámara. La represión vino de frente. La bala, también.

Desde entonces, Grillo peleó contra la muerte. Hidrocefalia, fístulas, operaciones. Tres meses en terapia intensiva. ¿Y el gendarme? Silencio. Protección institucional. Encubrimiento moral. Defensa mediática. Y silencio. El tipo siguió con su vida como si nada. Ni una visita, ni un mensaje, ni una disculpa pública. Lo defendió Patricia Bullrich diciendo que “actuó conforme al protocolo”. Protocolo, ese manto sagrado que permite disparar a la cabeza.

¿Por qué el próximo gobierno debe prometer exonerarlo?

Porque no se trata de una cuestión administrativa, sino ética y política. Un país que quiere volver a confiar en sus fuerzas de seguridad debe comenzar por separar a quienes deshonran el uniforme. El gendarme que disparó contra Grillo no solo violó un protocolo, sino una ley de humanidad. Atacó a un civil desarmado. A un periodista. En democracia. Y no se arrepintió.

Exonerarlo no es venganza, es justicia institucional. Es limpiar la fuerza de los que creen que “servir a la patria” implica disparar contra ella. Es decirle a todos los pibes que sueñan con entrar a Gendarmería que ese uniforme no es un escudo para la impunidad. Que ser gendarme no es ser verdugo. Que disparar contra el pueblo no puede salir gratis.

El lado oscuro del uniforme

Es fácil llevar uniforme y decir que se cumple con el deber. Es más difícil ser un servidor público con ética. Porque entre el “cumplo órdenes” y el “tengo conciencia” hay un abismo. Y este gendarme eligió caer en ese abismo con los dos pies. ¿Cómo se llama? No importa: no lo recordaremos por su nombre, sino por su cobardía.

Lo que importa es que nunca pidió perdón. No se presentó en la familia. No pidió hablar con los padres de Pablo. No dijo “lo siento”. Porque para eso hay que tener valores. Y este hombre, al que el Estado confió un arma y un uniforme, demostró no tener ni uno.

La ética no se entrena, se mama

Un hombre que dispara a un civil desarmado no solo falla en el protocolo, falla en la humanidad. Pablo Grillo pudo haber muerto. Y no fue en una guerra, ni en un enfrentamiento, ni en un combate. Fue en una plaza, en democracia, mientras sacaba una foto. ¿Hace falta agregar algo?

Sí. Hace falta decir que el gendarme no solo es un mal profesional. Es un mal ciudadano. Un mal vecino. Un mal tipo. Porque el que no sabe pedir perdón, no sirve para vivir en sociedad. El que no reconoce su error, no sirve para portar un arma. Y el que dispara a un periodista, no sirve para representar al Estado.

La justicia, otra vez en veremos

¿Habrá juicio? ¿Habrá justicia? ¿Habrá condena? O como tantas veces, ¿la causa dormirá en un cajón bajo el pretexto de “obediencia debida”? No lo sabemos. Pero lo que sí sabemos es que la familia de Pablo sigue esperando. Y mientras tanto, el agresor sigue libre, sin cargo de conciencia, ni castigo, ni autocrítica.

La cuenta de Instagram “Justicia por Pablo Grillo” reúne cada día más voces. La sociedad, una parte al menos, no olvida. Aunque el gendarme sí. Aunque la ministra también. Aunque los medios aliados miren para otro lado.

Exonerar no es venganza, es refundación

El próximo presidente, sea quien sea, debería incluir en su plataforma el compromiso explícito de revisar las actuaciones de las fuerzas en contextos de represión ilegal. Y comenzar por lo básico: exonerar a quienes atentaron contra la ciudadanía. Pablo Grillo es símbolo. Y el gendarme que lo hirió, también.

Un país que dispara a sus fotógrafos no necesita dictadura: ya la tiene en su ADN institucional

Hoy Pablo Grillo empieza una nueva etapa. Lucha por volver a caminar, a recordar, a pensar con claridad. Y lo hace con una sonrisa cansada, rodeado de amigos y familia. Porque él sí es buena gente. Porque él sí pidió disculpas, incluso por no poder seguir trabajando. Porque él sí representa lo mejor de nosotros: la dignidad, la entrega, la memoria.

El gendarme, en cambio, representa lo peor: la impunidad, el miedo y la violencia.

¿Hasta cuándo vamos a aceptar esto?

Porque cada vez que callamos ante estos hechos, estamos autorizando al próximo disparo. Al próximo cartucho. A la próxima tapa de diario. A la próxima víctima.